miércoles, 1 de junio de 2011
Hay tres hombres en la arena.
Tres hombres sin nombre ni rostro.
Tres hombres que existen en silencio.
Está el que no tiene sombra, se cree una; el mártir y la víctima, el inmortal que reinará en los recuerdos.
Está el que es vida y cambio; acción, exabrupto, violencia. Persigue al perseguido. Tortura, buscando entre la sangre del otro su identidad.
Y está el que es conciencia; es quien mira, impasible, la pantomima de los otros. Les juzga, les da nombre y rostro. Está para que los otros estén, pues no se busca.
Él es los tres hombres
y la lucha
y el desierto.
domingo, 17 de abril de 2011
Insomnio
¿Qué hora es?
A mi izquierda el reloj marca las tres quince de la madrugada. ¿son las tres quince? Tal vez olvidé adelantar la hora de nuevo. ¿Cuándo fue la última vez que se detuvo el tiempo? No lo recuerdo. Hay muchas cosas que no recuerdo.
Sólo sé que no puedo dormir y que debería estar dormido.
Pienso mucho en ti, ¿sabes?
Pienso… pienso en muchas cosas. Pero cuando no puedo dormir sólo pienso en ti. Es curioso… no debería ser así, ¿o tal vez sí? No sé.
Mi mirada se pierde en el techo de la habitación, no quiero ver la hora de nuevo. ¿Huyen de mí los minutos? ¿Habrán corrido horas ya? Tal vez, no lo sé. No quiero saberlo. ¿Qué importancia tiene el tiempo… cuando no estás aquí?
Era un caso perdido, ¿sabes? No tenía solución alguna.
Yo no podía hacerte feliz
pero te necesitaba ahí. Aunque tú tampoco podías hacerme feliz. O al menos no lo parecía. Vivíamos en un grito de agonía, ¿no? Siempre inconformes con lo que teníamos.
¿Qué pasa ahora, que no tenemos nada?
Tú eres más feliz, ¿no? Se supone que debes serlo.
Se supone que querías estar con alguien que te entendiera. Alguien que te amara.
Probablemente nadie te ame más que yo en esta vida. En este mundo.
Y sin embargo, querías a alguien que te amara.
No tengo sentimientos. Eso es lo que tu decías. Que no tengo sentimientos, que soy una máquina, que estoy sin ser. ¿Que cómo puedo vivir así? Pues, te diré. Yo... no sé. Si no tengo sentimientos, entonces tal vez tengas razón, y no puedo amarte.
Pero te necesito.
Desde que te fuiste, yo…
No puedo… No he podido.
Soñar.
Sí puedo dormir, a veces. Pero soñar, recordar mis sueños…
Nunca… nunca.
Tal vez ha sido un intercambio más que una pérdida. Porque ahora tiendo a soñar despierto cuando estoy, como en este momento, mirando el techo a altas horas de la noche.
¿Qué voy a hacer sin ti?
Sueño contigo cada noche que no puedo dormir.
Te extraño. Te extraño demasiado.
Pero es curioso que no puedo… no lucharía por ti aun si pudiera. No iría y te buscaría a tu apartamento y te diría que nunca encontrarás a nadie en este mundo que te ame más que yo y que prometo cambiar y que prometo ser el hombre a quien amabas. O el hombre a quien amas… o creíste que amabas. No pienso correr hacia ti y abrazarte y besarte apasionadamente y fundirnos y por un momento… por sólo un instante, sentir que eres mía, y cómo tus brazos se aferran a mi espalda, a mi cuello, como si dependieras de mí para respirar, como si buscaras quedarte en mí, tatuada. Y cómo en ese momento fugaz somos uno. Sólo uno. Sin importar el tiempo y el espacio. No pienso hacerlo, no podría.
Es tarde, debería dormir.
Debería poder dormir. Pero no.
Estás aquí. Te llevas mis horas de sueño. Me recuerdas a un virus, a una enfermedad. Algo que me carcome poco a poco por dentro, que me deshace pedazo a pedazo. Eso es lo que me haces. Me deshaces.
¿Sabes qué es lo mejor? Ni siquiera eres tú que estás aquí robándote los minutos de mi vida con besos, con caricias, haciendo el amor, descansando tu cuerpo junto al mío.
Es tu recuerdo. El fantasma del pasado que ya ni siquiera eres tú. ¿Qué tanto puedes ser ella a quien yo recuerdo después de todo este tiempo? Así que me roba las horas una ilusión. Un fantasma. De alguien que ni siquiera es aquella a quien yo amaba. No hay, no hay forma de recuperarte, eso yo lo sé. No hay manera de que yo me atreva, o manera de que tú aceptes. Pero más importante aún, simplemente no hay manera.
Te extraño, ¿sabes? Extraño... extraño a esa persona que solías ser hace tantos años. Tal vez ni siquiera me agrades ahora, no lo sé. Llevo mucho tiempo sin verte, pero probablemente no.
Tal vez ya estés casada de nuevo, tal vez tengas un hombre maravilloso. Uno que sí quiera y pueda darte una familia. Un hogar. Trabajo seguro. Un carro. A lo mejor un perro.
Tú querías una familia, ¿no es así? Y a pesar de todo te conformaste conmigo. Abandonaste tu fantasía de tener hijos y una linda casita blanca en la novena nube del paradisiaco sueño americano. Por tenerme. Y aún así, no… no fui suficiente. ¿Cómo iba a serlo? Cómo iba yo a competir con un marido de revista y un pequeño crío que le dé significado a tu existencia. Que lloren. Que rían.
No hay manera, no hay manera. No.
Entonces yo me pregunto, y lo hago cada noche. A esta hora que no sé cuál sea, pero que siempre es la misma. Una y otra vez, día tras día. Y a esta hora yo me pregunto qué haces aquí, en mi mente. Tu sombra en mis labios, robándome un beso a medias. Torturándome. ¿Qué haces aquí si no puedo tenerte? No porque yo no quiera, o no me atreva. O porque tú no quieras. Sino porque simplemente, tú ya no existes.
Me parece que he oído el canto de un pájaro en la ventana.
¿Qué hora es? debo saberlo… El reloj marca las siete pero… no son las siete, ¿o sí?
Son las siete.
El tiempo vuela cuando uno se divierte, ¿no?
¿Pero cuando se divierte quién? ¿Dios? ¿Acaso los muertos se divierten?
Y ahora debo partir. Abandonarte. De nuevo.
Hasta mañana. Misma hora, mismo lugar. Uno tiene que seguir su vida.
A mi izquierda el reloj marca las tres quince de la madrugada. ¿son las tres quince? Tal vez olvidé adelantar la hora de nuevo. ¿Cuándo fue la última vez que se detuvo el tiempo? No lo recuerdo. Hay muchas cosas que no recuerdo.
Sólo sé que no puedo dormir y que debería estar dormido.
Pienso mucho en ti, ¿sabes?
Pienso… pienso en muchas cosas. Pero cuando no puedo dormir sólo pienso en ti. Es curioso… no debería ser así, ¿o tal vez sí? No sé.
Mi mirada se pierde en el techo de la habitación, no quiero ver la hora de nuevo. ¿Huyen de mí los minutos? ¿Habrán corrido horas ya? Tal vez, no lo sé. No quiero saberlo. ¿Qué importancia tiene el tiempo… cuando no estás aquí?
Era un caso perdido, ¿sabes? No tenía solución alguna.
Yo no podía hacerte feliz
pero te necesitaba ahí. Aunque tú tampoco podías hacerme feliz. O al menos no lo parecía. Vivíamos en un grito de agonía, ¿no? Siempre inconformes con lo que teníamos.
¿Qué pasa ahora, que no tenemos nada?
Tú eres más feliz, ¿no? Se supone que debes serlo.
Se supone que querías estar con alguien que te entendiera. Alguien que te amara.
Probablemente nadie te ame más que yo en esta vida. En este mundo.
Y sin embargo, querías a alguien que te amara.
No tengo sentimientos. Eso es lo que tu decías. Que no tengo sentimientos, que soy una máquina, que estoy sin ser. ¿Que cómo puedo vivir así? Pues, te diré. Yo... no sé. Si no tengo sentimientos, entonces tal vez tengas razón, y no puedo amarte.
Pero te necesito.
Desde que te fuiste, yo…
No puedo… No he podido.
Soñar.
Sí puedo dormir, a veces. Pero soñar, recordar mis sueños…
Nunca… nunca.
Tal vez ha sido un intercambio más que una pérdida. Porque ahora tiendo a soñar despierto cuando estoy, como en este momento, mirando el techo a altas horas de la noche.
¿Qué voy a hacer sin ti?
Sueño contigo cada noche que no puedo dormir.
Te extraño. Te extraño demasiado.
Pero es curioso que no puedo… no lucharía por ti aun si pudiera. No iría y te buscaría a tu apartamento y te diría que nunca encontrarás a nadie en este mundo que te ame más que yo y que prometo cambiar y que prometo ser el hombre a quien amabas. O el hombre a quien amas… o creíste que amabas. No pienso correr hacia ti y abrazarte y besarte apasionadamente y fundirnos y por un momento… por sólo un instante, sentir que eres mía, y cómo tus brazos se aferran a mi espalda, a mi cuello, como si dependieras de mí para respirar, como si buscaras quedarte en mí, tatuada. Y cómo en ese momento fugaz somos uno. Sólo uno. Sin importar el tiempo y el espacio. No pienso hacerlo, no podría.
Es tarde, debería dormir.
Debería poder dormir. Pero no.
Estás aquí. Te llevas mis horas de sueño. Me recuerdas a un virus, a una enfermedad. Algo que me carcome poco a poco por dentro, que me deshace pedazo a pedazo. Eso es lo que me haces. Me deshaces.
¿Sabes qué es lo mejor? Ni siquiera eres tú que estás aquí robándote los minutos de mi vida con besos, con caricias, haciendo el amor, descansando tu cuerpo junto al mío.
Es tu recuerdo. El fantasma del pasado que ya ni siquiera eres tú. ¿Qué tanto puedes ser ella a quien yo recuerdo después de todo este tiempo? Así que me roba las horas una ilusión. Un fantasma. De alguien que ni siquiera es aquella a quien yo amaba. No hay, no hay forma de recuperarte, eso yo lo sé. No hay manera de que yo me atreva, o manera de que tú aceptes. Pero más importante aún, simplemente no hay manera.
Te extraño, ¿sabes? Extraño... extraño a esa persona que solías ser hace tantos años. Tal vez ni siquiera me agrades ahora, no lo sé. Llevo mucho tiempo sin verte, pero probablemente no.
Tal vez ya estés casada de nuevo, tal vez tengas un hombre maravilloso. Uno que sí quiera y pueda darte una familia. Un hogar. Trabajo seguro. Un carro. A lo mejor un perro.
Tú querías una familia, ¿no es así? Y a pesar de todo te conformaste conmigo. Abandonaste tu fantasía de tener hijos y una linda casita blanca en la novena nube del paradisiaco sueño americano. Por tenerme. Y aún así, no… no fui suficiente. ¿Cómo iba a serlo? Cómo iba yo a competir con un marido de revista y un pequeño crío que le dé significado a tu existencia. Que lloren. Que rían.
No hay manera, no hay manera. No.
Entonces yo me pregunto, y lo hago cada noche. A esta hora que no sé cuál sea, pero que siempre es la misma. Una y otra vez, día tras día. Y a esta hora yo me pregunto qué haces aquí, en mi mente. Tu sombra en mis labios, robándome un beso a medias. Torturándome. ¿Qué haces aquí si no puedo tenerte? No porque yo no quiera, o no me atreva. O porque tú no quieras. Sino porque simplemente, tú ya no existes.
Me parece que he oído el canto de un pájaro en la ventana.
¿Qué hora es? debo saberlo… El reloj marca las siete pero… no son las siete, ¿o sí?
Son las siete.
El tiempo vuela cuando uno se divierte, ¿no?
¿Pero cuando se divierte quién? ¿Dios? ¿Acaso los muertos se divierten?
Y ahora debo partir. Abandonarte. De nuevo.
Hasta mañana. Misma hora, mismo lugar. Uno tiene que seguir su vida.
Aunque no pueda.
martes, 5 de abril de 2011
Sombras
Lo cierto es que no somos sino sombras de sombras de sombras.
Y cada sombra en la vida deja una cicatriz, un golpe, una deformidad que nunca sanará, sino que crecerá con uno y uno la cargará a todos lados. Somos seres oscuros hechos de costras viejas, barquitos de papel, raspones de la infancia, notas perdidas en la mochila y canciones rojas o azules. Olemos a palabras susurradas. Somos sombras descocidas que se mueven por el mundo, que pierden y ganan una parte de su ser con cada colisión. ¿Qué somos entonces? Somos la nada que es materia prima del universo, una duna de recuerdos de la infancia, sonrisas, gritos que saben a tierra y golpes soñados. Una duna en el desierto de la existencia en el mundo de la nada.
¿Qué eres? ¿Qué soy yo?
Las huellas efímeras de los instantes, tal vez.
Entonces vamos por el espacio, persiguiendo patéticamente los verbos en presente que corren delante de nosotros, siempre delante. Una vez vencido el tiempo, una pesadilla que al final descubrimos no es más que onírica, ¿qué queda?
Acontecemos hasta el día de nuestra desaparición. ¿Pero dónde? ¿Cuándo?
Somos los ladridos sin perro de Neruda. Cabezas cercenadas que aún no se dan cuenta de lo absurda que es su existencia. Sombras sin dueño.
¿Qué importamos, entonces?
Nada. Una deliciosa nada como algo que no está ni debajo del cero. Porque por lo menos así seríamos imaginarios. No somos más que conciencia, conciencia absurda, ignorante de su ridiculez. Y por eso existimos aunque en realidad no lo hagamos.
Y cada sombra en la vida deja una cicatriz, un golpe, una deformidad que nunca sanará, sino que crecerá con uno y uno la cargará a todos lados. Somos seres oscuros hechos de costras viejas, barquitos de papel, raspones de la infancia, notas perdidas en la mochila y canciones rojas o azules. Olemos a palabras susurradas. Somos sombras descocidas que se mueven por el mundo, que pierden y ganan una parte de su ser con cada colisión. ¿Qué somos entonces? Somos la nada que es materia prima del universo, una duna de recuerdos de la infancia, sonrisas, gritos que saben a tierra y golpes soñados. Una duna en el desierto de la existencia en el mundo de la nada.
¿Qué eres? ¿Qué soy yo?
Las huellas efímeras de los instantes, tal vez.
Entonces vamos por el espacio, persiguiendo patéticamente los verbos en presente que corren delante de nosotros, siempre delante. Una vez vencido el tiempo, una pesadilla que al final descubrimos no es más que onírica, ¿qué queda?
Acontecemos hasta el día de nuestra desaparición. ¿Pero dónde? ¿Cuándo?
Somos los ladridos sin perro de Neruda. Cabezas cercenadas que aún no se dan cuenta de lo absurda que es su existencia. Sombras sin dueño.
¿Qué importamos, entonces?
Nada. Una deliciosa nada como algo que no está ni debajo del cero. Porque por lo menos así seríamos imaginarios. No somos más que conciencia, conciencia absurda, ignorante de su ridiculez. Y por eso existimos aunque en realidad no lo hagamos.
miércoles, 23 de febrero de 2011
Son__________ido
(Gritos de las paredes grises
Voces que azotan en un susurro,
Silencios que rasgan la garganta.
¿Qué hacer con la explosión,
el llamado, con el grito silencioso?
¿Qué hacer con el fuego ya sofocado?
Infelice que gana la pasión,
la razón y la capacidad
a cambio de terrible sacrificio mudo.
Y los ojos oscuros, dos luceros,
y el fuego de las lágrimas sin derramar,
y el anhelo atribulado que calla a gritos.
Pero nada vale la común desgracia
de paseantes grises mudos, ciegos, sordos;
gritando mil injurias en la lengua de signos.
Regurgitar dragones de aire como insectos,
quebrarse finalmente en el llanto estoico.
Callan Remiel y Belial, unidos por su cantar.
Como el ave de alas recortadas
emprendiendo el vuelo por tierra
como el fénix ahogado en cenizas.
La tormenta apocalíptica se presencia
Pasivamente.
Compasivamente.
Silenciosa y Atroz.)
miércoles, 2 de febrero de 2011
Maldición metafísica
¿Qué has hecho de mí, oscuridad?
Has logrado hipnotizarme
con la belleza de lo abstracto,
lo casi tangible de lo inalcanzable.
Me abrazas con tu mera presencia
pero eres fría, oscuridad.
Fría como la lluvia. Me congelas.
Tú, tan sofisticada, no eres nada.
Pero lo eres todo.
¿Qué quieres de mí, oscuridad?
Nada. La nada no pide nada
pero lo tomas todo.
Te llevas mi sanidad
con cada segundo que pasa.
Te llevas mi mente,
me impides pensar, razonar.
Porque eres la razón misma,
eres la pasión misma.
Pero no eres nada.
Tu vacío me asfixia.
Sé que no me ves, oscuridad.
Por eso siento más tu mirada.
Te persiguen mis ojos,
que al verte, no te ven.
¿Te burlas de mí, oscuridad?
Estás aquí, pero no estás conmigo
me envuelves con tu presencia
pero no puedo tocarte.
No puedo abrazarte.
No puedo besarte, oscuridad.
Siempre será así, ¿no es cierto?
Alejados por la realidad
si no bien por decisión tuya.
Pero te miraré con anhelo,
siempre desde la distancia
donde mi presencia invisible
no perturbe tu hechizo.
Prisionera del ser más cruel
y menos piadoso conmigo.
De mí misma, oscuridad,
prisionera de mí misma.
Un círculo vicioso vacío
del que no me permito huir.
jueves, 13 de enero de 2011
Con Mallete y Cincel
Dicen que tener
un pasatiempo es algo recomendable, algo que lo distraiga a uno de sus miserias
internas.
Yo solía tener
un pasatiempo: mi hermano.
Todos los
hermanos mayores sabrán lo compleja que puede tornarse la relación con la
endemoniada criatura que es el hermano menor, pero en los recuerdos que aún
guardo de mi juventud no veo ni el odio ni los celos fraternales dirigidos
hacia mi hermano. Ni tampoco un sentimiento de deber para con él, o siquiera de
amor o compasión. Todo lo que hubo entre esa interesante criatura y yo fue una curiosidad
grotescamente humana, nada más.
Yo hubiera
pensado que mi hermano era un mocoso cualquiera, un niño normal que jamás
hablaba, al que los demás niños molestaban en el instituto, alguien a quien
nunca en mi vida había visto derramar una lágrima, sonreír, o fruncir el
ceño. Habría sido, para mí, un factor externo más que ignorar de no haber
sido por ese pasatiempo que tenía. Si es que se le puede llamar así, ya que
después de todo, lo que hacía era exactamente eso: ayudarle a pasar el tiempo.
Si me hubieran pedido que hablara de él, habría hablado sobre El Diccionario.
Teniendo un
padre amante de los libros, nuestra casa siempre estuvo llena de ellos. Cuando
nació mi hermano, él tampoco logró escapar de la librofagia de nuestro
progenitor, pero jamás tocó ni uno de sus miles de ejemplares. Cada mes
tenía nuevos. Libros grandes, pequeños, coloridos, de historias, de aventuras,
educativos. Pero Caín nunca abrió uno solo de ellos, ninguno parecía
interesarle. Ninguno, excepto uno. Me parece que lo encontró una tarde que mis
padres estaban fuera. Creo que estaba presente cuando lo descubrió, no podría
estar seguro, pero debió ser así, pues me encontraba leyendo en el estudio de
mi padre. Tal vez dejé la puerta abierta, eso explicaría como entró. No sé por
qué llamó su atención, nadie jamás lo supo. Parte del repulsivo misterio.
El Diccionario de la Lengua Española, décimo
octava edición. Un libro grande, pero no el más grande. Gris, pero no el
más gris. Viejo, pero definitivamente no el más viejo de la colección de mi
padre.
Si estuve
presente, como es probable que haya sido, en el momento del crimen, no logro
entender cómo cargó aquel volumen con sus pequeños y frágiles brazos, sin hacer
ruido alguno, sin llorar, tropezar ni quejarse. Tal vez estaba demasiado
ensimismado en mi lectura, tal vez.
Me di cuenta
cuando llegaron mis padres. Al escuchar el motor del carro aparcando en la
entrada – eso sí lo escuché muy claramente- bajé enseguida de la vieja butaca
de piel en la que sólo el Padre podía sentarse, y corrí a mi habitación para no
ser descubierto en el santuario paterno. Pasé frente al cuarto de Caín. La
puerta estaba abierta. Él estaba sentado en el piso, leyendo. Me quedé
congelado. Si alguien hubiese visto la escena probablemente habría creído que
acababa de ver a la bella Medusa.
El libro se veía
incluso más grande que de costumbre acomodado sobre su regazo, sostenido
aprehensivamente por dos diminutas manos pálidas. Sus grandes ojos saltones recorrían
las líneas de las páginas despacio, con una concentración aterradora. Caín
estaba leyendo. Nadie sabía que podía hacerlo. Las maestras habían dicho que no
podía. Mi madre había dicho que no podía. Nadie jamás lo había visto abrir un
libro.
Podría decir
ahora que presencié muchas cosas increíbles a partir de ese día. Nunca había
visto a mi padre llorar hasta aquel momento, ni a mi madre tan emocionada, y a
ninguno de los dos tan feliz como después del suceso. Pero en realidad nada de
eso me parece tan relevante o sorprendente como debería, son recuerdos borrosos
y sin importancia. Detalles superfluos. Sólo había una cosa en mi mente: El
Diccionario.
Caín jamás lo
volvió a soltar. Iba a todas partes con él. Lo llevaba consigo al cuarto de
baño cuando se iba a duchar, cargaba con él en su mochila de la escuela. Jamás
se separaba de él. Si no estaba caminando o comiendo, estaba leyendo El
Diccionario.
Al principio, lo
observaba leer. Era un ritual repetido día tras día. Él se sentaba en el piso
de madera de su habitación, yo me sentaba enfrente suyo. Caín miraba el libro,
yo lo miraba a él. Caín leía El Diccionario, yo lo leía a él. Tal era mi
dedicación para con mi recién descubierto pasatiempo que de pronto no había
nada más a lo largo del día. A partir del incidente de Caín, la escuela, los
libros, los amigos, todo desapareció. Se evaporó y fue a formar parte de
aquella niebla que es mi infancia y gran parte de mi adolescencia. Sin embargo,
sí había algo en mi memoria. Caín, leyendo. Leyendo, leyendo, leyendo. El
Diccionario.
El tiempo pasó.
Pero había algo nuevo. No recuerdo si fueron las calificaciones, la muerte de
una abuela a quien nunca conocí, o qué. Pero era algo malo. Lo sé no porque lo
recordara, sino porque mi padre lo dijo. De ahora en adelante tendría que pasar
un tiempo lejos de Caín, haciendo no recuerdo qué. Tal vez estudiando, tal vez
rezando. Entonces, todos los días, antes de poder ir a ver a Caín debía pasar
quince minutos solo. Primero traté de sincronizarlo de alguna forma con sus
tareas. Imposible. Tuve que renunciar a verlo leer por quince minutos. No me
pareció un gran sacrificio, aunque admito que me angustiaba un poco. Pero al
regresar a su habitación, había algo diferente.
Pasaron meses
con la misma tortuosa rutina. Quince minutos tras quince minutos, perdidos día
a día. Siempre que llegaba, estaba ese algo, esa rareza en el aire. Mi hermano
leía. Pero no parecía el mismo. No podía dejar de pensar en ello. Era un
instante, un segundo, un momento. La piel se me ponía de gallina y un
escalofrío bajaba por mi espinazo. Pero no era yo. Era él. Cambiaba. Durante esos
quince minutos, él cambiaba. Yo lo sabía, lo había observado por años.
Había otras
veces que lo dejaba solo. Las veces que la vieja rutina acordaba. Clases,
prácticas, y otras cosas que no recuerdo. Sólo recuerdo que no estaba ahí todo
el tiempo. Pero regresaba y él seguía igual. Siempre, excepto cuando tardaba
esos quince minutos de más.
Cuando no estaba
con él –e incluso algunas veces cuando lo estaba- aquel misterio invadía mi
mente. Me perseguía, me mordisqueaba dedos y talones como las ratas
hambrientas.
Un día, lo
entendí. Había leído aquel Diccionario miles de veces, y cuando yo no estaba
ahí él encontraba algo extraño –no respecto a mi ausencia. Yo no importaba, eso
me queda claro- en El Diccionario. Quizás se aburría, tal vez quería romper a
llorar , pero no sabía como porque nunca lo había hecho.
Una noche, me
levanté de la cama. En cuanto mis pies tocaron el suelo, pude sentir que estaba
quebrando miles de leyes del universo, millones de horas de hacer lo que sabía
que debía hacer. Pero tenía que hacerlo. Lo que me impulsaba no era una fuerza
sobrenatural, alguna emoción positiva o negativa o algo así. Simplemente lo
hice. Tampoco sé como tuve aquella idea. Caminé lentamente por el pasillo.
Entré a su cuarto. Sabía que no debía voltear a verlo, porque entonces no
habría vuelta atrás. Pero lo hice. Dormía en la cama. O al menos debía de ser
él, porque no lo parecía. Lo que había ahí era una bestia desfigurada, con
largos brazos asquerosamente delgados, que se cerraban ligeramente alrededor de
una vieja almohada desplumada. Debí aterrorizarme ante tal aborto de la
naturaleza, pero no lo hice. No sentí nada al ver aquella figura en el viejo
colchón. A un lado de la cama, sobre una pequeña mesa, descansaba El
Diccionario. No recuerdo haber dudado, ni haberlo mirado con reverencia. Sólo
lo tomé, y lo abrí en una página al azar. No recuerdo haber cogido la navaja
del bolsillo de mi bata. Debí hacerlo. Tampoco recuerdo haber tomado la navaja
de su lugar en el segundo cajón de mi escritorio. Sólo recuerdo que tenía El
Diccionario en una mano, y en la otra estaba la navaja. Al mirar la página,
sólo pude ver una palabra, con su definición. El resto estaban ahí, sólo que en
realidad no estaban. Yo únicamente sabía que existía el
raudal.
(De raudo).
(De raudo).
No conocía esa
palabra, pero realmente no importaba. La definición no importaba, ni la palabra
misma. Entonces acerqué la navaja, y cuidadosamente, muy despacio, recorté sólo
aquella palabra. Aquel conjunto de letras.
La tomé
cuidadosamente, un pequeño rectángulo de no más de un centímetro.
Debí regresar a
mi cuarto con la palabra y mi navaja. Debí colocar la palabra en el primer
cajón de mi escritorio, y la navaja en el segundo cajón. Debí volver a
acostarme, cerrar los ojos, y caer casi instantáneamente en un sueño profundo.
No lo sé, no lo recuerdo. Pero así debió ser.
Y a la mañana
siguiente, la rutina era la misma. Sólo que mi hermano no. Hacía lo mismo,
seguía sin ver a nadie a los ojos, sin hablar, sin hacer nada. Pero yo sabía
que no era el mismo, lo sabía. Lo había observado durante años, no era el
mismo.
El día pasó más
rápido de lo normal. Una vez acostado en mi cama, no pude dormir en toda la
noche. Sabía que no debía ir al cuarto de Caín. Sabía que debía hacerlo. Pero
no lo hice. Pasé cuatro noches sin dormir. Cuatro días que fueron completamente
normales, excepto por Caín. A la quinta noche, me levanté. Recuerdo haber
abierto el primer cajón de mi escritorio. Haber tomado la palabra, raudal. Después regresé a la cama. Una noche más tarde, volví al cuarto
de mi hermano. Esta vez. Tomé la
obligación.
(Del lat. obligatĭo, -ōnis).
1. f. Aquello que
alguien está obligado a hacer.
2. f. Imposición o
exigencia moral que debe regir la voluntad libre.
3. f. pl. Familia que
cada uno tiene que mantener, y particularmente la de los hijos y parientes.
Estar cargado de obligaciones.
Esa palabra la
conocía, pero realmente no importaba. Sólo la tomé. Guardé la obligación. en el primer cajón de mi escritorio, y la navaja en el segundo.
Volví a dormir. Eso debí hacer. A la mañana siguiente, estaba seguro que mi
hermano no era el mismo. No lo era, yo sé que no. Lo podía leer en él. Mi madre
no dijo nada, mi padre tampoco. Creo que me dijeron algo a mí. Eso no importa,
no lo recuerdo bien. Tal vez lo imaginé. Pero Caín había cambiado.
No entendía que
pasaba. Me ahogaba aquel aire de rareza que envolvía su habitación y que sentía
donde quiera que fuese con él. Cambiaba, no lo podía dudar, pero no podía
entender por qué. El misterio que ceñía la rareza de mi hermano era vil,
terrible. Me escupía ácido en los ojos, no me dejaba ver las cosas con
claridad. De pronto ni siquiera mis ratos con él eran claros, todo era confuso,
inestable. Dos palabras. ¿Por qué?
Una semana
después, tomé la navaja. En aquella ocasión me llevé la
risa.
(De riso).
(De riso).
1. f. Movimiento de la boca y otras partes del rostro, que demuestra
alegría.
2. f. Voz o sonido que acompaña a la risa.
3. f. Lo que mueve a reír.
Y el patrón
continuó. Mi hermano estaba cada vez más inquieto. Dije que nunca habló. Tal
vez mentí. Él me gritaba. No necesitaba abrir la boca para hacerlo, no era
necesario que me mirase a los ojos. Yo sabía que gritaba. Algo estaba
cambiando, algo ocurría con él. Y leía. Leía El Diccionario. Siempre.
Varias noches
fui y le robé palabras. Aún las conservo, en el primer cajón de mi escritorio.
No importa que no sea el mismo cuarto. Que no sea la misma casa. Están en el
primer cajón de mi escritorio. La navaja en el segundo.
Le robé un monosílabo, lo insuficiente,
el filo, lo erróneo, el árbol, el orden, la realidad, el
rey, la vida.
Podría haber
continuado hasta terminar con todo El Diccionario. Podría haber continuado
hasta el punto en que Caín cambiara tanto que se volviera irreconocible como
aquel decrépito ser que veía en la cama junto al Diccionario todas las noches
que robaba una palabra. Pero Caín murió.
Y ya no le pude
robar más palabras.
No lo entendí
hasta muchos años después. Una noche, me levanté y abrí el primer cajón de mi
escritorio. Fue entonces cuando todo quedó claro. Diría que me sorprendió. Que
el shock de un descubrimiento muy esperado despertó algo en mí, y lloré como no
lo había hecho en el funeral de mi hermano, o al pie de su cama cuando el grito
de mi madre me despertó aquel día. Pero no recuerdo haberlo hecho. No debió ser
así. Simplemente había completado el misterio.
Tal vez por eso
aún guardo sus palabras. Y aún tengo El Diccionario. Desde la muerte de Caín,
decidí llevarlo conmigo a donde quiera que fuese. A veces lo abro, pero no lo
leo. Suelo buscar las páginas cortadas, recordar la palabra que va en cada
lugar.
lunes, 10 de enero de 2011
Juegos fónicos y tazas de café
Hoy es el día. Hoy escribiré una historia, una historia sobre… un hombre. Se llamará… Demian. No… ¿Adrián?… da igual, de mil nombres más tarde alguno le deberá quedar pero si no escribo la idea ahora podría olvidarla, no, no quiero eso, olvidar no, será mejor que me ponga a trabajar.
Afilando el lápiz nuevo, Demian trató de mentalizarse para la titánica tarea (Juego fónico, ¿queda bien?) que le esperaba, observando las hojas de papel blancas vírgenes sentadas en sobre su escritorio.
Café. Un poco de café no hará daño… sólo tengo que ir por la taza a la cocina y podré continuar enseguida. Enseguida.
Las miró intensamente, como esperando que se escribieran solas (…) solas si veían el desesperado deseo (¿Otro juego?) detrás (... Bueno, no creo ése que le haga mucho daño al texto) de sus desoladas (Es demasiado) pupilas azules. Pero por más que suplicó, nadie ninguna fuerza sobrenatural divina acudió a su auxilio. Tallándose los cansados ojos en un vano intento por mejorar su ya perdida visión --Caso perdido, desde luego--,
Esto parece ir prolongándose demasiado, al paso que va el lector estará dormido antes de que… Demian ó Adrián ó… el personaje… tome el mentado lápiz. Veamos…
dejó escapar un suspiro de frustración cansado.
Basta, que sólo prolongo lo inevitable, dijo el pobre poeta (No…) escritor, Debo empezar ya, o no terminaré jamás ahora, en este instante. Decidido, Demian se lanzó hacia el lápiz con un gesto tan exagerado que lanzó el lápiz (error de principiante) que éste rebotó frenéticamente por la mesa antes de caer al suelo, resonando el malévolo (¿?) sonido resonando con un terrible (¿Exagerado?) en la pequeña prisión (Tengo un problema con estos juegos fónicos) en que se había encerrado el artista.
Esto no tiene caso, la historia no avanza. Debería dormir, tal vez es la falta de sueño o quizá simplemente no es el momento… Ahora hasta parece que las musas se han vuelto putas y le cobran a uno la hora. Desgraciado bloqueo de escritor… pero debo terminar la historia. Necesito terminar la historia. Debo terminar… debo terminar
Aquel mudo grito lo hizo volver en sí despertar de entre sus fantasías su mundo estupor y la realidad lo tacleó sin piedad misericordia. Sin más preámbulos cogió el lápiz, y se dedicó a escribir. Escribió sobre un hombre, sí, un hombre que vivía
de escribir. Cuentos, novelas, poemas, cualquier mierda que pasaba por su cabeza y así se ganaba la vida, era un hombre enfermo que hace demasiado tiempo había dejado de inventarse una vida historias, las historias lo habían
inventado y hecho su esclavo mensajero mesías traductor. Rebajado a un triste traductor (un puto juego de palabras más vale madres), traductor de las ideas… esas voces… pero debo terminar la historia. Necesito terminar la historia, debo termina
lunes, 3 de enero de 2011
Terra Invisible
Introducción para un nuevo blog (con una idea similar a la de la Barra Lateral de aquí): http://www.terrainvisible.blogspot.com
***
Entre sus manos yacía su única herencia de un padre bibliófilo con tan pocos tornillos como centavos. El pergamino parecía antiguo, de cuántos años no sabría decir. Era de un color marrón muy oscuro y parecía manchado con rayas de tinta por todo lo largo. Era tan patético que lo consideraba un desperdicio tanto de papel como de tinta; la última gran muestra de locura de su progenitor, seguramente.
Tantos libros en la cabeza, tanta tinta acumulada en el índice por haber recorrido kilómetros de líneas escritas, tanta hambre que dejó de sentirla, el muy desgraciado, dejándosela toda a él.
Leer entre líneas era especialidad suya, y estaba seguro de que esta era la forma que su padre había escogido para reírse en su cara.
Cansado, padeciendo una furia fría encima del hambre y la sed, dejó el trozo de pergamino en la oxidada banca del parque; se marchó para no volver jamás, sin mirar atrás ni una sola vez.
Una pena saber leer entre líneas cuando no se sabe leerlas.
Se quedó entonces aquel tesoro muy bien enterrado en sí mismo, con miles de letras apretadas, formando palabras, formando oraciones, formando textos únicos. Lo mejor de la biblioteca mental de su padre meticulosamente escrito en los treinta centímetros cuadrados del único pergamino que poseía.
***
Entre sus manos yacía su única herencia de un padre bibliófilo con tan pocos tornillos como centavos. El pergamino parecía antiguo, de cuántos años no sabría decir. Era de un color marrón muy oscuro y parecía manchado con rayas de tinta por todo lo largo. Era tan patético que lo consideraba un desperdicio tanto de papel como de tinta; la última gran muestra de locura de su progenitor, seguramente.
Tantos libros en la cabeza, tanta tinta acumulada en el índice por haber recorrido kilómetros de líneas escritas, tanta hambre que dejó de sentirla, el muy desgraciado, dejándosela toda a él.
Leer entre líneas era especialidad suya, y estaba seguro de que esta era la forma que su padre había escogido para reírse en su cara.
Cansado, padeciendo una furia fría encima del hambre y la sed, dejó el trozo de pergamino en la oxidada banca del parque; se marchó para no volver jamás, sin mirar atrás ni una sola vez.
Una pena saber leer entre líneas cuando no se sabe leerlas.
Se quedó entonces aquel tesoro muy bien enterrado en sí mismo, con miles de letras apretadas, formando palabras, formando oraciones, formando textos únicos. Lo mejor de la biblioteca mental de su padre meticulosamente escrito en los treinta centímetros cuadrados del único pergamino que poseía.
sábado, 1 de enero de 2011
Quisiera poder gritar.
Quisiera poder llorar,
correr,
golpear ciegamente.
Pero mi cuerpo es demasiado débil.
Quisiera poder pensar.
Quisiera poder componer,
escribir,
conocer la ciencia.
Pero mi mente es demasiado limitada.
Quisiera poder sentir.
Quisiera poder odiar,
entristecerme,
ciegamente amar.
Pero mi alma es demasiado cobarde.
Quisiera poder ser feliz.
Quisiera poder gritar,
pensar,
sentir.
Pero me he enterrado bajo un mazo.
Joto Reina Diez de picas
Rey Ocho de diamantes
Yo.
Superyó Ello
Escucho tu voz
Me llamas a lo lejos.
No lo haces.
No lo haces.
¿Quién me librará
de mí mismo?
Quisiera poder vivir.
Quisiera poder salir,
reírme,
besarte ciegamente.
Pero alguien ha usurpado mi ser.
Tejiéndome, la sombra
a mis propios pies.
¿Quién me librará
de mí mismo?
Extiende mis alas.
Déjame huir.
escapar
de mí.
Minotauro En el laberinto.
Las ruecas han sido quemadas,
el algodón muere marchito.
Las ovejas las devora el Lobo.
¿Quién me prestará
el hilo?
Perdido.
Perdido.
EN
EL
LABERINTO
DE
MIS
PROPIOS
PENSAMIENTOS.
Perdido.
Esperando.
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