jueves, 7 de enero de 2010
Hoy murió.
Dejó tras de sí el caos del mundo, dejó a todos quienes le amaban, todos aquellos que fueron testigos de su existencia.
Se dejó a sí mismo, todo aquello tangible, burdo, todo lazo terrenal que lo hacía humano, imperfecto.
Cada día se repite. Cada minuto que el reloj se lleva, cada parpadeo que den nuestros ojos, cada segundo que dejemos pasar, volar perdido en el espacio,
en algún lugar, en alguna casa, en alguna calle... alguien muere.
Cada vez que alguien obsequia una sonrisa, cada vez que un nuevo ser conoce el mundo... alguien muere.
Las almas como nubes vuelan, y como en un río, el flujo nunca cesa.
Pero el mundo sigue aquí.
Cual pedazo de musgo insignificante arrancado de una montaña, las muertes continúan mientras el mundo mantiene la calma.
Todos continúan sus tareas, las personas siguen con sus mundanas vidas.
Porque no importa cuantas bajas sufra el planeta, cuantos gemidos lanze la Madre Tierra, el mundo seguirá girando, mientras ella lo mantenga.
Así como Atlas, hermano de Prometeo, en sus hombros el mundo ella carga.
Los enfermos y necesitados a sus faldas de seda se aferran, todos la ven y sus pesares a ella le dejan, todas las guerras, metas y pasiones en ella se apoyan.
Y ella sola carga al mundo, sin presentar queja alguna. Por más que le saturen de penas y causas perdidas, la dama, siempre firme, siempre bella, sigue adelante.
Y el mundo la acompaña, eternamente apoyado en ella.
Mientras siga con vida, el Sol saldrá por el Este, el viento agitará las copas de los robles con un dulce susurro, y la lluvia dará vida donde quiera que escasee.
Los días y las noches se perseguirán, las hojas crecerán y caerán, la danza de la vida sus bellos pasos continuará.
Todo girando en perfecta armonía al rededor de ella... la Esperanza.
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