miércoles, 26 de diciembre de 2012
Coleccionista
He visto tus ojos mirándome en silencio, deslumbrantes.
Los he visto también cargados de deseo y de intención.
Me ha tocado observarles muy de cerca, cuando por accidente ambos nos miramos durante un beso.
Pero sólo una vez te he visto con los ojos fuertemente cerrados, tu boca entreabierta, ahogada en el más oscuro y feliz de nuestros secretos.
Y sólo una vez he visto tu rostro relajado, sin pensamiento o preocupación alguna, mientras sin duda te perdías en el buen cansancio.
Estos recuerdos tengo de tus ojos, y los guardo celosamente.
Sólo descanso de recordarte para verte, y vivir un momento más que he de revivir siempre.
Los he visto también cargados de deseo y de intención.
Me ha tocado observarles muy de cerca, cuando por accidente ambos nos miramos durante un beso.
Pero sólo una vez te he visto con los ojos fuertemente cerrados, tu boca entreabierta, ahogada en el más oscuro y feliz de nuestros secretos.
Y sólo una vez he visto tu rostro relajado, sin pensamiento o preocupación alguna, mientras sin duda te perdías en el buen cansancio.
Estos recuerdos tengo de tus ojos, y los guardo celosamente.
Sólo descanso de recordarte para verte, y vivir un momento más que he de revivir siempre.
No me pidas que te mire.
No me mires.
Como el reflejo que se quiebra y se deshace al atravesar la delicada piel del agua, el universo se quiebra al pasar a través del cristalino; se pierde en la pupila eterna. Desaparece.
Si me miras tus ojos me llaman. Me sé absorbida, devorada, y temo perderme también del otro lado del espejo de tu pupila.
No me pidas que me entregue a la oscuridad tuya, que me quiebre y sea sin saber del otro lado del cristalino.
Si lo hago nunca sabré mi desenlace.
No me mires.
Como el reflejo que se quiebra y se deshace al atravesar la delicada piel del agua, el universo se quiebra al pasar a través del cristalino; se pierde en la pupila eterna. Desaparece.
Si me miras tus ojos me llaman. Me sé absorbida, devorada, y temo perderme también del otro lado del espejo de tu pupila.
No me pidas que me entregue a la oscuridad tuya, que me quiebre y sea sin saber del otro lado del cristalino.
Si lo hago nunca sabré mi desenlace.
Daniel cae de nuevo en el asiento del carro, desliza el cinturón de seguridad a través de su pecho y con el chasquido del seguro llega ese instante de vacío en que su estómago se aferra a sus huesos y su cabeza parece desaparecer.
Sus manos son ajenas y ajenos son también los pulmones que no respiran. En ese instante Daniel duda, y por dudar sabe.
Se sabe viejo y eterno, se sabe un grano de arena más en el reloj sin fondo del Tiempo, una escama más en la piel de la Muerte.
Es el momento en el que Daniel no es Daniel, es aire y ausencia y sangre y luz.
El mundo implota y sus cenizas caben bajo la uña de su dedo anular.
Luego enciende el auto y aprieta con fuerza el volante mientras pone reversa.
Sus manos son ajenas y ajenos son también los pulmones que no respiran. En ese instante Daniel duda, y por dudar sabe.
Se sabe viejo y eterno, se sabe un grano de arena más en el reloj sin fondo del Tiempo, una escama más en la piel de la Muerte.
Es el momento en el que Daniel no es Daniel, es aire y ausencia y sangre y luz.
El mundo implota y sus cenizas caben bajo la uña de su dedo anular.
Luego enciende el auto y aprieta con fuerza el volante mientras pone reversa.
Las hojas rojas caen como gotas de sangre.
Así quiero que sea mi sangre; ligera, de un rojo deslumbrante.
Quiero sangre fría y leve, sangre que se la lleve el viento, sangre que imponga un aire majestuoso sin caer en la vulgaridad de lo pesado.
Mis problemas llegarán cuando llegue el invierno y no haya más sangre que derramar. Cuando quede desnuda, fría, sola, como los árboles. En un estado de muerte en vida.
Mi problema es esa prolongada soledad en que caeré.
Y la duda.
También en eso tendré que ser como los árboles: siempre paciente, estática, eterna. Si no tengo la fuerza sé que la duda me corroerá lentamente, rama por rama.
La eterna duda de si volverán a crecer y a caer las hojas o si este ha sido mi último otoño.
Así quiero que sea mi sangre; ligera, de un rojo deslumbrante.
Quiero sangre fría y leve, sangre que se la lleve el viento, sangre que imponga un aire majestuoso sin caer en la vulgaridad de lo pesado.
Mis problemas llegarán cuando llegue el invierno y no haya más sangre que derramar. Cuando quede desnuda, fría, sola, como los árboles. En un estado de muerte en vida.
Mi problema es esa prolongada soledad en que caeré.
Y la duda.
También en eso tendré que ser como los árboles: siempre paciente, estática, eterna. Si no tengo la fuerza sé que la duda me corroerá lentamente, rama por rama.
La eterna duda de si volverán a crecer y a caer las hojas o si este ha sido mi último otoño.
domingo, 25 de noviembre de 2012
Cera y alas
Entro a tus ojos, como todos los martes a las
6:32 de la tarde. Aún hay sol porque en nuestra tierra el sol nunca se va, así
que tus ojos se iluminan como lunas de diamante, mostrando colores que nunca
fueron inventados. Una vez en tus ojos, ya no hay nada que hacer. Soy Ícaro,
soy libre del infierno del asfalto, de la pared de ladrillo rojo, del cielo
gris. Me llevas como el mar se lleva las conchas y las algas y la arena, me
haces espuma y luego aire, alas.
Me invade el sol mientras juego con los
colores que me rodean y lo siento dentro de mis costillas, quemando las
arterias en mis pulmones. Inhalo esos colores que luego corren junto al sol en
mi pecho, y todos bajan de la mano a mi estómago, donde corretean entre mis
órganos. El sol brilla más y más, siento sus rayos en la punta de los dedos,
escondidos entre uña y carne, ahí de donde no se les puede sacar.
Y luego caigo. Del sol al cielo al mar a la
tierra ridículamente gris y dura. Quebrada, seca. Te volteas negándome el
regreso a Arcadia, entregándome nuevamente a la sombra del árbol junto a la
parada del camión, soldadito de plomo roto con las alas deshechas y cicatrices
de cera fría.
Salgo de sus ojos, como todos los martes a las
6:32 de la tarde.
lunes, 23 de julio de 2012
Cuando Adán y Eva probaron el fruto prohibido, la evolución les dio el regalo de la memoria para que pudiesen crecer y reinar al resto de los animales ahora salvajes.
La memoria es el peso del hombre como individuo y del ser humano como especie. La memoria es la vida infinita que arrastramos a través del desierto del tiempo.
Nuestro pecado fue olvidar.
Nuestro castigo, recordar.
Por los siglos de los siglos.
domingo, 13 de mayo de 2012
La casa negra
Repentinamente
nazco del mundo de las ideas. Pienso, luego no existo. Es ése instante, esa
fracción de segundo en la que paso del subconsciente al consciente el que más
me asombraría, de no ser porque aún tengo el humo de Morfeo en la cabeza.
También es en ese momento, o en el momento que le sigue, cuando no sé qué hora
es. Podría aferrarme al reloj en mi muñeca para que me diga la hora, pero mi
cuerpo está demasiado lejos. Lo busco con terquedad, con desesperación, con
pánico, y aterrizo en las sábanas, en la cama, en la habitación eterna.
Entonces
una voz rasposa comienza a contarme la misma historia de siempre.
Cuando era niño no creía en Dios. Nunca me
pregunté nada sobre él por una simple
razón: no se puede comprobar que existe. Por otro lado, había llegado a mis
propias conclusiones en temas más importantes y trataba de aferrarme a mi lista
personal de creencias.
Creía, por ejemplo, que los árboles y las
casa viejas de la calle se movían cuando yo pasaba, y siempre iban para atrás.
Un día en que puse a prueba mi idea (porque sería muy tonto creer en algo que
no puedes probar), me asustó darme cuenta de que yo no me movía. Nunca me había
movido y era la primera vez que lo notaba.
Las cercas oxidadas, los pedazos de botellas
rotas en el asfalto, los cadáveres metálicos de los carros, todos se movían
hacia atrás pero yo, yo estaba inmóvil frente a este paisaje corredizo. Apenas
si podía mover mi pierna medio metro antes de que la banda transportadora de
asfalto se pusiera en movimiento. Entonces me entraron unas ganas enormes de
vomitar y mis ojos comenzaron a inundarse, pero sabía que no debía de llorar,
no podía llorar, sólo las niñas y los niños inútiles y los niños estúpidos
lloraban.
Por poco y me convencí de que era lo
suficientemente inútil como para llorar un poquito, aunque fueran unas dos o
tres lágrimas, pero antes de hacerlo me dije que por lo menos yo no iba para
atrás, porque, ¿qué puede haber más inútil que ir para atrás? Entendí que tal
vez hasta era inmortal, que mientras el resto de las cosas irían hacia atrás
inevitablemente yo siempre estaría ahí, viéndolas pasar.
También tenía otra creencia muy importante,
una que nunca nadie pudo desmentir. Estaba completamente seguro de que, al
cerrar mis ojos, cerraba la puerta que llevaba al mundo exterior. Cuando me
mareaba mucho ver las paredes que corrían, cerraba los ojos y ya no había
paredes, ni árboles, ni carros. Era el único lugar en el que nada se movía. Era
mi casa, aunque no tuviera un tapete que dijera “Bienvenido”. Traté de hacer
uno yo, con muchos colores, pero cuando cerré los ojos me di cuenta de que lo
había dejado afuera.
Una noche descubrí que no todo se quedaba
afuera de mi casa. Tenía mucha hambre, la puerta de la cocina venía hacia mí;
con algo de suerte podría encontrar algo de comer. Entonces me di cuenta de que
había voces gritando adentro. Sabía que sería mejor no entrar, pero el suelo no
me obedecía y me llevó hasta la puerta amarilla.
Ahí estaban ellos, yo ya lo sabía. No veía
ninguna forma de conseguir algo de comer sin que me vieran. Los gritos se
hicieron más fuertes, ya no cabían en sus bocas así que se movieron a sus
brazos y sus pies, diluidos en el torrente sanguíneo, que tenía todas esas
carreteras que venían en mi libro de la escuela. No me gustaba ver cuando los
gritos hacían eso. Se movían muy rápido y sacudían sus pies y sus manos muy
fuerte y saltaban de uno al otro dejando manchas rojas y moradas en los lugares
por donde habían entrado al cuerpo del otro.
Cuando él me volteó a ver me di cuenta de que
había llorado. Como una niña, como un niño inútil, como un niño estúpido. Traté
de pedir perdón, no había querido llorar, no me había dado cuenta, perdón,
perdón, pero él se movía hacia mí, se movía y arrastraba ese olor, el olor a
gritos que venía en botellas de vidrio.
Venía y yo no me podía mover. Las paredes
corrían y gritaban y él también y yo no me podía mover porque era inmortal y me
iba a quedar donde mismo toda mi vida. Entonces quise irme a casa, y cerré la
puerta, y se fue.
Tenía miedo de que entrara pero nadie más que
yo podía entrar a mi casa. Sentí a los gritos golpeando la puerta y supe que mi
casa era una casa de tela. Él estaba enojado porque no había podido entrar y
porque yo había llorado, y ahora quería destruir mi casa, como el Lobo Feroz
del cuento. Pero mi casa no era de ladrillos y la rompió a golpes.
Así me di cuenta de que necesitaba
una casa de
ladrillos, donde los gritos no pudieran entrar.
Construirla fue más difícil de lo que pensé,
nada como el Hermano Mayor que construyó
la suya en dos páginas. En las mañanas dolía
mucho, a veces me quedaban las marcas rojas
y moradas de los gritos. Al final logré terminar
mi casa, una tan resistente que ni el Lobo Feroz
ni los gritos de él podían pasar, por más que siguieran dejando marcas.
ladrillos, donde los gritos no pudieran entrar.
Construirla fue más difícil de lo que pensé,
nada como el Hermano Mayor que construyó
la suya en dos páginas. En las mañanas dolía
mucho, a veces me quedaban las marcas rojas
y moradas de los gritos. Al final logré terminar
mi casa, una tan resistente que ni el Lobo Feroz
ni los gritos de él podían pasar, por más que siguieran dejando marcas.
Ahora
abro los ojos y el mundo ya no se mueve. No veo los árboles podridos, ni los
cadáveres de los autos quemándose bajo el sol, ni las casas viejas. Están las
sábanas y la cama y el cuarto eterno en mi casa eterna.
Ahora
me pregunto si fue una buena idea cerrar la puerta con llave. No lo hice yo,
otros lo hicieron por mí y como soy inmortal no pude hacerme a un lado.
Cerraron la puerta con llave, desde afuera.
Imagino
que de niño habría sido feliz, descansando en casa todo el día. Pero ahora me
pregunto qué tanto podré descansar en una habitación eternamente negra.
martes, 3 de abril de 2012
Sombras azules azotan los montes nevados.
Todo blanco. Sólo se podía observar, a lo lejos, si acaso una sombra azul.
La sombra, amorfa, avanzaba lentamente a lo
largo de la montaña, sin rumbo fijo ni dirección.
La sombra era una gigantesca nube de pájaros
color azul cielo, que daban vueltas alrededor de sí mismos. Lentamente, como
rodando, la mole de plumas y graznidos avanzaba cuesta abajo. Ráfagas azules
rozaron mis hombros, mis oídos, mi cabeza, la sombra azul me consumía, y fue
justo en aquel momento cuando desaparecí del mundo consciente. Sentí a mi mente
viajar a lo largo y ancho de sus capacidades; nunca había experimentado algo
como aquello ¿Era acaso un error? No, no lo creo, aunque por momentos sentía
que debía parar yo sabía, sin realmente saber, que no lograría hacerlo.
Me levanté y todo seguía en su lugar,
excepto la sombra, que ya se había ido.
Pero ¿A dónde habían ido aquellas aves? Ya
no se escuchaba sonido alguno en los montes o en el valle, la tranquilidad
reinaba en todo el lugar. Lo mejor que podía hacer era dirigirme hacia donde intuía
que aquellas creaturas habían volado.
Mientras caminaba sobre la fría nieve,
hundiendo un pie frente al otro, traté de recordar cómo eran exactamente
aquellas aves. Ser un ave parecía interesante. Saber que podría volar, viajar,
sin ninguna otra preocupación... claro que, si fuera uno de aquellos seres
alados, sería responsable de buscar comida y emigrar cuando las estaciones así
me lo ordenasen, esclavo eterno de las presas y el clima. Sin embargo, si me
reclutara en aquella mole azul de plumas y graznidos me sentiría más libre, sin
trabajo obligado, sin las sombras que ahora cubrían mi felicidad. Oh, ya podía
imaginar aquello, todo lo que con tanto esmero tenía que soportar ahora dejaría
de ser mi problema, No sería un hombre, ni siquiera sería un ave; sería parte
de aquella sombra azul que sobrevuela las montañas nevadas. Aquella sombra
sería parte de mí. Casi podía sentir mi propia ligereza mientras me elevaba por
el aire, sin ser nada y siéndolo todo, la sombra que se apodera del lienzo
blanco, ocupando cuanto desea de él.
Y de pronto, escuché un disparo.
Escrito en cooperación con la SLA
Escribir en papel es tan difícil... la
pluma pesa entre mis dedos, la tinta sella cada letra, cada palabra...
imposible regresar ahora, no sin dejar una marca. Y la curva de la
"c", la tilde de la "t", el menor descuido de ortografía o
gramática, son aquellos detalles que marcan un texto. Me desagrada, me
desagrada cometer errores, equivocarme y saber que aquel desliz del bolígrafo
quedará marcado ahí, definitivo, final. Tal vez por eso detesto también el
hablar. Pero existe una diferencia, esa que me permite aferrarme a la pluma
pero no al micrófono. Hablar es apresurar las cosas, perseguir los
pensamientos, empujarlos, forzarlos a avanzar. Y las palabras salen desbocadas.
Y letra pronunciada es irrecuperable. En cambio, por definitiva que la
escritura sea, es paciente. La tinta espera, el papel continua estático, y uno
piensa y vuelve a pensar, antes de arriesgarse.
Después de todo, el desenlace sigue
siendo el mismo, sigue sin permitirnos olvidar. Porque uno puede bañar la tinta
seca en corrector, uno puede arrancar las páginas heridas y lanzarlas al vacío
de la memoria... pero siguen ahí, las palabras. Uno sabe que no puede
engañarse.
Y es así como terminamos frente a la hoja
inmaculada, abusando del ilusorio pasar del tiempo, construyendo y desarmando
en borradores mentales antes de atrevernos a unir tinta y papel.
Pero esperar para siempre, callar,
mantenernos estáticos frente a las tormentas de ideas que nos empapan hasta la
médula... eso, es dejar de existir.
Happy Birthday
Me había estado mirando toda la noche. Y si lo sé, no es por que lanzara furtivas miradas inquisitivas en su dirección de vez en cuando, cuidando que fueran invisibles para el resto de mis acompañantes, reunidos en la mesa conmigo como cada año. Ni nada así, claro que no. A decir verdad, nunca antes la había visto por aquí; seguramente fue el anzuelo de la novedad lo que se me metió en la boca y saboreaba lenta, culposa y discretamente. Un delicioso resplandor de metal envenenado en el eterno azul que me rodeaba. Algo así.
El pianista musicaba notas grises que cargaban a cuestas el ritmo, los niños recitaban sus risas ensayadas religiosamente desde siempre. Y los demás sólo estaban ahí: tías abuelas, primos segundos, seres curiosos, parientes lejanos de cuyos nombres no quiero acordarme, pero que alguno han que tener. Por mi parte, no podía sacarme de la cabeza al desafortunado pastelillo que yacía en mi plato, intacto. Un pintoresco intento de regalo, bien intencionado al igual que el año pasado. Y el anterior, y el anterior. Porque el chocolate debe gustarme, como a todo el mundo, eso bien lo saben ellos, sean quienes sean.
El anciano dueño del restaurante, “amigo de la familia” se acercó, estirando una sonrisa más allá de lo que debería ser humanamente posible. Intercambió palabras con la dama en la cabecera de la mesa, hermana de mi cuñado, creo, y se tomó la libertad de adivinar nuestros platos. Los mismos que cada año.
Ella, sin embargo, se mantenía acechante, a lejos. Y yo no volteaba a verla, pero quizás la sentía ahí. Quizás. Eventualmente devino más audaz, ¿con el tiempo?, y oscilaba regularmente entre la cocina y nuestra mesa, “mi mesa”, ofreciendo bebidas a todo el mundo con una risilla apagada al final de cada frase. Yo la veía acercándose desde el otro lado de la mesa, una enorme mesa llena de gente, enfrascado en mi rol de cumpleañero. Papel que al parecer fungía sin querer. Y ella rondaba el lugar, dejando tras de si un rastro, un aura que lentamente, como no queriendo, me encerraba, me envolvía en una red para sacarme de aquella silla, de la plástica conversación que mantenía, de mi sitio frente al pastel de chocolate que gritaba. Con cada paso la sentía más cerca.
En ese punto mi torpe imaginación alcanzó al apresurado palpitar de mi sangre. Vi definidamente cómo se acercaría:
-¿Algo más de tomar? (Mis ojos entonces la devorarían sin miramientos. Y ella se sabría devorada.)
-Más vino. (Ella se inclinaría, sombra sigilosa sobre mi hombro. Sentiría el calor de su cuerpo apoyado contra el mío.)
Entonces, un roce casi imperceptible sería la señal para seguirle hasta el cuarto de servicio, y después…
-¿Algo más de tomar?
Volví en mí con una profunda aclaración de garganta. Ordené mis pensamientos velozmente; la energía de los mismos brindándome la determinación. Con el tono más cargado de confianza qué jamás me había escuchado, respondí, ante las miradas distraídas de “mis invitados”:
-No, gracias.
Y pagué la cuenta, porque es de esperarse que el cumpleañero cada año la pague.
El pianista musicaba notas grises que cargaban a cuestas el ritmo, los niños recitaban sus risas ensayadas religiosamente desde siempre. Y los demás sólo estaban ahí: tías abuelas, primos segundos, seres curiosos, parientes lejanos de cuyos nombres no quiero acordarme, pero que alguno han que tener. Por mi parte, no podía sacarme de la cabeza al desafortunado pastelillo que yacía en mi plato, intacto. Un pintoresco intento de regalo, bien intencionado al igual que el año pasado. Y el anterior, y el anterior. Porque el chocolate debe gustarme, como a todo el mundo, eso bien lo saben ellos, sean quienes sean.
El anciano dueño del restaurante, “amigo de la familia” se acercó, estirando una sonrisa más allá de lo que debería ser humanamente posible. Intercambió palabras con la dama en la cabecera de la mesa, hermana de mi cuñado, creo, y se tomó la libertad de adivinar nuestros platos. Los mismos que cada año.
Ella, sin embargo, se mantenía acechante, a lejos. Y yo no volteaba a verla, pero quizás la sentía ahí. Quizás. Eventualmente devino más audaz, ¿con el tiempo?, y oscilaba regularmente entre la cocina y nuestra mesa, “mi mesa”, ofreciendo bebidas a todo el mundo con una risilla apagada al final de cada frase. Yo la veía acercándose desde el otro lado de la mesa, una enorme mesa llena de gente, enfrascado en mi rol de cumpleañero. Papel que al parecer fungía sin querer. Y ella rondaba el lugar, dejando tras de si un rastro, un aura que lentamente, como no queriendo, me encerraba, me envolvía en una red para sacarme de aquella silla, de la plástica conversación que mantenía, de mi sitio frente al pastel de chocolate que gritaba. Con cada paso la sentía más cerca.
En ese punto mi torpe imaginación alcanzó al apresurado palpitar de mi sangre. Vi definidamente cómo se acercaría:
-¿Algo más de tomar? (Mis ojos entonces la devorarían sin miramientos. Y ella se sabría devorada.)
-Más vino. (Ella se inclinaría, sombra sigilosa sobre mi hombro. Sentiría el calor de su cuerpo apoyado contra el mío.)
Entonces, un roce casi imperceptible sería la señal para seguirle hasta el cuarto de servicio, y después…
-¿Algo más de tomar?
Volví en mí con una profunda aclaración de garganta. Ordené mis pensamientos velozmente; la energía de los mismos brindándome la determinación. Con el tono más cargado de confianza qué jamás me había escuchado, respondí, ante las miradas distraídas de “mis invitados”:
-No, gracias.
Y pagué la cuenta, porque es de esperarse que el cumpleañero cada año la pague.
Escrito en cooperación con R.A.
sábado, 18 de febrero de 2012
Microtextos
En algún lugar del lado oscuro de la luna, el conejo blanco recogió aquella lágrima que tus ojos no quisieron derramar, y que juraste ocultar en el rincón más oscuro de tu mente, donde nunca nadie pudiera limpiarla.
***
El reloj me susurra que ya son las doce de la noche, está tan frío como yo, helado hasta el punto en que me pregunto si realmente estoy vivo o si soy un cuerpo con forma de alma que se desliza por el universo creyendo que es real. El reloj se burla de mí, marcándome las tres de la mañana. Sé que me pregunta si realmente creo que soy real, pero hago como que no lo escucho y sigo actuando. La función debe continuar.
***
Estuve enamorada del Principito. Esperaba que un día decidiera viajar a la Tierra y me encontrara en una silla, mirando la puesta del sol. Supe que había crecido cuando decidí que era mejor ir a buscarlo, porque se me estaban acabando las puestas de sol para compartirle.
***
Mis reproches no salen del silencio en que se han escondido. No te voy a decir que pares, anda, sigue violando con palabras aquello que nunca debería ser materializado. Anda, lánzalas como pedradas, como balas, como rosas de plomo. Si sigues un poco más tal vez pueda imaginar que soy humano por un momento, y conmoverme.
***
De noche me perdí en un campo lleno de luciérnagas. Fue mi primera gran tristeza: me di cuenta que, por más que les atrapase en frascos de mermelada y las llevara conmigo, nunca podría tomar también un pedacito de noche estrellada para que brillaran en ella.
***
Después de la creación del idioma artificial 200,106,093 (con los estudiosos de las comunicaciones sufriendo ya un colapso nervioso), exponía yo mi siguiente gran descubrimiento: el idioma natural. Mientras explicaba la manera en que las miradas del emisor y sus sutiles matices transmitían mensajes al receptor, podía ver que había convencido a la mayoría de los patrocinadores. Acaso el de más atrás, con aire triste, jugaba con su bastón y parecía no terminar de convencerse. ¡Pobre ciego!
***
Con la octava taza de café, me visitó la idea de que tal vez nunca llegarías, pero al comenzar la novena se despidió, y seguí esperando.
***
Años después de la muerte de Medusa, los hombres olvidaron los nombres de las estatuas en su jardín, así que se dedicaron a pasearse entre ellas, nombrándolas, interpretando sus rostros, sus poses, burlándolas o admirándolas. Este fue el verdadero castigo de los petrificados: perder para siempre su nombre, reconstruirse con los murmullos de los paseantes.
***
El reloj me susurra que ya son las doce de la noche, está tan frío como yo, helado hasta el punto en que me pregunto si realmente estoy vivo o si soy un cuerpo con forma de alma que se desliza por el universo creyendo que es real. El reloj se burla de mí, marcándome las tres de la mañana. Sé que me pregunta si realmente creo que soy real, pero hago como que no lo escucho y sigo actuando. La función debe continuar.
***
Estuve enamorada del Principito. Esperaba que un día decidiera viajar a la Tierra y me encontrara en una silla, mirando la puesta del sol. Supe que había crecido cuando decidí que era mejor ir a buscarlo, porque se me estaban acabando las puestas de sol para compartirle.
***
Mis reproches no salen del silencio en que se han escondido. No te voy a decir que pares, anda, sigue violando con palabras aquello que nunca debería ser materializado. Anda, lánzalas como pedradas, como balas, como rosas de plomo. Si sigues un poco más tal vez pueda imaginar que soy humano por un momento, y conmoverme.
***
De noche me perdí en un campo lleno de luciérnagas. Fue mi primera gran tristeza: me di cuenta que, por más que les atrapase en frascos de mermelada y las llevara conmigo, nunca podría tomar también un pedacito de noche estrellada para que brillaran en ella.
***
Después de la creación del idioma artificial 200,106,093 (con los estudiosos de las comunicaciones sufriendo ya un colapso nervioso), exponía yo mi siguiente gran descubrimiento: el idioma natural. Mientras explicaba la manera en que las miradas del emisor y sus sutiles matices transmitían mensajes al receptor, podía ver que había convencido a la mayoría de los patrocinadores. Acaso el de más atrás, con aire triste, jugaba con su bastón y parecía no terminar de convencerse. ¡Pobre ciego!
***
Con la octava taza de café, me visitó la idea de que tal vez nunca llegarías, pero al comenzar la novena se despidió, y seguí esperando.
***
Años después de la muerte de Medusa, los hombres olvidaron los nombres de las estatuas en su jardín, así que se dedicaron a pasearse entre ellas, nombrándolas, interpretando sus rostros, sus poses, burlándolas o admirándolas. Este fue el verdadero castigo de los petrificados: perder para siempre su nombre, reconstruirse con los murmullos de los paseantes.
jueves, 9 de febrero de 2012
No apagues las luces del teatro todavía
no te vayas, no me dejes
dios, no me dejes.
No me pierdas aquí en la sombra
junto al espejo roto y el maquillaje con grasa quemada.
Mírame. Quiero que me mires
aquí, bajo la luz de la bombilla parpadeante.
Porfavor, mírame.
dios, no me dejes.
No así. En la oscuridad
no me entierres en el mausoleo tras el telón.
Seré lo que me pidas, cambiaré de piel
arrastrándome por los sucios durmientes del teatro.
Le rezaré a los muertos. Me vestiré de prostituta
de ladrón
de poeta.
No me dejes en la oscuridad.
Me quedaré aquí, donde me dejaste.
Aquí, bajo esta bombilla agonizante
trataré de no cerrar los ojos
y contar las hormigas que se mueven en el suelo
trataré de ser valiente, esperar a que vuelvas.
Yo arreglaré todo, lo prometo
dios, por favor
La bombilla muere y mi sombra sale corriendo
no te vayas, no me dejes
dios, no me dejes.
No me pierdas aquí en la sombra
junto al espejo roto y el maquillaje con grasa quemada.
Mírame. Quiero que me mires
aquí, bajo la luz de la bombilla parpadeante.
Porfavor, mírame.
dios, no me dejes.
No así. En la oscuridad
no me entierres en el mausoleo tras el telón.
Seré lo que me pidas, cambiaré de piel
arrastrándome por los sucios durmientes del teatro.
Le rezaré a los muertos. Me vestiré de prostituta
de ladrón
de poeta.
No me dejes en la oscuridad.
Me quedaré aquí, donde me dejaste.
Aquí, bajo esta bombilla agonizante
trataré de no cerrar los ojos
y contar las hormigas que se mueven en el suelo
trataré de ser valiente, esperar a que vuelvas.
Yo arreglaré todo, lo prometo
dios, por favor
La bombilla muere y mi sombra sale corriendo
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
No, no puedo.
Espero tu llamado, pero no llega. Me dejas sola con el susurro de mis pensamientos. Revolotean en el aire, dibujan paisajes invisibles en el lienzo de la noche. Tengo miedo a la oscuridad. Tal vez por eso te busco entre sus cabellos despeinados, negra maraña imbatible. De ella saliste una noche cualquiera.
No, era una noche de plenitud. Y ahí estabas tú, desenredando los hilos de la infinita oscuridad. Tan oscuro tú mismo que te hubiera confundido con uno más de mis demonios, de no haber sido por aquella esencia que emanaba de ti. Llenabas aquel lienzo con palabras abstrusas. No podía ver la tinta negra pero podía sentir su presencia en la oscuridad insondable a mi alrededor. Fue tu lengua de plata la que me manifestó tu existir.
Después de aquella noche, tu fantasma se quedó en mi reflejo para siempre. A veces venías. A veces la noche te traía, como si nada. Y esas noches te robabas todo lo que era mío. Mis infinitas compañeras en esta locura eterna desaparecían de mis ojos en tu presencia. Cubrías las estrellas con tus palabras, manchándolas de tinta negra como el tiempo.
Pero las noches sin ti se volvieron más duras. Ni los rugidos del océano ni la llama de mis astros podían calmar mis lágrimas de luz. Me deshacía en migajas invisibles sin tus palabras para llenar mi lienzo.
Nunca lo noté vacío hasta que tus palabras afluyeron a él. Y poco a poco mi aire se llenó de tinta llena de raíces y hojas y notas perdidas. Fue como si hubiese llegado el Cuarto Jinete.
Y a pesar de todo, necesito que te robes mi aire. Tus palabras cargan un peso sobre mí que necesito para no perderme en mi ligereza.
Quiero que tu llamado llene el aire, y que tu aullido silencioso ateste mi precioso lienzo. Que el negro sature el negro, y lo llene así de un significado que antes no tenía. Necesito tus letras para que le des pies a mi locura, para que no salga volando y se pierda en el horizonte infinito, insignificante.
Es ahora la luna quien le aulla a la sombra del lobo que se ha ido.
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