lunes, 27 de diciembre de 2010
Unión
Miró el anillo entre sus manos. Los rayos del Astro Rey acariciaban la superficie, arrancando destellos del oro.
Se acercó al joyero. El anciano, al verle sosteniendo la argolla dorada, estiró su rostro en una sonrisa arrugada y sus ojos brillaron con lo que probablemente era una empatía errada.
“¿Piensa grabarle algo, o se lo lleva así?”, preguntó. Volvió a mirar el anillo, esta vez en el interior. Redondo, redondo, barril sin fondo. Y así lo veía, sin fondo. No era su mano lo que había del otro lado, sino un vacío grotesco.
“Lo grabo.” Dijo al fin. El joyero le miró con nostalgia, estiró una nueva sonrisa y entró a la trastienda, probablemente para extraer sus herramientas.
No se movió ni un centímetro hasta que hubo regresado el anciano con una máquina pequeña que colocó sobre el mostrador. “¿De cuántos kilates es?”, preguntó. “veinte.” Los ojos del viejo se abrieron, moviendo en sincronía una oleada de arrugas, ondas en la superficie del agua perturbada. “Ha de ser una chica afortunada, muy especial.” Él no supo responder.
“¿Y qué quiere que diga el grabado?” Miró al joyero con sorpresa. Claro, si va a decir algo, él tiene que escoger la frase. “Tómese su tiempo, yo de aquí no me voy.” Le dijo, mirándolo de una forma que quería ser comprensiva, y se dirigió a atender a una dama del otro lado del local.
Desconcertado, miró nuevamente el pequeño aro dorado en su mano. Algo se le tendría que ocurrir.
¿Qué era lo que ella siempre le había dicho sobre las bodas? Que unían dos mundos, dos personalidades, dos seres humanos, vaya. Que traían consigo ya una implícita felicidad, un compromiso acordado en silencio.
Pensó en Helena. La había conocido en el taller de su padre, solía mirarlo cada vez que él iba a recoger pedidos o a hacer entregas y ruborizarse.
Entonces su padre se la había presentado, comentándole como ella estaba sola, no tenía un esposo que la cuidase. “Ya la ves, tan chula mija, y sin viejo a quién llenarle la panza”, Don Joaco repetía como disco rayado todas las tardes que él debía hacer una entrega, “y usté’ también, compadre, sin una hembra que lo espere en la nochecita”. Era un mantra que le cantaban con terrible frecuencia, por ser soltero que corre dejando los años de juventud atrás. Sin que realmente le importase.
Pero los gritos de la gente le dejaban sordo, con dolores de cabeza y de superyó.
Fue después del Invierno Rojo cuando clavó su rodilla en el primer escalón de la casa de Don Joaco. No llevó entonces un anillo, no se le hizo necesario en la sencilla transacción. Don Joaco ciertamente no lo extrañó, pero Helena sí.
“Necesito un anillito para el gran día, mi viejo chulo”, le había dicho, “uno doradillo porque los plateados parecen de plata”.
Así que llegó así a la primer joyería de regreso y compró un anillo doradillo de veinte kilates, porque los plateados parecen de plata. Así que fue con el joyero como en trance, consumido por el túnel abismo que cargaba en su bolsillo.
Levantó la vista de su mano y miró por la pequeña ventana del local: un sauce títere era manejado por los finos hilos del viento invernal.
Recordó entonces sus cabellos negros, hilos de titiritero, maniobrados por el viento de mil y una formas. Los ojos de ella relampaguearon en su nostálgica memoria. “El matrimonio es un caso perdido”, decía su suave voz, acariciándolo en silencio, “pero la unión entre dos personas, ésa es distinta.” Casi podía tocarla entre la espuma de su mente. “La unión es una promesa, un juramento no de amor, sino de pasión.” Aspiró con lentitud dolorosa, creyendo captar su perfume, haciéndole cosquillas en la punta de la nariz. “Es prometer que, por el resto de tu vida, tu pasión será siempre paralela a la de otro. Porque es probable que no coincidan, a veces, los deseos de una pareja; es normal que las pasiones de un ser humano giren bruscamente, suban, bajen, den mil vueltas en el espacio de posibilidades. Las pasiones en potencia infinitas nos rodean. Pero una unión entre dos personas es llevar las pasiones por los mismos giros, las mismas subidas, las mismas bajadas, las mismas vueltas. Una promesa de entrelazar sus destinos en potencia, sus cambiantes caminos.”
“Una promesa…” Susurró, mirando como los destinos de ambos se desdoblaban frente a sus ojos, enredándose en la pieza de oro que sostenía. Fue entonces cuando el viejo joyero decidió acercarse a él. “Deme dos”, fueron las primeras palabras que dijo mientras le pasaba la argolla, donde residía toda su pasión.
Aquel parque en especial era poco frecuentado a aquella hora.
Esquivando roca tras roca, llegó al lugar que buscaba. Ella estaba ahí, esperándole. Clavó su rodilla en la húmeda tierra, y sacó entonces el símbolo de la unión.
Sin apartar sus ojos de Ella, arrancó un trozo de tierra de enfrente suyo. Miró el anillo entre sus manos. Los rayos del Astro Rey acariciaban la superficie, arrancando destellos del oro. Los reflejos de luz eran cortados por las letras que ahora marcaban el anillo: “Una promesa. Una pasión.”
Con enorme cuidado, colocó los veinte kilates de oro, la promesa del eterno cambio y la raíz de sus pasiones, en el pequeño hueco que había abierto en la tierra.
Con un sencillo movimiento de su mano, quedó cubierto. Por siempre junto a Ella.
Se levantó con pesada lentitud, sintiendo su unión marcándolo.
Dio la vuelta con firmeza y sin mirar atrás se dirigió a casa de Don Joaco, a entregar la sortija de matrimonio que Helena le había pedido.
No necesitaba voltear a verla, ahora Ella caminaría por siempre a su lado.
Se acercó al joyero. El anciano, al verle sosteniendo la argolla dorada, estiró su rostro en una sonrisa arrugada y sus ojos brillaron con lo que probablemente era una empatía errada.
“¿Piensa grabarle algo, o se lo lleva así?”, preguntó. Volvió a mirar el anillo, esta vez en el interior. Redondo, redondo, barril sin fondo. Y así lo veía, sin fondo. No era su mano lo que había del otro lado, sino un vacío grotesco.
“Lo grabo.” Dijo al fin. El joyero le miró con nostalgia, estiró una nueva sonrisa y entró a la trastienda, probablemente para extraer sus herramientas.
No se movió ni un centímetro hasta que hubo regresado el anciano con una máquina pequeña que colocó sobre el mostrador. “¿De cuántos kilates es?”, preguntó. “veinte.” Los ojos del viejo se abrieron, moviendo en sincronía una oleada de arrugas, ondas en la superficie del agua perturbada. “Ha de ser una chica afortunada, muy especial.” Él no supo responder.
“¿Y qué quiere que diga el grabado?” Miró al joyero con sorpresa. Claro, si va a decir algo, él tiene que escoger la frase. “Tómese su tiempo, yo de aquí no me voy.” Le dijo, mirándolo de una forma que quería ser comprensiva, y se dirigió a atender a una dama del otro lado del local.
Desconcertado, miró nuevamente el pequeño aro dorado en su mano. Algo se le tendría que ocurrir.
¿Qué era lo que ella siempre le había dicho sobre las bodas? Que unían dos mundos, dos personalidades, dos seres humanos, vaya. Que traían consigo ya una implícita felicidad, un compromiso acordado en silencio.
Pensó en Helena. La había conocido en el taller de su padre, solía mirarlo cada vez que él iba a recoger pedidos o a hacer entregas y ruborizarse.
Entonces su padre se la había presentado, comentándole como ella estaba sola, no tenía un esposo que la cuidase. “Ya la ves, tan chula mija, y sin viejo a quién llenarle la panza”, Don Joaco repetía como disco rayado todas las tardes que él debía hacer una entrega, “y usté’ también, compadre, sin una hembra que lo espere en la nochecita”. Era un mantra que le cantaban con terrible frecuencia, por ser soltero que corre dejando los años de juventud atrás. Sin que realmente le importase.
Pero los gritos de la gente le dejaban sordo, con dolores de cabeza y de superyó.
Fue después del Invierno Rojo cuando clavó su rodilla en el primer escalón de la casa de Don Joaco. No llevó entonces un anillo, no se le hizo necesario en la sencilla transacción. Don Joaco ciertamente no lo extrañó, pero Helena sí.
“Necesito un anillito para el gran día, mi viejo chulo”, le había dicho, “uno doradillo porque los plateados parecen de plata”.
Así que llegó así a la primer joyería de regreso y compró un anillo doradillo de veinte kilates, porque los plateados parecen de plata. Así que fue con el joyero como en trance, consumido por el túnel abismo que cargaba en su bolsillo.
Levantó la vista de su mano y miró por la pequeña ventana del local: un sauce títere era manejado por los finos hilos del viento invernal.
Recordó entonces sus cabellos negros, hilos de titiritero, maniobrados por el viento de mil y una formas. Los ojos de ella relampaguearon en su nostálgica memoria. “El matrimonio es un caso perdido”, decía su suave voz, acariciándolo en silencio, “pero la unión entre dos personas, ésa es distinta.” Casi podía tocarla entre la espuma de su mente. “La unión es una promesa, un juramento no de amor, sino de pasión.” Aspiró con lentitud dolorosa, creyendo captar su perfume, haciéndole cosquillas en la punta de la nariz. “Es prometer que, por el resto de tu vida, tu pasión será siempre paralela a la de otro. Porque es probable que no coincidan, a veces, los deseos de una pareja; es normal que las pasiones de un ser humano giren bruscamente, suban, bajen, den mil vueltas en el espacio de posibilidades. Las pasiones en potencia infinitas nos rodean. Pero una unión entre dos personas es llevar las pasiones por los mismos giros, las mismas subidas, las mismas bajadas, las mismas vueltas. Una promesa de entrelazar sus destinos en potencia, sus cambiantes caminos.”
“Una promesa…” Susurró, mirando como los destinos de ambos se desdoblaban frente a sus ojos, enredándose en la pieza de oro que sostenía. Fue entonces cuando el viejo joyero decidió acercarse a él. “Deme dos”, fueron las primeras palabras que dijo mientras le pasaba la argolla, donde residía toda su pasión.
Aquel parque en especial era poco frecuentado a aquella hora.
Esquivando roca tras roca, llegó al lugar que buscaba. Ella estaba ahí, esperándole. Clavó su rodilla en la húmeda tierra, y sacó entonces el símbolo de la unión.
Sin apartar sus ojos de Ella, arrancó un trozo de tierra de enfrente suyo. Miró el anillo entre sus manos. Los rayos del Astro Rey acariciaban la superficie, arrancando destellos del oro. Los reflejos de luz eran cortados por las letras que ahora marcaban el anillo: “Una promesa. Una pasión.”
Con enorme cuidado, colocó los veinte kilates de oro, la promesa del eterno cambio y la raíz de sus pasiones, en el pequeño hueco que había abierto en la tierra.
Con un sencillo movimiento de su mano, quedó cubierto. Por siempre junto a Ella.
Se levantó con pesada lentitud, sintiendo su unión marcándolo.
Dio la vuelta con firmeza y sin mirar atrás se dirigió a casa de Don Joaco, a entregar la sortija de matrimonio que Helena le había pedido.
No necesitaba voltear a verla, ahora Ella caminaría por siempre a su lado.
En el reflejo del Cristalino
El grito maquinal del despertador lo trajo de vuelta al mundo. Se tomó un momento, como todas las mañanas. Mientras veía el amanecer por detrás de sus párpados.
Aquella hora gris en que el tiempo mostraba su inseguridad. Ni día, ni noche. “Ni sueño, ni mundo”, pensaba mientras el lamento del reloj se fundía con sus sueños, abriendo sus ojos en un remedo invertido de la Pandora y su caja.
Aún sumergido en sopor lo recibió la puerta de la habitación, hinchada por la humedad. Se incorporó lentamente del viejo sillón donde se encontraba esparcido.
Eran precisamente las 7:10 de la mañana. Una luz grisácea que conocía bien goteaba forzosamente por la ventana.
No por nada le llamaban la hora de los locos. Dio un tirón desconsiderado a las cortinas de un verde dramático, que se corrieron, mostrando el amanecer.
Por aquellos enfermos días de invierno, el mundo, que tenía catarro, sentía la imperiosa necesidad de soplar y repartir nubes mocosas a lo largo del panorama. Así que el amanecer dejaba de salpicarse con un rubor saludable, recibiendo a los hombres con ojeras y una palidez decrépita.
Se quedó ahí, mirando fijamente el ave horrible, que ni huevo ni cisne era ya.
Él también tenía su hora de los locos. Una mezcla de ironía e inocente temor le había hecho sincronizarla con el despertar del día.
Si el Tiempo se veía amenazado en el mismo momento que él sufría su propia guerra, sería para él consuelo (de tontos, pero al fin y al cabo consuelo).
Como la fluidez del reloj se ve afectada en la mente de los hombres por el interminable cielo iluminado pobremente, al no ser ya de día ni de noche por completo, así su ser se ve atrapado en la angustia del momento en que no está ya en sus sueños ni en su mundo por completo.
Lo siente venir, el escalofrío quemándole el espinazo, el cerebro adopaminado, el corazón ahogándose en su propia sangre. Mira la ventana con desesperación, refugiándose en la húmeda textura de las nubes, que forman una pared interminable y homogénea.
Pisar el abismo entre un extremo y el otro de su vida. No puede ver nada más que la muralla de nubes. No puede porque si volteara, siquiera un segundo, a mirar la habitación, notaría los amenazantes papeles amarillos que tapizan el cuarto, la alacena dentro de la cual lo único que contiene proteínas son las arañas huéspedes. Notaría la silla de tres patas y media, el sillón hundido y molido como un anciano campesino. Notaría la máquina de escribir sobre la mesa, con una hoja sucia sin una sola letra en ella.
Espera con ansiedad, nunca mirando atrás para no tener que pagar el precio de la curiosidad.
Mira sólo el cielo. A veces, se le ocurre que es un enfermo. Que padece cataratas. Sin duda tiene nubes en los ojos.
Así como llegó sin notarlo, se va sin más. De regreso a su Mundo. Toca en su mente una melodía mientras regresa a su cómodo sillón, a cerrar los ojos por placer unos minutos. Es bueno estar en casa.
Así como llegó sin notarlo, se va sin más. De regreso a su Mundo. Toca en su mente una melodía mientras regresa a su cómodo sillón, a cerrar los ojos por placer unos minutos. Es bueno estar en casa.
J.
viernes, 17 de diciembre de 2010
Confiteor
Miles de personas suben y bajan de los viejos, humeantes, camiones de ruta, manejados por choferes cansados y sucios a quienes realmente no les importa si uno sube, baja, si toca un alto, si invaden carril mientras hay un pequeño VMW a su lado. Entre esas miles de personas que se ven a diario en la necesidad de hacer uso del “servicio público”, él es uno de los que reciben una mirada asesina del hombre al volante.
Sube, toma su ticket, ofrece el dinero al chofer con indiferencia, y a pesar de no haber hecho ningún gesto que él considere ofensivo, se encuentra con los ojos entrecerrados del conductor, ojos llenos de un resentimiento inexplicable.
El autobús está repleto. Caras gastadas y fastidiadas esperan su parada.
No han pasado unos minutos cuando ya se encuentra apretujado entre una señora con tres niños y un hombre gordo que lleva uniforme de mecánico.
El suspira, mira hacia el vacío, como reclamando. Como reclamándome.
Junto a él un hombre recita el padre nuestro en un susurro, y Daniel duda de nuevo. Sacudiendo la cabeza, se concentra en los trabajos que debe hacer y entregar pronto.
El camión llega a la esquina que queda a dos cuadras de su casa, y él intenta salir de entre la multitud.
Demasiado tarde. Nadie esperaba para subir en la parada, el chofer pasó de largo.
“¡Espere! ¡Yo bajo!”. Sus gritos mientras se abría paso entre los pasajeros molestos fueron ignorados olímpicamente.
Al llegar a la puerta sólo pudo ver cómo la esquina quedaba atrás y el viejo camión continuaba su camino tambaleándose.
Al volver a mirar al chofer, recibió otra mirada asesina sin razón aparente. En vez de quejarse, volvió a sujetarse del tubo metálico junto a las filas de asientos. Cerró los ojos, estaba rígido, sufriendo internamente la ira de los mansos. “Por tu culpa, por tu culpa, por tu gran culpa”, dijo entre dientes, en un suspiro inaudible, como reclamando. Como reclamándome.
D.
Sube, toma su ticket, ofrece el dinero al chofer con indiferencia, y a pesar de no haber hecho ningún gesto que él considere ofensivo, se encuentra con los ojos entrecerrados del conductor, ojos llenos de un resentimiento inexplicable.
El autobús está repleto. Caras gastadas y fastidiadas esperan su parada.
No han pasado unos minutos cuando ya se encuentra apretujado entre una señora con tres niños y un hombre gordo que lleva uniforme de mecánico.
El suspira, mira hacia el vacío, como reclamando. Como reclamándome.
Junto a él un hombre recita el padre nuestro en un susurro, y Daniel duda de nuevo. Sacudiendo la cabeza, se concentra en los trabajos que debe hacer y entregar pronto.
El camión llega a la esquina que queda a dos cuadras de su casa, y él intenta salir de entre la multitud.
Demasiado tarde. Nadie esperaba para subir en la parada, el chofer pasó de largo.
“¡Espere! ¡Yo bajo!”. Sus gritos mientras se abría paso entre los pasajeros molestos fueron ignorados olímpicamente.
Al llegar a la puerta sólo pudo ver cómo la esquina quedaba atrás y el viejo camión continuaba su camino tambaleándose.
Al volver a mirar al chofer, recibió otra mirada asesina sin razón aparente. En vez de quejarse, volvió a sujetarse del tubo metálico junto a las filas de asientos. Cerró los ojos, estaba rígido, sufriendo internamente la ira de los mansos. “Por tu culpa, por tu culpa, por tu gran culpa”, dijo entre dientes, en un suspiro inaudible, como reclamando. Como reclamándome.
D.
miércoles, 15 de diciembre de 2010
Mundo de letras
Un mundo monocromático. Es quizás algo que no agrade a la mayoría de las personas. ¿No es mejor que un confuso mundo de colores? Armonía.
En cambio, la música necesita de todas las notas para agradarle. Quizás es contradictorio. Quizás todo en él es contradictorio.
Pies descalzos chocan con el frío suelo, el frío mundo. Una mano firme toma la vieja silla de madera. El compositor está sentado frente a la máquina de escribir. Creador de mundos, soñador de realidades, quizás. Lo más bello es el Quizás.
Mira las gastadas teclas del aparato frente a él. Pies descalzos se retuercen bajo la mesa, quizás trazando círculos en el gélido piso.
Se escapa un suspiro, y el cansado hombre se pasa una mano por el despeinado cabello.
Letras, letras, letras. Construyó su mundo con paredes de letras. Vocales, consonantes, acentuadas, con diéresis. Tantas letras que quizás se han agotado.
Fastidiado, el hombre se levanta. Camina hasta la única ventana – quizás ignorando así aquellos papeles de aspecto oficial que tapizan el frío, frío suelo- y abre el estuche negro recargado en ella.
Hora de gritar.
Arco en mano. Dedos fijos en las pisadas. Toca el arco su blanco y sale la primera nota, seguida de otra, y otra más. Brotan, caen, rebotan, chocan.
El violinista escribe sus gritos con los silencios entre corcheas.
Los ojos cerrados, deja que las notas resuenen entre sus paredes de letras.
J.
En cambio, la música necesita de todas las notas para agradarle. Quizás es contradictorio. Quizás todo en él es contradictorio.
Pies descalzos chocan con el frío suelo, el frío mundo. Una mano firme toma la vieja silla de madera. El compositor está sentado frente a la máquina de escribir. Creador de mundos, soñador de realidades, quizás. Lo más bello es el Quizás.
Mira las gastadas teclas del aparato frente a él. Pies descalzos se retuercen bajo la mesa, quizás trazando círculos en el gélido piso.
Se escapa un suspiro, y el cansado hombre se pasa una mano por el despeinado cabello.
Letras, letras, letras. Construyó su mundo con paredes de letras. Vocales, consonantes, acentuadas, con diéresis. Tantas letras que quizás se han agotado.
Fastidiado, el hombre se levanta. Camina hasta la única ventana – quizás ignorando así aquellos papeles de aspecto oficial que tapizan el frío, frío suelo- y abre el estuche negro recargado en ella.
Hora de gritar.
Arco en mano. Dedos fijos en las pisadas. Toca el arco su blanco y sale la primera nota, seguida de otra, y otra más. Brotan, caen, rebotan, chocan.
El violinista escribe sus gritos con los silencios entre corcheas.
Los ojos cerrados, deja que las notas resuenen entre sus paredes de letras.
J.
sábado, 27 de noviembre de 2010
de sueños de sueños
Para un Creador de Mundos.
Despertó. Antes de despegar los párpados lagañosos, se concentró en estirar su cuerpo lentamente. Era adicto a aquel dolor delicioso y embriagador que sólo se puede sentir al estirar los músculos agarrotados después de horas de no moverse. Aún sin abrir los ojos, hizo que tronaran las oxidadas coyunturas a lo largo de su cuerpo. Sólo entonces se dispuso, muy a regañadientes, a saludar al techo de su apartamento, como cada mañana.Mientras se incorporaba con lentitud agonizante, su mente borraba de su memoria consciente el sueño de la noche anterior. Se dio cuenta de cómo las imágenes tenían cada vez menos sentido en su mente, y trató, instintivamente, de aferrarse a ellas, impulso probablemente resultado de una aversión muy humana por esa sensación de pérdida de control.
Un hombre. Un hombre en gabardina. Lluvia. Luz. El hombre voltea. Una sonrisa. Abre la mano, de ella emerge una mariposa.
¿De qué era el sueño? ¿Tendría sentido?
Una de sus manos recorrió desde su nuca hasta su rostro aún adormilado, en un intento por limpiar el sopor que rodeara su cabeza.
Sueños. Su padre solía hablarle de ellos cuando era pequeño. Memorias escondidas entre el laberinto de su mente regresaron, tímidamente, a él. Cada noche, antes de dormir, su padre le contaba historias. Pero no eran los mismos cuentos monótonos que les leyeron a todos en algún momento de su infancia, no, las historias que su padre le había obsequiado eran distintas, le gustaba pensar que especiales.
Su padre le contaba sueños.
Sueños de jirafas azules invisibles, edificios de cuyas paredes manaba resina, calles de piel de serpiente, hombres que enfermaban y se convertían en rinocerontes.
Las historias de su padre le habían maravillado. Tal vez por ser tan pequeño, tal vez por la emoción con la que las narraba su padre, gesticulando hasta con los ojos.
Junto con la nostalgia que se había escabullido silenciosamente llegó también un sentimiento de pérdida. ¿Por qué había dejado de escuchar los maravillosos cuentos de su padre?
Aquella última noche de cuentos la recordaba un poco. Todo había sido por preguntar, por interrumpir. No podía acordarse de qué trataba la historia de aquella noche, a pesar de que muchas de las otras que había escuchado las tenía presentes con una claridad impresionante. Sólo sabía que mientras la grave voz de su padre había narrado lo que seguramente era una increíble aventura, la lluvia golpeteaba en la ventana. Entonces, de la nada, sin una razón consciente, interrumpió el relato de su padre.
Eso no puede ser verdad, dijo, algo molesto, Esas cosas no pueden haber pasado. Su padre lo miró. Recordó esos ojos por sólo un instante. En ellos brillaba un deseo, un deseo que intentaba desesperadamente salir y ser saciado. ¿Cómo lo sabes? Había dicho él, después de un largo silencio del que no se había percatado entonces. ¿Cómo puedes saber que esto realmente no pasó?, preguntaba la voz de su padre, la desesperación delineando sus palabras. Porque es… tonto. Es tonto que algo así pueda pasar, había dicho él, inseguro de sus palabras, pero seguro de la imposibilidad de aquellos hermosos mundos que su padre le había obsequiado. Te equivocas, dijo su padre, Te equivocas, porque todas estas historias pasaron en verdad. Mentira, respondió él, cruzándose de brazos y frunciendo las cejas en lo que probablemente fue un gesto muy infantil. Todas estas historias, continuó su padre, Pasaron realmente. Aquí, afirmó, tocándose con los dedos de una mano temblorosa la sien. Los sueños, Jorge, son tan reales como tú y yo. Los sueños ocurren en nuestras mentes como nosotros ocurrimos en este mundo. ¿Acaso no te consideras real?
Recuerda haberse enojado con aquellas palabras, palabras confusas que nublaban su joven mente como la lluvia distorsionaba el paisaje distante. Entonces había mirado por sobre la cabeza de su padre, y su enojo se había evaporado en seguida frente a las llamas del temor. Su madre lo miraba. Lo miraba con tantas emociones hirviendo en sus pupilas de acero líquido que dio un paso atrás, haciendo que su padre volteara. ¿Lo había estado mirando a él, o a su padre? Ahora no podía estar seguro, tal vez no había sido a él. Sin importar para quien había sido toda esa furia, toda esa repulsión y odio que de joven no había comprendido, le asustaron. La mano pálida agarrada firmemente de la perilla, su madre hizo un gesto brusco a su padre con la cabeza. Su padre lo miró entonces, la desesperación que antes sólo se adivinara en sus palabras ahora claramente visible. No olvides, había susurrado, dándole tal aire de importancia a la conversación que aún hoy sigue grabada en sus oídos, mente y corazón, No olvides que los sueños son reales. Nunca lo olvides.
Entonces su madre había emitido un sonido gutural, sin aparente significado, pero que había ahogado todo aire de confidencialidad, toda respuesta, toda emotividad que pudo haber seguido a aquellas últimas palabras. Su padre se levantó y salió junto con su madre, sin mirar atrás una sola vez.
Recuerda haberse ido a dormir entonces y haber escuchado gritos furiosos en sus sueños –o tal vez entre sueños, todo había sido hacía demasiado tiempo –y al despertar a la mañana siguiente, su padre no estaba. Y no regresaría nunca.
Sacudió la cabeza, sintiendo la tensión que los recuerdos habían traído sobre su cuello y sus hombros, y se levantó de la cama para dirigirse a la ducha.
Nunca lo olvides, había dicho su padre. Nunca lo olvides.
Un hombre. Un hombre en gabardina. Lluvia.
Por un segundo, sólo un segundo, su mente imaginó que el hombre podía existir.
Que existía en sus sueños como él en el mundo.
Se metió bajo las gotas de agua caliente, sumergido en sus recuerdos. En sus sueños… ¿realidades?
El agua caía a chorros sobre su cabeza. El sonido de los diamantes líquidos estrellándose contra el suelo llenó sus oídos. La imagen borrosa de su ventana aquella noche regresó. Luego un hombre en gabardina. Llovía.
¿Cómo puedes saber que esto realmente no pasó?, preguntaba la voz de su padre. ¿Cómo?¿Cómo? Repetía una voz susurrante, una voz tanteadora, desconocida.
Luz.
Emerge una mariposa.
Sus alas plateadas bailan con la lluvia, pero son sus ojos los que observa. Ojos negros, brillantes. Ojos muertos llenos de vida. Entonces observa el reflejo de aquellas esferas de ónix, y encuentra a un hombre. No es un hombre en gabardina.
Es un hombre que se baña.
Luz. El hombre voltea. Una sonrisa.
El agua seguía cayendo sin descanso. No se oía otra cosa que el golpeteo del agua contra el suelo.
¿Acaso no te consideras real?
Un sueño. Sólo un sueño.
¿Acaso no te consideras real?
Sueña a un hombre en gabardina. Que voltea. Que sonríe. Que lleva una mariposa.
Lleva una mariposa, que lo sueña a él.
Luz.
Abre los ojos. No recuerda haberlos cerrado.
Atranca la llave de la bañera y sale del cuarto de baño, invadido por la niebla del vapor de agua.
Su padre solía contarle historias.
Se dirige al armario, donde se viste rápidamente a pesar de que una calma sobrenatural se vierte sobre su mente, helándolo todo. Por último, saca de lo más hondo del armario, cubierta por una capa de telarañas y polvo, la gabardina de su padre.
Un susurro en la nuca le hace voltear hacia la única ventana de la habitación. Afuera una mariposa aletea, sus alas plateadas de papel de arroz destellando bajo los rayos del sol de verano.
sábado, 6 de noviembre de 2010
Obra en Proceso
El artista miró el lienzo frente a él por un largo rato sin pronunciar palabra.
-Es hermoso -dijo ella para romper el silencio.
Él no dijo nada. ¿Qué podía decir?
Hermoso. No sabía si aquel cuadro era o no era hermoso. Lo había visto tantas veces, había trabajado en él tantas horas, que se había fundido con los colores, con las pinceladas, con cada una de las hebras del lienzo.
Ella lo miró, sintiendo la tensión en el cuarto aumentar cada minuto. Él no dijo nada. Estaba absorto en la contemplación de aquella obra.
Frunció el ceño casi imperceptiblemente. Había cosas que aún no le gustaban de ella, un tono incorrecto por aquí, una línea torcida por allá... había elementos completos que no lo convencían del todo, que desearía poder borrar y cambiar. Claro, cuando los agregó le habían parecido buenos, hermosos y hasta sofisticados, pero ahora, después de años de haberlos puesto, ya no se veían tan bellos como antes, algunos incluso le parecían ridículamente inocentes o completamente opuestos al resto de la obra.
-¿Cuánto tiempo le tomó hacerlo?
La pregunta hizo que apareciera un brillo de nostalgia en sus cansados ojos.
-Una vida -dijo él.
Una vida. Quizás por eso había tantos contrastes en la obra. Tenía partes alegres, coloridas y brillantes; partes grises, obscuras... partes infantiles y partes secas, frías. En algunos elementos se reflejaba la inexperiencia con el pincel de sus primeros años mientras que las áreas más recientes le hacían sentir algo de satisfacción, sentimiento que él sabía que con el paso de los años iría desapereciendo. Miró aquellas partes que resaltaban visiblemente. Había habido ciertos fragmentos de la obra que se perdieron en el camino, pedazos que pintó de blanco y volvió a dibujar, mejorando así, según él, el resultado final. El proceso se siguió repitiendo a lo largo de los años. Tantos recuerdos, tantas experiencias y sentimientos... Se pasó una manchada mano por entre el cabello.
-Bien -dijo ella, sonriendo nerviosa -me gusta, lo compro.
El artista despegó sus ojos del lienzo por un momento y después siguió con su contemplación, sin dejar ver emoción alguna en su rostro. Sus emociones estaban ahí, presentes, pero cifradas en un código desconocido para ella.
¿Hermoso? No. No era para nada hermoso.
Lleno de errores y cambios, toda clase de tonos y sentimientos desparramados por doquier, aquel cuadro era la viva imagen del cambio; Algo que dejaría de ser en cuanto dejara de cambiar.
-No.
La mujer lo miró, anonadada.
-¿Disculpe...?
-No está terminado.
Dudosa, la dama miró el gastado lienzo. No cabía una gota más de pintura.
-¿Cuándo lo terminará?
-No lo sé.
No podía terminarlo. No podía porque en cuanto lo hiciera aquella obra se quedaría colgada, estática, muerta, en la pared de alguna casa u oficina, y entonces él pasaría, unos años más tarde, la vería y la repudiaría por ser prueba tangible de la estupidez que alguna vez tuvo, de la ignorancia con la que dio aquellas pinceladas que nunca corrigió ni intentó mejorar.
Sin una palabra más, el pintor abrió la puerta de la habitación para que la dama pudiese salir cuando lo deseara, fue hacia su viejo escritorio, tomó pincel y paleta, y regresó frente a su obra interminable, a continuar su vida.
-Es hermoso -dijo ella para romper el silencio.
Él no dijo nada. ¿Qué podía decir?
Hermoso. No sabía si aquel cuadro era o no era hermoso. Lo había visto tantas veces, había trabajado en él tantas horas, que se había fundido con los colores, con las pinceladas, con cada una de las hebras del lienzo.
Ella lo miró, sintiendo la tensión en el cuarto aumentar cada minuto. Él no dijo nada. Estaba absorto en la contemplación de aquella obra.
Frunció el ceño casi imperceptiblemente. Había cosas que aún no le gustaban de ella, un tono incorrecto por aquí, una línea torcida por allá... había elementos completos que no lo convencían del todo, que desearía poder borrar y cambiar. Claro, cuando los agregó le habían parecido buenos, hermosos y hasta sofisticados, pero ahora, después de años de haberlos puesto, ya no se veían tan bellos como antes, algunos incluso le parecían ridículamente inocentes o completamente opuestos al resto de la obra.
-¿Cuánto tiempo le tomó hacerlo?
La pregunta hizo que apareciera un brillo de nostalgia en sus cansados ojos.
-Una vida -dijo él.
Una vida. Quizás por eso había tantos contrastes en la obra. Tenía partes alegres, coloridas y brillantes; partes grises, obscuras... partes infantiles y partes secas, frías. En algunos elementos se reflejaba la inexperiencia con el pincel de sus primeros años mientras que las áreas más recientes le hacían sentir algo de satisfacción, sentimiento que él sabía que con el paso de los años iría desapereciendo. Miró aquellas partes que resaltaban visiblemente. Había habido ciertos fragmentos de la obra que se perdieron en el camino, pedazos que pintó de blanco y volvió a dibujar, mejorando así, según él, el resultado final. El proceso se siguió repitiendo a lo largo de los años. Tantos recuerdos, tantas experiencias y sentimientos... Se pasó una manchada mano por entre el cabello.
-Bien -dijo ella, sonriendo nerviosa -me gusta, lo compro.
El artista despegó sus ojos del lienzo por un momento y después siguió con su contemplación, sin dejar ver emoción alguna en su rostro. Sus emociones estaban ahí, presentes, pero cifradas en un código desconocido para ella.
¿Hermoso? No. No era para nada hermoso.
Lleno de errores y cambios, toda clase de tonos y sentimientos desparramados por doquier, aquel cuadro era la viva imagen del cambio; Algo que dejaría de ser en cuanto dejara de cambiar.
-No.
La mujer lo miró, anonadada.
-¿Disculpe...?
-No está terminado.
Dudosa, la dama miró el gastado lienzo. No cabía una gota más de pintura.
-¿Cuándo lo terminará?
-No lo sé.
No podía terminarlo. No podía porque en cuanto lo hiciera aquella obra se quedaría colgada, estática, muerta, en la pared de alguna casa u oficina, y entonces él pasaría, unos años más tarde, la vería y la repudiaría por ser prueba tangible de la estupidez que alguna vez tuvo, de la ignorancia con la que dio aquellas pinceladas que nunca corrigió ni intentó mejorar.
Sin una palabra más, el pintor abrió la puerta de la habitación para que la dama pudiese salir cuando lo deseara, fue hacia su viejo escritorio, tomó pincel y paleta, y regresó frente a su obra interminable, a continuar su vida.
viernes, 5 de noviembre de 2010
Cazador de vacíos
"Había una vez una Tortuga."
Todo aquí está vacío.
Mis pasos antes apresurados se han ido alentando y arrastrando cada vez más con el tiempo. De mi voz resuena el eco, y regresan a mis oídos voces confundidas, irrelevantes, necias. Toda pregunta que formulo pareciera retórica.
Aquí estoy, loco de oficio, hablándole a las paredes.
Monólogo de monotonía.
Monólogo de monotonía.
Murmullos me contestan, pero nunca con las respuestas a mis preguntas.
Luchador contra molinos de viento.
Burdos, estáticos, inamovibles; vacíos.
Miro el infinito nulo que debo llenar. Busco cansadamente un par de ojos. Ojos brillantes, desbordantes, ojos que comprendan.
Es como buscar pasto en el desierto.
Hoyos negros en lugar de córneas. Oscuridad en la que caen mis palabras, sin jamás tocar el fondo.
A veces un destello, una mirada rápida, un gesto de atención.
He aprendido a impulsarme en esos momentos. Devorarlos ávidamente. Aprovechar mientras duren.
Instantes en que el silencio no es tan pesado, ni la oscuridad tan impenetrable.
Instantes que me hacen dar un paso más.
Aquí estoy, masoquista de oficio, rodeado de niebla infinita.
sábado, 23 de octubre de 2010
Átodos
Había una vez, un átodo que llegó a la Tierra. La pequeña esférica se accidentó al caer, partiose por la mitad al impactar con el suelo y sus pedazos rodaron por kilómetros en direcciones opuestas, hasta que la media esfera que avanzaba hacia el noreste cayó en un pequeño manantial, y su contraparte que se dirigía hacia el sudoeste entró a un bosque que se incendiaba.
Pasaron la noche así los pequeños subátodos, divididos, extraviados, sin energía, hasta que salió de nuevo el astro rey, y sus rayos acariciaron a los desgraciados divididos. Desesperados por evitar aquel cambio que tan bruscamente les había alejado, dirigiéronse ambos incompletos ansiosos hacia donde sabían que el otro estaba, y al encontrarse se abrazaron como viejos amigos, hermanos, amantes, pero era de esperarse que no durase mucho el encuentro; ambas mitades adoloridas se alejaron, perplejas, asustadas, heridas. El primero en darse cuenta fue el subátodo del noreste, pues la energía que su contraparte emanaba podía sentirla incluso en la distancia: el fuego se había quedado con el desgraciado del sudoeste. Diose entonces cuenta de que goteaba, y razonó que de aquel travieso manantial que le había recibido la noche anterior había decidido acompañarle un pedazo. El otro pobre perplejo, ignorante de su situación, trató asustado de unirse nuevamente con su contraparte, pero retractose al instante, dolido, lastimado, como si parte de su ser hubiese sido consumida. El otro, herido también, hubiese llorado de haber podido (pero su condición de subátodo no se lo permitía), pues se daba cuenta que estaba siendo privado de la oportunidad de volver a ser un átodo hecho y derecho; su compañero, en cambio, trataba por todos los medios de regresar con su otro, pero con cada intento su ser se veía afectado.
Miráronse entonces aquellos subátodos que en algún momento habían sido un átodo, y comprendieron que nunca podrían volver a ser uno. El peso del cambio les cayó encima como HCl en los pulmones. No sólo estaban en un tierra desconocida, sino que ellos mismos eran seres desconocidos. ¿Qué clase de existencia llevarían ahora? La inestabilidad era casi palpable en aquellos asustados subátodos. ¿Eran acaso subátodos?, ¿o, ahora que además de separarse, se habían mezclado con elementos de otra naturaleza, ya no podían ser considerados átodos ni subátodos ni semiátodos ni nada por el estilo?
Asustáronse los pequeños, uno goteando sin cesar, el otro moviéndose cual llama que sacude el viento. Y quedáronse ahí, uno frente al otro, observándose, sintiéndose, sufriendo la distancia y el cruel dolor de esas situaciones ajenas que uno nunca busca ni conoce ni desea, pero en las que se cae por alguna razón, tal vez por lazos kármicos, tal vez por fuerzas superiores, tal vez por que la vida es cruel y punto.
Me temo que ése es el final, sin desenlace, y es que para dilemas de átodos no existen soluciones, puesto que no tienen problemas que las requieran, ni conocen lo que es el tiempo como para perderlo, ni lo que es el espacio como para ser o no ser.
Y en algún lugar del mundo dos casi átodos se observan, abrumados por el desgarrador cambio que les ha atacado, asimilando la horrible situación sin saber realmente qué es lo que ha pasado.
Pasaron la noche así los pequeños subátodos, divididos, extraviados, sin energía, hasta que salió de nuevo el astro rey, y sus rayos acariciaron a los desgraciados divididos. Desesperados por evitar aquel cambio que tan bruscamente les había alejado, dirigiéronse ambos incompletos ansiosos hacia donde sabían que el otro estaba, y al encontrarse se abrazaron como viejos amigos, hermanos, amantes, pero era de esperarse que no durase mucho el encuentro; ambas mitades adoloridas se alejaron, perplejas, asustadas, heridas. El primero en darse cuenta fue el subátodo del noreste, pues la energía que su contraparte emanaba podía sentirla incluso en la distancia: el fuego se había quedado con el desgraciado del sudoeste. Diose entonces cuenta de que goteaba, y razonó que de aquel travieso manantial que le había recibido la noche anterior había decidido acompañarle un pedazo. El otro pobre perplejo, ignorante de su situación, trató asustado de unirse nuevamente con su contraparte, pero retractose al instante, dolido, lastimado, como si parte de su ser hubiese sido consumida. El otro, herido también, hubiese llorado de haber podido (pero su condición de subátodo no se lo permitía), pues se daba cuenta que estaba siendo privado de la oportunidad de volver a ser un átodo hecho y derecho; su compañero, en cambio, trataba por todos los medios de regresar con su otro, pero con cada intento su ser se veía afectado.
Miráronse entonces aquellos subátodos que en algún momento habían sido un átodo, y comprendieron que nunca podrían volver a ser uno. El peso del cambio les cayó encima como HCl en los pulmones. No sólo estaban en un tierra desconocida, sino que ellos mismos eran seres desconocidos. ¿Qué clase de existencia llevarían ahora? La inestabilidad era casi palpable en aquellos asustados subátodos. ¿Eran acaso subátodos?, ¿o, ahora que además de separarse, se habían mezclado con elementos de otra naturaleza, ya no podían ser considerados átodos ni subátodos ni semiátodos ni nada por el estilo?
Asustáronse los pequeños, uno goteando sin cesar, el otro moviéndose cual llama que sacude el viento. Y quedáronse ahí, uno frente al otro, observándose, sintiéndose, sufriendo la distancia y el cruel dolor de esas situaciones ajenas que uno nunca busca ni conoce ni desea, pero en las que se cae por alguna razón, tal vez por lazos kármicos, tal vez por fuerzas superiores, tal vez por que la vida es cruel y punto.
Me temo que ése es el final, sin desenlace, y es que para dilemas de átodos no existen soluciones, puesto que no tienen problemas que las requieran, ni conocen lo que es el tiempo como para perderlo, ni lo que es el espacio como para ser o no ser.
Y en algún lugar del mundo dos casi átodos se observan, abrumados por el desgarrador cambio que les ha atacado, asimilando la horrible situación sin saber realmente qué es lo que ha pasado.
viernes, 22 de octubre de 2010
sábado, 9 de octubre de 2010
Para un gigante
When the night has come
And the land is dark
And the moon is the only light we see
El eco del lamento resonaba. Contaban el tempo en corcheas tus frenéticos pasos.
La estática de los charcos era interrumpida.
Cuatro truenos. Ecos que quedan grabados en la memoria. Frío acero que desata tormentas, aquel fierro que precede la condena a la realidad.
Uno. Dos.
Para.
Tres. Cuatro.
Cae.
Corres.
Las sombras te persiguen y sólo las sombras te protegerán. Callejón sin salida, la única escapatoria.
Piernas cansadas caen. De regreso al hogar materno, dentro de la placenta de las sombras encuentra refugio. Cascadas saladas caen de ojos abiertos como lunas llenas. Terremotos sacuden los más profundo de tu ser. Sirenas aúllan, lamentándose, exigiendo justicia, una explicación.
Cuatro truenos ensordecedores, engendran el caos.
No I won't be afraid
No I won't be afraid
Just as long as you stand, stand by me
El suelo está frío. Helado, es de hielo. Y la pared de ladrillo a tus espaldas es nieve. Gélido. Es la única explicación para tus violentos temblores.
Pedazo de hierro que sin filo es hoz.
El humo gris es la bandera que anuncia la derrota.
Hemos perdido.
Hemos perdido.
El ejército del ave bella por excelencia pierde el encuentro.
Manos sucias se apoyan en el suelo. Piernas flaquean. La gravedad pelea por la conservación de movimiento. El peso del horror es inhibido por el shock.
If the sky that we look upon
Should tumble and fall
And the mountain should crumble to the sea
Vas a donde las sombras no te pueden proteger. La bandera de humo se ha desintegrado ya en el espacio.
El mundo se tiñe de escarlata.
Campanas etéreas suenan en el mundo.
Llueven lágrimas de sangre.
Hay un cadáver sentado en la acera, leyendo. El ejército de la paloma le reclamará airado por el resto de su existencia.
Cuatro truenos.
Cuatro gritos de la Tierra.
Se acercaban a la victoria, pero se tiñe de luto la guerra.
Junto a la calle brillan los espejuelos olvidados. Soles desgarrados.
No se olvida.
No se olvida.
Heridas que marcan al mundo.
Sangre corre por las calles. Hierve en el asfalto.
Risas que no volverán.
Sonrisas que quedaron por verse.
No se olvida.
El cadáver lector, mensajero de las sombras. Portador del fierro.
Cuatro truenos que cambian al mundo.
Whenever you're in trouble won't you stand by me
Oh, now, now, stand by me
Oh, stand by me, stand by me, stand by me
He stood by us.
domingo, 26 de septiembre de 2010
De desayunos y comida
Miró su plato de cereal y soltó un bufido.
-¿Qué tienes ahora, Jorge?
El hombre contestó sin levantar la vista del tazón repleto de leche y hojuelas color cartón.
-Ya no quiero comida.
Sin sobresalto alguno, la mujer contraatacó con voz calmada.
-¿No quieres más cereal?
-No. Ya no quiero comida, estoy harto de la comida.
Acto seguido el tazón de cereal fue arrojado por la coladera de la cocina.
-¿Cómo piensas vivir sin comida? -dijo su esposa, mientras pasaba la página del periódico local. Pero Jorge no estaba para escuchar preguntas sin importancia ni sentido, había cuestiones vitales que atender.
-Todos los días es lo mismo: desayunamos comida, comemos comida y cenamos comida. Es de lo único de lo que nos alimentamos. ¡Estoy harto! ¿Quién ha dicho que lo único que podemos desayunar, comer y cenar es comida?
El fantasma de una sonrisa apareció en la boca de su mujer mientras rodaba los ojos.
-¿Qué te gustaría desayunar, entonces?
El tamaño e importancia del asunto impulsaban a Jorge a recorrer la cocina sin destino fijo, sin poder detener ni sus pies ni su lengua.
-¡Pues algo que no sea lo mismo!
-¿Cómo qué? -preguntó ella, mientras con su pluma roja marcaba un aviso que aparecía en el periódico anunciando una estética nueva. Jorge trataba desesperadamente de resolver esta cuestión existencial. ¿Es que acaso su mujer no podía ver la desesperación que escapaba de sus ojos, buscando respuestas en el techo, en los azulejos color vómito, en las cortinas descoloridas, en las ollas oxidadas?
-¡Vaya pregunta, habiendo tantas cosas que no son comida! ¿Qué tal si quiero desayunar colores?, ¿o ideas?¿Qué tal si se me antoja cenar formas, comer olores y merendar sentimientos?, ¿quién me lo va a impedir?
-Nadie, Jorge, nadie.
-¿Entonces por qué no puedo? ¡Hay alguien que me lo impide! ¿Cuál es la razón por la que no me dejan? ¡Exijo una respuesta!
La mujer dejó el periódico y se dirigió tranquilamente a lavar la loza. Sin mirar a su esposo, le dijo con una voz suave y calmada:
-Tal vez no comes eso porque no sabe bien. La comida sabe bien, ¿por qué comer algo más?
Jorge detuvo su frenético paseo, dando la impresión de haber chocado con una bandada de avestruces invisibles.
-¡Mientes!¡Hay comida que no sabe bien! ¿Cómo puedo saber que algo sabe mal si nunca lo he probado?, ¿si nunca me dan la oportunidad de probarlo? ¡Esto es una violación a mis derechos! ¡Exijo que se me permita desayunar espectros, comer bidimensionalidades y cenar sensaciones!
Ecos ensordecedores resonaron en cada centímetro de la casa, la cocina y la cabeza de Jorge. Desde la iglesia, estruendosas campanadas anunciaban las 8 de la mañana.
-¡Demonios, quedé de ver a Gabriel en media hora!
Tomó con rapidez el saco colgado en el perchero y se lo puso casi instintivamente mientras alargaba la mano libre hacia el viejo maletín de cuero que estaba sobre la mesa. Su mujer, apresurada, dejó los trastes para ir a abrirle la puerta principal.
-El proyecto debería tomarnos aproximadamente unos tres años... -murmuraba Jorge, al tiempo que avanzaba hacia la puerta con pasos mecánicos. Besó a su esposa, como todos los días y se dispuso a salir.
-Más tarde iré a hacer el mandado, ¿Prefieres salmón o pasta para hoy?
-Pasta está bien. Te veo en la noche.
-¿Qué tienes ahora, Jorge?
El hombre contestó sin levantar la vista del tazón repleto de leche y hojuelas color cartón.
-Ya no quiero comida.
Sin sobresalto alguno, la mujer contraatacó con voz calmada.
-¿No quieres más cereal?
-No. Ya no quiero comida, estoy harto de la comida.
Acto seguido el tazón de cereal fue arrojado por la coladera de la cocina.
-¿Cómo piensas vivir sin comida? -dijo su esposa, mientras pasaba la página del periódico local. Pero Jorge no estaba para escuchar preguntas sin importancia ni sentido, había cuestiones vitales que atender.
-Todos los días es lo mismo: desayunamos comida, comemos comida y cenamos comida. Es de lo único de lo que nos alimentamos. ¡Estoy harto! ¿Quién ha dicho que lo único que podemos desayunar, comer y cenar es comida?
El fantasma de una sonrisa apareció en la boca de su mujer mientras rodaba los ojos.
-¿Qué te gustaría desayunar, entonces?
El tamaño e importancia del asunto impulsaban a Jorge a recorrer la cocina sin destino fijo, sin poder detener ni sus pies ni su lengua.
-¡Pues algo que no sea lo mismo!
-¿Cómo qué? -preguntó ella, mientras con su pluma roja marcaba un aviso que aparecía en el periódico anunciando una estética nueva. Jorge trataba desesperadamente de resolver esta cuestión existencial. ¿Es que acaso su mujer no podía ver la desesperación que escapaba de sus ojos, buscando respuestas en el techo, en los azulejos color vómito, en las cortinas descoloridas, en las ollas oxidadas?
-¡Vaya pregunta, habiendo tantas cosas que no son comida! ¿Qué tal si quiero desayunar colores?, ¿o ideas?¿Qué tal si se me antoja cenar formas, comer olores y merendar sentimientos?, ¿quién me lo va a impedir?
-Nadie, Jorge, nadie.
-¿Entonces por qué no puedo? ¡Hay alguien que me lo impide! ¿Cuál es la razón por la que no me dejan? ¡Exijo una respuesta!
La mujer dejó el periódico y se dirigió tranquilamente a lavar la loza. Sin mirar a su esposo, le dijo con una voz suave y calmada:
-Tal vez no comes eso porque no sabe bien. La comida sabe bien, ¿por qué comer algo más?
Jorge detuvo su frenético paseo, dando la impresión de haber chocado con una bandada de avestruces invisibles.
-¡Mientes!¡Hay comida que no sabe bien! ¿Cómo puedo saber que algo sabe mal si nunca lo he probado?, ¿si nunca me dan la oportunidad de probarlo? ¡Esto es una violación a mis derechos! ¡Exijo que se me permita desayunar espectros, comer bidimensionalidades y cenar sensaciones!
Ecos ensordecedores resonaron en cada centímetro de la casa, la cocina y la cabeza de Jorge. Desde la iglesia, estruendosas campanadas anunciaban las 8 de la mañana.
-¡Demonios, quedé de ver a Gabriel en media hora!
Tomó con rapidez el saco colgado en el perchero y se lo puso casi instintivamente mientras alargaba la mano libre hacia el viejo maletín de cuero que estaba sobre la mesa. Su mujer, apresurada, dejó los trastes para ir a abrirle la puerta principal.
-El proyecto debería tomarnos aproximadamente unos tres años... -murmuraba Jorge, al tiempo que avanzaba hacia la puerta con pasos mecánicos. Besó a su esposa, como todos los días y se dispuso a salir.
-Más tarde iré a hacer el mandado, ¿Prefieres salmón o pasta para hoy?
-Pasta está bien. Te veo en la noche.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Fiebre mexicana
Desesperación, frustración, ansiedad. No sé como llegué a ese estado. Notas musicales acarician mis oídos, luego los atraviesan como lanzas de hierro candente, los hacen zumbar con su potencia. Mis ojos se mueven, como en trance, a través de las delirantes líneas del libro rojo entre mis manos. Mis labios pronuncian cada palabra con prisa, como si desease terminármelas todas de una vez, sin hacer pausas ni tartamudear. Palabra mal pronunciada es palabra perdida. Mis piernas duelen, incluso cuando estoy sentada, pero sólo me percato de ello por momentos pues mi mente trabaja sin cesar, lidiando con el torrente de palabras que entran por mis ojos y mis oídos. La saliva se me acaba, debo detenerme. Pasar saliva y, en un lapsus de curiosidad, retirar uno de los audífonos para escuchar el caos que me rodea. Guitarra, trompeta, acordeón y gritos me reciben. No quiero hacerlo, pero instintivamente levanto la vista. Verdes, blancos y rojos me ciegan, todas las tonalidades y combinaciones imaginables de los colores de la bandera llenan mi visión. Vértigo y náuseas, además de una sensación de encierro, sólo agregan a mi ya gran deseo de estar en cualquier lugar menos ahí. No hay escapatoria, por lo menos no en la siguiente hora y media. Rogelio está sentado a mi izquierda, calmado, sumergido en sus propios pensamientos. Perdida en el mar de colores patrios me encuentro entre las sombras, rebelándome fútilmente contra el ambiente nacionalista de la fiesta. Azul y negro, guardados durante la semana para ser llevados el día de hoy específicamente, evitando conscientemente verdes, blancos y rojos. No es que odie a mi país, es que odio la atmósfera nacionalista, la fiebre mexicana que se desata estos días.
Me rodean, me presionan en más de un sentido y en más de una forma.
Alguien desgarra el micrófono siguiendo la letra de El Rey, y a pesar de mi fastidio comienzo a repetir los versos que todos los presentes saben:
Con dinero y sin dinero,
hago siempre lo que quiero
y mi palabra es la ley.
No tengo trono ni reina,
ni nadie que me comprenda,
pero sigo siendo el rey.
El sol me persigue hasta mi escondite entre las sombras, mezclando su calor con el de los cientos de cuerpos humanos que rodean el espacio en el que me encuentro. Acorralada, atrapada físicamente entre la multitud y atrapada mentalmente entre la música, la decoración, y los ideales del festejo, intento escapar, retrocediendo aún más éntre las sombras, enterrando mi mente en los versos escritos, furiosa, desesperada.
El mundo: puerta muda y fría
abierta a mil desiertos.
Quien perdió lo que tú perdiste
en alguna parte se detiene.
Ahora estás pálido,
condenado a un viaje de invierno,
al humo semejante,
que sin cesar tiende a más fríos cielos.
El sudor comienza a hacerse notar en mi frente, y de pronto todo se vuelve demasiado. El calor derrite mi cabeza por un momento, momento en el que los gritos y las notas desafinadas del karaoke se agolpan en mis oídos, momento en el que mis ojos se mueven frenéticos a través del mar de verdes, blancos y rojos.
Demasiado, todo esto es demasiado. A la mierda el orgullo mexicano, que de cualquier forma no ha hecho nada por éste país además de vender camisetas de la selección. Me levanto con dificultad de mi lugar, libro en mano, chaqueta negra en la otra, y salgo a dar la cara al sol. El calor es insoportable, me hace sentir terriblemente ligera y mareada. Me quedo con las ganas de mirar al cielo y gritar: “¡Deja de estar jodiendo, astro Rey, que suficiente tenemos con el infernal ruido!”. De cualquier forma, mis palabras furiosas hubieran sido ahogadas por las bocinas y sus crueles tonos alegres con trompetas, guitarras y acordeones, tan rancheros.
Sólo quiero dejarme caer en el medio del pavimento ardiente, sólo quiero quedarme sorda y no escuchar más aquellas canciones lamentándose siempre sobre el mismo desamor, sólo quiero cerrar mis ojos y sentir el sol acariciar mis párpados sin quemarles, sentir la fresca brisa rozar mis mejillas.
Mis pies me llevan hacia la parada de los camiones, vencida, sin importar que aún falte media hora para que pueda partir. Feliz bicentenario, México lindo y querido.
Me rodean, me presionan en más de un sentido y en más de una forma.
Alguien desgarra el micrófono siguiendo la letra de El Rey, y a pesar de mi fastidio comienzo a repetir los versos que todos los presentes saben:
Con dinero y sin dinero,
hago siempre lo que quiero
y mi palabra es la ley.
No tengo trono ni reina,
ni nadie que me comprenda,
pero sigo siendo el rey.
El sol me persigue hasta mi escondite entre las sombras, mezclando su calor con el de los cientos de cuerpos humanos que rodean el espacio en el que me encuentro. Acorralada, atrapada físicamente entre la multitud y atrapada mentalmente entre la música, la decoración, y los ideales del festejo, intento escapar, retrocediendo aún más éntre las sombras, enterrando mi mente en los versos escritos, furiosa, desesperada.
El mundo: puerta muda y fría
abierta a mil desiertos.
Quien perdió lo que tú perdiste
en alguna parte se detiene.
Ahora estás pálido,
condenado a un viaje de invierno,
al humo semejante,
que sin cesar tiende a más fríos cielos.
El sudor comienza a hacerse notar en mi frente, y de pronto todo se vuelve demasiado. El calor derrite mi cabeza por un momento, momento en el que los gritos y las notas desafinadas del karaoke se agolpan en mis oídos, momento en el que mis ojos se mueven frenéticos a través del mar de verdes, blancos y rojos.
Demasiado, todo esto es demasiado. A la mierda el orgullo mexicano, que de cualquier forma no ha hecho nada por éste país además de vender camisetas de la selección. Me levanto con dificultad de mi lugar, libro en mano, chaqueta negra en la otra, y salgo a dar la cara al sol. El calor es insoportable, me hace sentir terriblemente ligera y mareada. Me quedo con las ganas de mirar al cielo y gritar: “¡Deja de estar jodiendo, astro Rey, que suficiente tenemos con el infernal ruido!”. De cualquier forma, mis palabras furiosas hubieran sido ahogadas por las bocinas y sus crueles tonos alegres con trompetas, guitarras y acordeones, tan rancheros.
Sólo quiero dejarme caer en el medio del pavimento ardiente, sólo quiero quedarme sorda y no escuchar más aquellas canciones lamentándose siempre sobre el mismo desamor, sólo quiero cerrar mis ojos y sentir el sol acariciar mis párpados sin quemarles, sentir la fresca brisa rozar mis mejillas.
Mis pies me llevan hacia la parada de los camiones, vencida, sin importar que aún falte media hora para que pueda partir. Feliz bicentenario, México lindo y querido.
viernes, 10 de septiembre de 2010
"No importa la meta, sino el camino"
"No importa la meta, sino el camino"
¿Cuál es la meta, y cuál el camino?
La vida es el camino, o eso me dicen.
¿Realmente importa más el camino que la meta?
[¿Realmente existe un camino?]
Je ne crois pas plus.
Unos dicen que la meta de la vida es ser feliz, otros afirman que la meta de la vida es la muerte, y entre ellos algunos creen que desde esa perspectiva no nos queda más que aceptar que el camino es más importante que la meta.
¿Qué es lo que hace importante a algo?
¿Qué hace que se considere que algo vale la pena? ¿Que ayude al mundo? ¿Que nos ayude a nosotros?
Arretez vous. Regardez lá.
Je ne crois pas.
Siempre he creído que la meta de los hombres es ser felices y dejar de sufrir... pero... ¿Qué hace de la felicidad algo deseable? ¿Qué hace del sufrimiento algo a evitar?
Más allá de meras concepciones de felicidad y sufrimiento, ¿cómo podemos definir estas dos "cosas"?
Ése es el meollo del asunto. Todos tratamos de ser felices, pero ¿Con qué objeto? ¿Qué es, con exactitud, la felicidad?
No comprendo bien el por qué, pero ésta línea de pensamiento me lleva a sentirme repentinamente libre. Ah, ¡la levedad del ser! ¿Acaso Kundera se equivocó, o es que no llevo suficiente tiempo sintiéndome ligera e insignificante?
Si no hay nada que podamos decir con seguridad que vale la pena, ¡qué libres en verdad somos! ¡De imponernos la meta de nuestra preferencia para hacer con nuestra vida lo que nos venga en gana!
Hermoso.
Y es que el hombre necesita, por razones que desconozco, ser esclavo de algo, necesita un objetivo, no puede llevar una vida sin moverse.
Más que nada somos esclavos de aquello que definimos como felicidad.
Es un concepto en verdad molesto, la felicidad, pues es imposible entender por qué es tan importante para los humanos y sin embargo, rige cada uno de nuestros actos, ya que todos van encaminados de forma instintiva, inconsciente, animal, a [intentar] ser felices.
Quisiera que la vida no caminara, quisiera que la vida se pudiera pasar sin moverse, en eterna observación. [¿Por qué? Porque deseo ser feliz, y pienso que de alguna retorcida forma eso me hará feliz. ¿O no es así?]
Je ne suis pas sure.
¡Tantas ideas preconcebidas en este mundo! Tantos dogmas ocultos , que damos por sentado igual que los paseantes dan por firmes los pilares de un salón, sin darse cuenta que en verdad estos bien podrían ser decorativos, que quizás están ahí sólo porque los paseantes necesitan algo a qué aferrarse, algo que les diga que la estructura del salón en el que habitan es segura y firme, que no caerá sobre sus cabezas en cualquier segundo.
¿Qué hacer? ¿Cambiar? ¿Es siquiera posible comprobar si los pilares de nuestra existencia -el sufrimiento y la felicidad- son reales? ¿Son tan inmensos e impenetrables como aparecen?
Je ne sais pas. Je ne le peux pas regarder.
Estas epifanías son infinitas y parecen suceder en un ciclo interminable. Uno se da cuenta que es libre. Uno se da cuenta que no es libre. Más tarde se da cuenta de qué es lo que lo aprisiona y eso lo libera... hasta que uno se da cuenta de que no es libre... y así sucesivamente.
Es entonces cuando me siento, ya sea en el camión, en un salón o en mi habitación, y veo el caos revolotear a mí alrededor. No hay mucho que pueda hacer contra o para él, y no lo intentaría aunque pudiera, me hace feliz ver el mundo girar, a los hombres ser dirigidos por fuerzas más allá de nuestra absoluta comprensión hacia lugares cuya importancia quizá sobrevaloramos. Desearía tener una Polaroid que captara fuerzas etéreas. No, no puedo ver el viento, pero puedo ver las hojas de los árboles danzar a su antojo, y puedo sentir su empuje, aunque no pueda ver como agita mi cabello y frena o acelera mi caminar. Sería interesante verme en tercera persona. Pero el no poder no significa que no pueda entretener mi existencia viendo a otros. A fin de cuentas, ¿no somos todos igual de humanos?
¿Cuál es la meta, y cuál el camino?
La vida es el camino, o eso me dicen.
¿Realmente importa más el camino que la meta?
[¿Realmente existe un camino?]
Je ne crois pas plus.
Unos dicen que la meta de la vida es ser feliz, otros afirman que la meta de la vida es la muerte, y entre ellos algunos creen que desde esa perspectiva no nos queda más que aceptar que el camino es más importante que la meta.
¿Qué es lo que hace importante a algo?
¿Qué hace que se considere que algo vale la pena? ¿Que ayude al mundo? ¿Que nos ayude a nosotros?
Arretez vous. Regardez lá.
Je ne crois pas.
Siempre he creído que la meta de los hombres es ser felices y dejar de sufrir... pero... ¿Qué hace de la felicidad algo deseable? ¿Qué hace del sufrimiento algo a evitar?
Más allá de meras concepciones de felicidad y sufrimiento, ¿cómo podemos definir estas dos "cosas"?
Ése es el meollo del asunto. Todos tratamos de ser felices, pero ¿Con qué objeto? ¿Qué es, con exactitud, la felicidad?
No comprendo bien el por qué, pero ésta línea de pensamiento me lleva a sentirme repentinamente libre. Ah, ¡la levedad del ser! ¿Acaso Kundera se equivocó, o es que no llevo suficiente tiempo sintiéndome ligera e insignificante?
Si no hay nada que podamos decir con seguridad que vale la pena, ¡qué libres en verdad somos! ¡De imponernos la meta de nuestra preferencia para hacer con nuestra vida lo que nos venga en gana!
Hermoso.
Y es que el hombre necesita, por razones que desconozco, ser esclavo de algo, necesita un objetivo, no puede llevar una vida sin moverse.
Más que nada somos esclavos de aquello que definimos como felicidad.
Es un concepto en verdad molesto, la felicidad, pues es imposible entender por qué es tan importante para los humanos y sin embargo, rige cada uno de nuestros actos, ya que todos van encaminados de forma instintiva, inconsciente, animal, a [intentar] ser felices.
Quisiera que la vida no caminara, quisiera que la vida se pudiera pasar sin moverse, en eterna observación. [¿Por qué? Porque deseo ser feliz, y pienso que de alguna retorcida forma eso me hará feliz. ¿O no es así?]
Je ne suis pas sure.
¡Tantas ideas preconcebidas en este mundo! Tantos dogmas ocultos , que damos por sentado igual que los paseantes dan por firmes los pilares de un salón, sin darse cuenta que en verdad estos bien podrían ser decorativos, que quizás están ahí sólo porque los paseantes necesitan algo a qué aferrarse, algo que les diga que la estructura del salón en el que habitan es segura y firme, que no caerá sobre sus cabezas en cualquier segundo.
¿Qué hacer? ¿Cambiar? ¿Es siquiera posible comprobar si los pilares de nuestra existencia -el sufrimiento y la felicidad- son reales? ¿Son tan inmensos e impenetrables como aparecen?
Je ne sais pas. Je ne le peux pas regarder.
Estas epifanías son infinitas y parecen suceder en un ciclo interminable. Uno se da cuenta que es libre. Uno se da cuenta que no es libre. Más tarde se da cuenta de qué es lo que lo aprisiona y eso lo libera... hasta que uno se da cuenta de que no es libre... y así sucesivamente.
Es entonces cuando me siento, ya sea en el camión, en un salón o en mi habitación, y veo el caos revolotear a mí alrededor. No hay mucho que pueda hacer contra o para él, y no lo intentaría aunque pudiera, me hace feliz ver el mundo girar, a los hombres ser dirigidos por fuerzas más allá de nuestra absoluta comprensión hacia lugares cuya importancia quizá sobrevaloramos. Desearía tener una Polaroid que captara fuerzas etéreas. No, no puedo ver el viento, pero puedo ver las hojas de los árboles danzar a su antojo, y puedo sentir su empuje, aunque no pueda ver como agita mi cabello y frena o acelera mi caminar. Sería interesante verme en tercera persona. Pero el no poder no significa que no pueda entretener mi existencia viendo a otros. A fin de cuentas, ¿no somos todos igual de humanos?
"Raspa la pluma: ¡al diablo!
¿Estaré eternamente condenado a raspar?
Resuelto me lanzo al tintero
Y escribo con espesos ríos de tinta.
¡Qué fluidez, qué plenitud, qué estilo!
¡Qué bien me sale, qué bien lo hago!
Tal vez a mi escritura le falte claridad -
¿Y qué? ¿Quién lee lo que escribo?"
F. Nietzsche
viernes, 3 de septiembre de 2010
Tango
La música era lo que más recordaba. Aún
resonaban en sus oídos las notas alegres y fugaces de acordeón y violín que
habían llenado la habitación.
Dio otro trago al cappuccino frío que
descansaba en su escritorio y sus ojos regresaron a la pantalla frente a él,
aún en blanco. Solo se veía la raya parpadeante que marcaba el inicio de la
página, donde debería haber al menos unas quinientas palabras ya. Un suspiro.
Hundió la cabeza entre las manos, como había hecho miles de veces durante
noches como ésta, en las que esa raya parpadeante se negaba rotundamente a
llegar al final de la página, sin importar cuán desesperado estuviese él,
cuánto necesitara que recorriera por lo menos una mugrienta página. Cientos de
noches así habían ido y venido ya, pero ninguna se comparaba a ésta, similar y
tan diferente. Otro suspiro, esta vez ahogado por las palmas de sus manos
húmedas de sudor. Aire, necesitaba aire fresco. Se levantó despacio de la
crujiente silla, navegó por la habitación evitando con la experiencia de la
costumbre la ropa, libros, platos, vasos y demás objetos que decoraban la
alfombra y llegó a la ventana francesa que daba al destartalado balcón del apartamento.
Dejose caer entonces en una vieja silla de playa desteñida por el sol. Permitió
que los párpados se le cerrasen, pesados con cansancio y frustración. Aquellas
alegres notas volvieron a resonar en su cabeza con tal claridad que por un
momento estuvo a punto de creer que provenían de la radio de algún vecino con
insomnio.
Esa noche se presentaba un paisaje bastante
cliché: la luna flotando en el cielo de un azul imposiblemente oscuro, un lunar
blanco en la tez del cosmos… un paisaje ajeno pero familiar.
Sólo se permitió unos minutos para admirar la
vista, que no podía decidir si era estupenda o monótona, antes de regresar
arrastrando los pies a la habitación. En la oscuridad podía ver como la hora,
5:01, brillaba malévolamente recalcada en rojo desde el reloj digital en su
mesita de dormir. Otro suspiro más escapó de sus labios, como había hecho miles
de veces durante noches como ésta, y se dirigió, con decisión de último minuto,
hacia el ordenador, desde donde lo observaba la pantalla en blanco con esa raya
parpadeante riéndose de él silenciosamente, justo en el mismo lugar en que
estaba hace cuatro horas y media. Pues a la mierda todo, pensó agotado, y apagó
el CPU sin pensárselo dos veces. Una vez hecho eso, se dirigió casi corriendo a
encontrarse con su colchón viejo en el otro extremo del apartamento y se dejó
llevar a aquella cita que le tenía programada a Morfeo, con todo y zapatos.
Doce horas, un baño y una rasurada a medias
más tarde cruzaba la puerta de cristal del café más barato de la avenida,
escuchando la ridícula campanilla acompañar su entrada como siempre lo hacía.
Caminó sin miramientos hasta la mesa más alejada de la puerta y se dejó caer
sobre la piel gastada del asiento.
–No puedo hacerlo.
El hombre sentado delante suyo le respondió:
–No quieren que nadie
más lo haga, Mariana insiste en que él no hubiera escogido a otro que no fueras
tú.
Se pasó la mano por el cabello; algo de la
frustración de la noche anterior comenzaba a regresar.
–No es cuestión de no
querer, es que no puedo. Pasé cinco putas horas frente a la computadora anoche.
Nada.
Un suspiro, del cual hizo eco su acompañante.
Luego de unos segundos observando la mesa, el hombre susurró:
–Tienes que poder. Sé
un buen amigo y escríbelo, ambos sabemos que algo se te ocurrirá al final,
siempre pasa.
–Esto es muy diferente, y lo sabes.
Un tenso silencio se extendió entre ambos,
permitiéndole examinar a su acompañante. Era siempre tan cuidadoso con su forma
de vestir que sólo quienes le conocían hubieran podido notar que había algo
fuera de lo normal. No sabía bien que era lo que lo delataba, pero sospechaba
que eran sus ojos: apagados, vencidos, cansados… no veía en ellos la
arrogancia, la impasibilidad que solían reflejar. Su objeto de estudio negó
lentamente con la cabeza, aún agachada, examinando la mesa con esas pupilas
tristes.
–No puedo forzarte y lo sabes, estas cosas no
se pueden forzar, pero sé que tienes que hacerlo tú. No sé por qué, pero nadie
más debe hacerlo. Tú puedes y debes.
–Qué bueno que no me fuerzas a ello– murmuró. El otro frunció el ceño, un relámpago
de furia cruzando sus ojos. Él lo notó y se sorprendió deseando poder
retractarse.
–Tú no entiendes lo difícil que es… a mí me
encantaría dirigirle esas palabras que me pides, expresarles a él y a todos
cuánto me duele y cómo lo lamento… pero me siento frente a la computadora y
nada. No sale nada, todo se esconde dentro de mí y no encuentro las letras que
forman las palabras, no recuerdo el significado de cada una ni recuerdo en qué
orden debo teclearlas para que le hagan sentido a los demás… es como si se
negasen a ser escritas, como si no quisieran ser habladas y escuchadas.
Ese par de ojos lo miraron, y entonces pudo
confirmar que eran realmente ellos los que le decían a gritos que el hombre
frente a él no era el que hace una semana se había burlado de su oficio. No sé
cómo comes –había dicho –si ni siquiera compran tus libros como combustible
para chimeneas. Vivía menospreciando su trabajo y ¡Quién lo viera ese día,
sentado en la misma mesa que él, pidiéndole que hiciera aquello que tanto
ridiculizó! Una envenenada satisfacción lo llenó, pero se esfumó en cuanto lo
escuchó decir:
–Ayer fuimos a su casa. Mariana dijo que nadie
se ha molestado en limpiarla aún.
–Lo sé, también la he visto.
Su acompañante se removió, incómodo, antes de
proseguir:
–De haber visto en qué
condición se encontraba, lo hubiera sabido, hubiera podido evitar…
–No te alagues –le interrumpió, molesto– pues para empezar, jamás hubieran puesto un
pie en su casa ni tú ni esa esposa tuya, por más hermana suya que se dijera, y
apostaría mi mano derecha a que seguirían sin hacerlo de no ser por… esto.
No pudo evitar que su voz huyera al llegar a
la última palabra, pero el resentimiento que sentía por el hombre frente a él
crecía dentro suyo como fuego que renace de entre cenizas, ése que una vez
acabado, saca fuerzas de quién sabe dónde para volver a quemar.
–En cuanto a poder evitarlo, no me hagas reír.
No sabías ni que seguía vivo ¿Que tú ibas a poder decir que tenía en mente algo
así? Claro.
–Pues más jodido estás tú –dijo el otro,
revivido por la indignación, sonrojado en parte por el enojo, en parte porque
quizás sabía que la acusación era cierta.
–Te dices cercano a él y no viste lo que
pasaba frente a tus ojos. Pues vaya mierda de amigo que eres –escupió con
disgusto.
Las palabras se encajaron dolorosamente en él
como vidrios bajo las uñas, vaciaron sus pulmones de aire mejor que una patada
bien dada. Había dado en la yaga, el bastardo. La rabia lo consumía como el
fuego a un cerillo, y ya no sabía si era en contra del hombre que tenía
enfrente, si contra él, ahora ausente, o contra sí mismo. Sin realmente ser
consciente de lo que hacía se levantó de la mesa y salió rápidamente del café,
como poseído por el demonio mismo. Así anduvo entre las calles, impulsado y
guiado únicamente por esa furia que lo quemaba como ácido, cual ciego guiado
por el cerbero mismo. Cruzó avenidas, dio vueltas a la derecha y a la
izquierda, tropezó con gente que le profirió insultos o se alejó asustada de él
y fue casi atropellado en más de una ocasión, pero no podía detenerse, ni
siquiera era él consciente de a dónde se estaba dirigiendo.
Las leyes naturales dicen que todo llega en
algún punto a su fin, y así llegó un momento en el que ya no le quedaba furia
para quemar, en el que la rabia que impulsaba su tormentosa caminata ya no era
suficiente para poseerlo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que el cielo
había oscurecido, de que sus piernas dolían, de que estaba frente a una puerta
despintada que le era bastante familiar. Aún en trance, tratando de asimilar el
vacío que el odio había dejado al desaparecer, tratando de entender cómo
exactamente había ido a parar a aquel conocido lugar, giró la oxidada perilla,
y entró.
Era cierto, la casa seguía igual que como hace
tres días: oscura, sucia, desordenada. El piso cubierto de libros y papeles con
palabras desechadas, los muebles haciendo el oficio de percheros. La habitación
estaba a reventar de toda clase de derbis, pero él la sabía vacía. Solo había
un cambio, uno que en cuanto lo notó, comenzó a sentir que el aire le faltaba:
el eco de sus pasos y los frenéticos latidos de su corazón eran lo único que se
oía, y sabía que no debería ser así. Moviéndose torpemente, en parte por el
desastre de la habitación, en parte por la histeria que derribaba poco a poco
las edificaciones de su cordura, llegó a uno de los estantes que cubrían las
paredes. Ahí, sudoroso y temblando, encendió el estéreo. Las notas salieron de
las bocinas como el agua de una presa que se desborda.
Violín y acordeón llenaron el espacio a su
alrededor, golpeando sus tímpanos en compases de tres o de cuatro, su melodía
rápida y llena de vida. Por un momento, creyó que era viernes en la tarde y que
estaba ahí para tomar un trago, bromear, intercambiar cuentos o charlar
mientras las notas de Vida Mía, Chalita, La Violetera, Retintín y muchísimas
otras nuevas y viejas llenaban el lugar. Pero fue solo un momento. Un momento
iluso en el que casi podía imaginarlo saliendo de su estudio, copa en mano,
libro en la otra, y esa sonrisa despreocupada dibujada entre la barba de tres
días. Solo que la copa medio vacía seguía junto al estéreo, el libro sabrá
donde, perdido en el caos, y esa estúpida sonrisa en el pasado, existente ya
sólo en sus recuerdos, en su memoria. Sólo en su mente medio enferma.
La puerta a su estudio estaba abierta y dentro
no se podía ver nada más que desorden y oscuridad. Las alegres notas sonaban y
hacían eco en sus tímpanos. De pronto, le pareció distinguir que la canción
cambiaba y ahora violín y acordeón derramaban con cada nota un aullido
melancólico. Instintivamente giró hacia el estéreo para quitar esa horrible
melodía, para detener las notas que manaban como sangre de las bocinas y se
fundían en su pecho, haciendo que pesara cada vez más. No notó que la canción
era la misma que había estado sonando antes, y lo apagó inmediatamente. Las
letras azul neón de la pantalla digital desaparecieron al instante, pero las
notas se negaron a partir. Se habían alojado ya dentro de él, y seguían sonando,
una y otra vez, llenando el espacio en su cabeza que la sanidad había dejado al
irse. Que él había dejado al irse. No sintió como sus rodillas conectaban con
el firme suelo de madera, tampoco las punzadas del cristal de la copa que se
deshizo en mil pedazos a su lado, ni las lágrimas heladas recorriendo su
rostro, solo podía sentir las notas, la marcada melodía que llenaba sus
pulmones, el acordeón que lloraba en su cabeza, los fuertes y breves golpes que
el violín, con su firme tonada, asestaba a su pecho. El claro y firme paso le
torturaba con su tempo acelerado, siempre conciso y siempre veloz. Cuándo cerró
los ojos, no supo, pues parecía que estaba perdido en la oscuridad desde hacía
ya buen tiempo. Desde hacía ya tres días.
lunes, 17 de mayo de 2010
oscuridad
Lo primero que asimilé al regresar, fue la tibieza y suavidad de las sábanas de seda que me envolvían. Poco a poco, guiado por la familiaridad, fui recobrando las escurridizas memorias que revoloteaban inquietas en mi mente... la luz se acerca, un grito, la luz me envuelve... nada.
Un escalofrío me sacudió las vertebras.
Como una mariposa que recién llega al mundo después de su metamorfosis, fui redescubriendo mis brazos, mis piernas... y adjunto llegó también un escozor profundo, como predecesor de lo que parecía haber sido un dolor agonizante. A continuación el sonido comenzó a regresar a este mundo en el que no me había percatado de que faltaba.
--... no sabemos si...
-- ¡está despertando!
Pareció que la habitación entera dejó de respirar.
Animado por estas señales de que me encontraba, efectivamente, en el mundo de los vivos, decidí abrir los ojos para enterarme de quién se encontraba junto a mi cama. Sentí las lagañas despegarse lentamente y...
Nada.
Entrecerrando mis ojos en un intento de atravesar esta oscuridad aparentemente total, no logré mejora alguna.
Un sollozo resonó seco en la habitación.
--Qué...?
Me oí murmurar con la voz rasposa, mientras lentamente levantaba una de mis manos a mi rostro. Al tocar mis ojos tuve que alejarla de inmediato. Estaban abiertos.
Y la oscuridad no se iba.
Por un largo minuto, no comprendí que sucedía. La luz se había ido, mis ojos ardían, mi cuerpo temblaba, como si hubiera entendido lo que pasaba antes de que mi mente lo procesara.
--Por favor, mantenga la calma...
--no te preocupes aún, no sabemos... puede que no sea permanente...
Llegó de golpe, justo cuando las voces que me rodeaban desaparecían ante el monumental descubrimiento que tenía que asimilar.
No más luz.
El mundo daba vueltas a mi alrededor. Ni siquiera me di cuenta cuando las lágrimas frías y saladas comenzaron a brotar de mis inútiles ojos. Ciego.
--¡No!
Escuché que alguien susurraba, y en seguida estalló un grito desgarrador.
Me tomó un par de segundos darme cuenta que era mío.
Traté de levantarme de la cama, ignorando el mareo, el dolor y esfuerzo que esto implicaba.
Me sorprende haberme podido sostener por más de un segundo antes de que mis rodillas conectaran con el duro suelo de madera antigua. Manos y brazos no tardaron en hacer contacto con mi cuerpo, tratando de frenarme, de inmovilizarme, pero la adrenalina que bombeaba en mi sangre al parecer me dio la fuerza que nunca poseí, y así, tropezando, más a gatas que a pie, llegué a la esquina de la habitación.
Temblando aún, medio de frío, medio de terror, aprisioné mis piernas en un abrazo feroz, mientras murmuraba incoherencias.
No podía pensar en nada. Ni en mi situación, ni en el dolor, ni en las implicaciones de la ceguera... Solo pensaba, ¡no!, sentía el miedo. Como un millar de alfileres en el cuerpo, o centenas de hormigas en el estómago. El miedo me envolvía completamente, no había lugar para nada más. Y la oscuridad seguía ahí.
Parecía eterna, como si además de llevarse del mundo las imágenes, se hubiera llevado el tiempo, el espacio, la realidad... Pasaron horas, o minutos, no lo sé, y entonces…
--aquí estoy.
La voz era clara, y dentro de la oscuridad que me poseía, resonaba con un eco eterno.
--aquí estoy.
Repitió la misma voz, con el mismo tono tranquilo, que me contagiaba algo de aquella calma.
--aquí, aquí estoy. Calma.
Y el suelo regresó bajo mis pies. Usando aquella voz pacificadora como ancla, me fui acercando nuevamente a la realidad.
--aquí.
Como una descarga eléctrica sorpresa, sentí el ligero roce de algo contra mí, me encogí instintivamente frente al contacto, mientras sentía como el miedo volvía a mí.
--soy yo. Aquí.
Y el roce regresó, por más tiempo, deteniéndose ligeramente al hacer contacto con mi piel, enviando escalofríos por todo mi cuerpo. Pero el miedo dejó de crecer.
El tímido contacto se convirtió lentamente en la palma completa de una mano, apoyándose suavemente en mi hombro.
La pared de la habitación volvió a estar contra mi espalda. Y esta oscuridad de pronto no parecía tan densa e impenetrable.
--Aquí estoy.
La mano sobre mi hombro comenzó a moverse lentamente a lo largo de mi brazo, el contacto físico taladrando mi recientemente adquirida sensibilidad. Los cabellos de la nuca se me erizaron, todo mi cuerpo parecía temblar más y estar más tenso, pero mi mente... en mi mente las sombras se disipaban, como si esas caricias fueran limpiando toda la locura, todo el pánico. Esa mano acariciando mi brazo lentamente era una señal, una señal de que el mundo no había desaparecido, una señal de que seguía vivo, una señal... una señal de esperanza.
Cuando otra mano tomó mi hombro opuesto de la misma forma segura y tranquila, algo dentro de mí se quebró.
Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba llorando. Podía sentir las lágrimas corriendo por mi rostro ya húmedo, podía sentir las finas vetas de la madera bajo mis pies...
Sentir. Era casi como si fuera real.
Mi frente se encontró pronto con un material suave, mi nariz, apoyada en el mismo material, detectaba un ligero olor desconocido para mí. Y la voz seguía ahí. Y las manos seguían ahí.
Entendí entonces que había dejado caer mi cabeza, que ahora estaba apoyada en el hombro del dueño de los brazos que me rodeaban, y probablemente de la voz que cual bastón de Moisés, abría una brecha en la impenetrable oscuridad. Oscuridad... también seguía ahí. Mis ojos ahora cerrados seguían dejando escapar las lágrimas que no cabían dentro de mi angustia. Este mundo no era real, éste no era el mundo que conocía. Aquí las tinieblas reinaban, los colores estaban extintos hasta de mi imaginación y el dolor de la pérdida razgaba mi alma interminablemente.
Este mundo no era real... pero, ¿alguna vez lo habría sido?
El repentino pensamiento detuvo mis temblores por completo. Mi cuerpo se volvió pesado como el mármol, y se hubiera derrumbado como la estatua de una ciudad invadida de no ser por el firme cuerpo que me envolvía con sus brazos. ¿Es que acaso no era una idea descabellada e impactante?¿Qué tan reales habían sido esos colores que añoro de esta forma?
Pero nada de esto importaba ahora, pues no los volvería a ver ningún día pronto, si mis aterradoras sospechas resultaban ciertas. Yo sabía que lo eran. Y entonces, me di cuenta que aquellos firmes brazos que me seguían sosteniendo no tenían color o forma que pudiera apreciar. Era yo abrazado por la mismísima oscuridad a la que tanto temía.
Y así volví a perder la consciencia en los brazos de la oscuridad.
Un escalofrío me sacudió las vertebras.
Como una mariposa que recién llega al mundo después de su metamorfosis, fui redescubriendo mis brazos, mis piernas... y adjunto llegó también un escozor profundo, como predecesor de lo que parecía haber sido un dolor agonizante. A continuación el sonido comenzó a regresar a este mundo en el que no me había percatado de que faltaba.
--... no sabemos si...
-- ¡está despertando!
Pareció que la habitación entera dejó de respirar.
Animado por estas señales de que me encontraba, efectivamente, en el mundo de los vivos, decidí abrir los ojos para enterarme de quién se encontraba junto a mi cama. Sentí las lagañas despegarse lentamente y...
Nada.
Entrecerrando mis ojos en un intento de atravesar esta oscuridad aparentemente total, no logré mejora alguna.
Un sollozo resonó seco en la habitación.
--Qué...?
Me oí murmurar con la voz rasposa, mientras lentamente levantaba una de mis manos a mi rostro. Al tocar mis ojos tuve que alejarla de inmediato. Estaban abiertos.
Y la oscuridad no se iba.
Por un largo minuto, no comprendí que sucedía. La luz se había ido, mis ojos ardían, mi cuerpo temblaba, como si hubiera entendido lo que pasaba antes de que mi mente lo procesara.
--Por favor, mantenga la calma...
--no te preocupes aún, no sabemos... puede que no sea permanente...
Llegó de golpe, justo cuando las voces que me rodeaban desaparecían ante el monumental descubrimiento que tenía que asimilar.
No más luz.
El mundo daba vueltas a mi alrededor. Ni siquiera me di cuenta cuando las lágrimas frías y saladas comenzaron a brotar de mis inútiles ojos. Ciego.
--¡No!
Escuché que alguien susurraba, y en seguida estalló un grito desgarrador.
Me tomó un par de segundos darme cuenta que era mío.
Traté de levantarme de la cama, ignorando el mareo, el dolor y esfuerzo que esto implicaba.
Me sorprende haberme podido sostener por más de un segundo antes de que mis rodillas conectaran con el duro suelo de madera antigua. Manos y brazos no tardaron en hacer contacto con mi cuerpo, tratando de frenarme, de inmovilizarme, pero la adrenalina que bombeaba en mi sangre al parecer me dio la fuerza que nunca poseí, y así, tropezando, más a gatas que a pie, llegué a la esquina de la habitación.
Temblando aún, medio de frío, medio de terror, aprisioné mis piernas en un abrazo feroz, mientras murmuraba incoherencias.
No podía pensar en nada. Ni en mi situación, ni en el dolor, ni en las implicaciones de la ceguera... Solo pensaba, ¡no!, sentía el miedo. Como un millar de alfileres en el cuerpo, o centenas de hormigas en el estómago. El miedo me envolvía completamente, no había lugar para nada más. Y la oscuridad seguía ahí.
Parecía eterna, como si además de llevarse del mundo las imágenes, se hubiera llevado el tiempo, el espacio, la realidad... Pasaron horas, o minutos, no lo sé, y entonces…
--aquí estoy.
La voz era clara, y dentro de la oscuridad que me poseía, resonaba con un eco eterno.
--aquí estoy.
Repitió la misma voz, con el mismo tono tranquilo, que me contagiaba algo de aquella calma.
--aquí, aquí estoy. Calma.
Y el suelo regresó bajo mis pies. Usando aquella voz pacificadora como ancla, me fui acercando nuevamente a la realidad.
--aquí.
Como una descarga eléctrica sorpresa, sentí el ligero roce de algo contra mí, me encogí instintivamente frente al contacto, mientras sentía como el miedo volvía a mí.
--soy yo. Aquí.
Y el roce regresó, por más tiempo, deteniéndose ligeramente al hacer contacto con mi piel, enviando escalofríos por todo mi cuerpo. Pero el miedo dejó de crecer.
El tímido contacto se convirtió lentamente en la palma completa de una mano, apoyándose suavemente en mi hombro.
La pared de la habitación volvió a estar contra mi espalda. Y esta oscuridad de pronto no parecía tan densa e impenetrable.
--Aquí estoy.
La mano sobre mi hombro comenzó a moverse lentamente a lo largo de mi brazo, el contacto físico taladrando mi recientemente adquirida sensibilidad. Los cabellos de la nuca se me erizaron, todo mi cuerpo parecía temblar más y estar más tenso, pero mi mente... en mi mente las sombras se disipaban, como si esas caricias fueran limpiando toda la locura, todo el pánico. Esa mano acariciando mi brazo lentamente era una señal, una señal de que el mundo no había desaparecido, una señal de que seguía vivo, una señal... una señal de esperanza.
Cuando otra mano tomó mi hombro opuesto de la misma forma segura y tranquila, algo dentro de mí se quebró.
Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba llorando. Podía sentir las lágrimas corriendo por mi rostro ya húmedo, podía sentir las finas vetas de la madera bajo mis pies...
Sentir. Era casi como si fuera real.
Mi frente se encontró pronto con un material suave, mi nariz, apoyada en el mismo material, detectaba un ligero olor desconocido para mí. Y la voz seguía ahí. Y las manos seguían ahí.
Entendí entonces que había dejado caer mi cabeza, que ahora estaba apoyada en el hombro del dueño de los brazos que me rodeaban, y probablemente de la voz que cual bastón de Moisés, abría una brecha en la impenetrable oscuridad. Oscuridad... también seguía ahí. Mis ojos ahora cerrados seguían dejando escapar las lágrimas que no cabían dentro de mi angustia. Este mundo no era real, éste no era el mundo que conocía. Aquí las tinieblas reinaban, los colores estaban extintos hasta de mi imaginación y el dolor de la pérdida razgaba mi alma interminablemente.
Este mundo no era real... pero, ¿alguna vez lo habría sido?
El repentino pensamiento detuvo mis temblores por completo. Mi cuerpo se volvió pesado como el mármol, y se hubiera derrumbado como la estatua de una ciudad invadida de no ser por el firme cuerpo que me envolvía con sus brazos. ¿Es que acaso no era una idea descabellada e impactante?¿Qué tan reales habían sido esos colores que añoro de esta forma?
Pero nada de esto importaba ahora, pues no los volvería a ver ningún día pronto, si mis aterradoras sospechas resultaban ciertas. Yo sabía que lo eran. Y entonces, me di cuenta que aquellos firmes brazos que me seguían sosteniendo no tenían color o forma que pudiera apreciar. Era yo abrazado por la mismísima oscuridad a la que tanto temía.
Y así volví a perder la consciencia en los brazos de la oscuridad.
jueves, 13 de mayo de 2010
Luces, cámara, corre.
Mí esquina de siempre, me siento como siempre, y espero a que la función comience. Como siempre.
Mis audífonos están conectados y completamente dentro de mis oídos, ahogando toda interferencia exterior. Algunos mechones de mi ya algo largo fleco caen sobre mis ojos, bloqueando parcialmente mí visión periférica.
Hoy es uno de esos días en que no puedo dejar de pensar. Eso no es algo bueno, porque después de visitar miles de campos, teorías y mundos imaginarios que nadie jamás podría creer que pasan por mi cabeza, eventualmente pienso en ti. Y al hacerlo, pienso en todo lo que ello implica.
Casi en sincronía, entras tú, me miras, sonríes, y vas a otra parte.
No puedo evitarlo, no puedo evitar que mi de por si irracional mente traiga de regreso todas las tormentosas posibilidades imposibles que rodean tu muy interesante caso.
Oh sí, dentro de mi mente tienes tu propio archivo, con nombre y todo, y dentro está subdividido por estas hojas con los papelitos de colores que he visto que utilizas a veces.
Y a diferencia de mi, a mí mente le fascina recorrer los archivos que en su consciencia caigan, y examinarlos de izquierda a derecha, de un lado al otro, completamente.
Y ahí entran todos mis delirios. Justo en la sección con el papelito color turquesa.
¿Qué se sentirá el apoyar mí cabeza en tú hombro?, ¿el ser rodeada por tus brazos?, ¿el ser consumida en uno de tus abrazos?
No me atrevo a pensar en besarte, mi mente, por imaginativa que es, no puede concebir la idea.
¿Qué será el recostarme con mi cabeza en tu pecho?, ¿el sentir tus dedos luchar contra los nudos de mi cabello?, ¿cómo será el sentir tu respiración bajo mi cabeza, como tu pecho sube y baja con calma, constante?
Casi puedo imaginarme recargándome en ti. Casi.
Y la realidad cae sobre mí como una tonelada de ladrillos.
Y te veo, a metros de distancia.
Y mi alma se llena de desesperación.
Oh, ¡Cuánto quisiera correr a tu encuentro! Claro... tu expresión de sorpresa y a continuación tus brazos tomando los míos y separándolos con cuidado... sería un castigo, una tortura demasiado horrible.
Ahora puedo sentir las lágrimas acechando mis ojos, amenazando con desbordarse.
Tal como mi angustia.
Al final terminaré en lo mismo que todos los días.
Una solitaria lágrima cae, pasando inadvertida para el resto del mundo.
Y, con el corazón de plomo, un suspiro dolido escapa mis labios.
Nunca, nunca pasará.
Lo sé. O al menos mi mente lo sabe. La misiva parece no haber llegado a mi... donde sea que las emociones se guarden.
Te miro, sabiendo que jamás me mirarás... pero no puedo sostener la vista por demasiado tiempo.
Me temo que podría romper a llorar.
Silencio.
Déjame sentarme a contemplar la pared un rato más.
Mis ojos no quieren ver los tuyos ahora, queman.
Me aterroriza la idea.
Éstas son las horas mas peligrosas.
Así que dejame como estoy, por favor.
Este silencio lleno de música... Esta paz en mis pensamientos...
Nunca se detienen, los pensamientos.
Pero en vez de una catarata, encuentro un lago.
En el silencio no tengo que moverme.
En el silencio no tengo que hablar.
En el silencio es donde crecen las alas.
Pero ni siquiera las necesito, porque en el silencio ya estoy a millas de distancia de todo.
De ti.
Del trabajo.
De las ocupaciones sociales.
De mi.
Toma mas o menos una hora de mi vida ¿sabes?
y llegan siempre puntuales a la cita, los silencios.
Es cuando mi mente abre la válvula de presión.
Salen disparados en todas direcciones.
Pensamientos, recuerdos, obligaciones...
Y por eso no me mires ahora.
Es la única oportunidad que tengo.
A veces vienes justo a esta hora, pero solo me visitas en mi mente.
Eso está bien.
Porque si te miro por solo un instante, si levanto la vista una fracción..
Y mis ojos se cruzan con los tuyos...
Me enamoraré completamente de ti.
Así que vete lejos.
Solo por esta hora.
Deja que en mi mente ocurra el Big Bang y el mundo se recree.
Como cada día, a la misma hora.
En el mismo lugar.
Con la misma pared para contemplar.
Pero que no se te olvide regresar.
Necesitaré alguien a quien abrazar.
Un ancla al mundo.
O sucumbiré frente a la tentación de quedarme en donde estoy.
Después de todo, mi mente es el castillo más mágico que existe.
La casa más acogedora.
El Edén más bello.
Sí, necesito estos momentos.
Sí, son los mas peligrosos.
Para ti y para mi.
viernes, 2 de abril de 2010
Pensamientos.
Flotan en el aire, a veces vuelan en picada, a veces se alejan hacia la puesta de Sol.
Pensamientos. ¿Aves? No, pensamientos.
Inundan el aire que me rodea.
Nadan en parvadas por el espacio de la habitación.
¿Coherencia?, ¿y quién la busca? Lo siento, aquí no se encuentra.
... Y la manada de pensamientos se desliza en formación hacia mí.
¿Su comportamiento? Sí, son criaturas nocdiurnas. ¿Qué? Usted sabe, de noche salen y de día entran en la salida.
¿Coherencia? ¿No había preguntado eso ya?
Pero al final del día todos sabemos... que llegan los girasoles de su viaje.
¿La noche? ¡Tonterías!
Y la pieza del rompecabezas está perdida junto al resto del Frutsi.
Estaba demasiado dulce, casi lo escupo.
Y de esta forma te das cuenta de que los años de tu niñez ya han pasado y de cuánto has cambiado.
¿Que si no era yo la misma de hace cinco minutos que te guiñó el ojo?
Hace cinco minutos que no lo soy, deberías actualizarte, estás un poco atrasado.
De todas formas, ¿A quién buscabas?, ¿a Mí? No la conozco. ¿Yo? Lo siento, tampoco me suena. ¿Fulana? ¡Ah, mira! ¡Yo también me llamo así!... espera, ¿Tí? ¿Qué es eso?, ¿con qué se come?
¡Está usted loco! ¿Quién ha conocido alguna vez a alguien que se llame "Tí"?
Debería ir al psiquiatra, ¿sabe?
¿Que no está loco? ¡Eso es lo que dicen los locos!
¿Yo?, yo estoy loca.
No, el admitir que uno está loco demuestra que uno está sano. De todas formas, ¿qué es exactamente, "sano"?
¿Cómo que tonterías? De verdad necesita un loquero.
Y es que a la gente de ahora no la hacen como antes. Ahora es cosa de esa empresa de la Cigüeña.
En mis tiempos nosotros teníamos que hacer a los bebés, usted sabe, con nuestro sudor, sangre y a veces lágrimas. ¡Qué fácil le tocan las cosas a éstas generaciones!
Todo cambia y se transforma,
y lo que no tienede coherente esa oración con el texto, lo tiene de cierto.
De todas formas, ¿Qué es ese "cierto" que todos mencionan?
miércoles, 31 de marzo de 2010
Corre
Corre, lobo, corre.
Después de arrastrarte en el fango, cargas con el lodo.
Capas y capas de lodo, cada vez mas capas.
¿Quién no puede cargar el lodo que se embarra?
Después de cuatro, cinco, seis... Y se siguen pegando más.
"¿Qué hago?, ¿Qué hago?, ¡ya no puedo!"
Corre, lobo, corre. El viento contra tu piel hará el resto.
"¿Pero qué es lo que ocurre?, ¡este ya no es el barro que me he embarrado!
¿De dónde ha salido esto?, ¿Por qué lo cargo yo?"
Más capas, más capas.
Después de siete, ocho, nueve... Y se siguen pegando más.
"¿Qué hago?, ¿Qué hago?, ¡ya no puedo!"
Corre, lobo, corre. El viento contra tu piel hará el resto.
Patas contra el asfalto seco, caliente de dar la cara al Sol todo el día.
Ráfagas de viento contra los ojos, secándolos, obligando al lagrimal a hacer su trabajo.
Los músculos se tensan en la gran carrera. Se aferran, se vuelven de piedra. De hierro.
Corre, ¡corre!, ¿Qué más se necesita?
Después de diez, once, doce... Y se siguen pegando más.
Con el aire en el rostro, el hocico jadeante... ¿Qué más se necesita?
Y se va perdiendo la velocidad.
El calor que te rodea ahora te llena también... Te empapas en sudor.
Y jadeas. Te detienes. Jadeas.
No más. No más lodo. Se ha ido.
Y vuelves a sentir la brisa en tu pelaje.
Te sientes el dueño de tu ser, aunque sea por un segundo.
"¡Traigan todo el barro que quieran!, ¡péguenlo a mi piel!
¡pongan sobre mi lomo todo el peso del mundo!
correré, y seré libre. Y ustedes serán libres."
¡Corre, lobo!, ¡corre con el viento!
En vez de energía utiliza todo el barro, todo el peso, como combustible.
Corre hasta que no puedas más, ¡mientras más corras, más ligero serás!
"¿Atrapados entre el barro están?, ¡dénmelo a mí!
Cuando corro, puedo con el peso del mundo sobre mis hombros.
¡Lo único que me faltan son alas para volar!
Pero eso puedo lograrlo al correr.
¡Que mi mente sea el cielo, que mi imaginación me dé las alas!"
Cae, lobo, cae.
Cae rendido sobre tu nube. Descansa sabiendo que el barro se ha ido.
Disfruta cada instante ese dolor en tus patas. En tu pecho.
El dolor que te recuerda que al menos, tienes dominio sobre tu ser cuando corres.
El dolor que te recuerda que al menos, todo ha valido la pena.
"No más lodo. Se ha ido. Yo he hecho que se vaya."
Nadie más lleva cargas más pesadas de lo que deben. De lo que tú permites.
Mientras puedas, corre. Libera a todos los que están cerca del barro que cargan.
Y, al final, libérate tú. Corriendo.
Descansa en paz, sabiendo que eres feliz.
Amas correr, ¡Y puedes ayudar a otros haciéndolo!, ¿Qué puede ser más perfecto?
Nada. Nada es más perfecto.
"Nada se siente mejor que el sudor y el cansancio después de correr."
Y vamos, vamos de regreso a juntar más lodo.
Todo en un ciclo. Y tú eres quien corres. Quien desequilibra la rueda para que siga girando.
¿Es esto bueno? ¿Es esto malo?
¡A quien le importa! Tú amas correr, ¡pues sigue corriendo!
sábado, 27 de marzo de 2010
Cavilaciones del pez que se sentía castor que quería ser pez
Caminaba por el centro comercial mirando las revistas -específicamente el área de cómics, buscando DC pero encontrando solo Marvel- cuando a mi izquierda se para un hombre que lleva en sus brazos a un pequeño. Concentrada en maldecir mentalmente que Spider Man sea más popular que Batman estos días, no me percaté de su presencia hasta que lo escuché decirle al pequeño: "mira, Iron Man, los X-Men, superhéroes, cosas para chicos como tú". Me quedé helada. Y de nuevo maldecí este mundo tan jodido, en el que nuestros compañeros humanos tienden dar rienda suelta a su posesividad y hambre de control y desean cambiarnos. Deseé que el chico creciera para ser un amante de la cocina y repudiara los cómics solamente para enseñarle a su padre una lección. Y a tiempo me percaté de lo posesivo y controlador que este deseo suena -sin mencionar que está localizado en un subcontexto que asigna roles de forma sexista. Cruel y amarga ironía.
Salí del centro comercial para dirigirme -no exactamente de una forma voluntaria- a una cena. Tristemente, llegué para solo ver hipocresía en las caras de las personas. Me sentía como castor entre peces, tratando encajar en un grupo que simplemente no parece ser el mío. Fue uno de esos días en los que me siento más consciente que de costumbre, como si el castor metafórico saliera del agua y viera como se desdobla la escena desde afuera. Sé perfectamente que no estoy exenta de ninguna de las hipocresías de la sociedad, y que soy solo una pieza más en el juego de mesa del mundo... pero a veces no puedo evitar recibir un lapsus de lucidez -o de ofuscación, no lo sé- en los que veo el mundo a mi alrededor... de una forma distinta. No aparento ser ningún castor entre peces, no me creo nada más que otro pez en el cardumen, pero es la forma en que me siento. ¡Ja! aún mas ingenua sería si creyera que existe la posibilidad de vivir fuera de la sociedad. Ahora si me disculpan, me retiro, una amiga me habla por msn y tengo que aprovechar para decirle que nunca se vuelva a llevar esos zapatos con esa blusa.
.
No, I'm not serious. That would've been ironic.
...Y más tarde me di cuenta que se pudo haber referido a mí, cosa que prefiero no pensar porque degradaría al señor -quien muy probablemente no se dio cuenta de que yo estaba ahí- de la tienda de revistas a una discriminación sexista.
.
Salí del centro comercial para dirigirme -no exactamente de una forma voluntaria- a una cena. Tristemente, llegué para solo ver hipocresía en las caras de las personas. Me sentía como castor entre peces, tratando encajar en un grupo que simplemente no parece ser el mío. Fue uno de esos días en los que me siento más consciente que de costumbre, como si el castor metafórico saliera del agua y viera como se desdobla la escena desde afuera. Sé perfectamente que no estoy exenta de ninguna de las hipocresías de la sociedad, y que soy solo una pieza más en el juego de mesa del mundo... pero a veces no puedo evitar recibir un lapsus de lucidez -o de ofuscación, no lo sé- en los que veo el mundo a mi alrededor... de una forma distinta. No aparento ser ningún castor entre peces, no me creo nada más que otro pez en el cardumen, pero es la forma en que me siento. ¡Ja! aún mas ingenua sería si creyera que existe la posibilidad de vivir fuera de la sociedad. Ahora si me disculpan, me retiro, una amiga me habla por msn y tengo que aprovechar para decirle que nunca se vuelva a llevar esos zapatos con esa blusa.
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No, I'm not serious. That would've been ironic.
...Y más tarde me di cuenta que se pudo haber referido a mí, cosa que prefiero no pensar porque degradaría al señor -quien muy probablemente no se dio cuenta de que yo estaba ahí- de la tienda de revistas a una discriminación sexista.
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I just have a few more words to say, and here they are: Nitwit! Oddment! Blubber! Tweak! Thank you.
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