Acerca del Blog

joto y reina se toman de las manos

el rey empuña siete espadas

ocho bastos golpean as de corazones

y el viento derrumba lo que ahora ya no importa

***

El arlequín sonríe con tinta desde el cartón

lunes, 27 de diciembre de 2010

Unión

Miró el anillo entre sus manos. Los rayos del Astro Rey acariciaban la superficie, arrancando destellos del oro.
Se acercó al joyero. El anciano, al verle sosteniendo la argolla dorada, estiró su rostro en una sonrisa arrugada y sus ojos brillaron con lo que probablemente era una empatía errada.
“¿Piensa grabarle algo, o se lo lleva así?”, preguntó. Volvió a mirar el anillo, esta vez en el interior. Redondo, redondo, barril sin fondo. Y así lo veía, sin fondo. No era su mano lo que había del otro lado, sino un vacío grotesco.
“Lo grabo.” Dijo al fin. El joyero le miró con nostalgia, estiró una nueva sonrisa y entró a la trastienda, probablemente para extraer sus herramientas.
No se movió ni un centímetro hasta que hubo regresado el anciano con una máquina pequeña que colocó sobre el mostrador. “¿De cuántos kilates es?”, preguntó. “veinte.” Los ojos del viejo se abrieron, moviendo en sincronía una oleada de arrugas, ondas en la superficie del agua perturbada. “Ha de ser una chica afortunada, muy especial.” Él no supo responder.
“¿Y qué quiere que diga el grabado?” Miró al joyero con sorpresa. Claro, si va a decir algo, él tiene que escoger la frase. “Tómese su tiempo, yo de aquí no me voy.” Le dijo, mirándolo de una forma que quería ser comprensiva, y se dirigió a atender a una dama del otro lado del local.
Desconcertado, miró nuevamente el pequeño aro dorado en su mano. Algo se le tendría que ocurrir.
¿Qué era lo que ella siempre le había dicho sobre las bodas? Que unían dos mundos, dos personalidades, dos seres humanos, vaya. Que traían consigo ya una implícita felicidad, un compromiso acordado en silencio.
Pensó en Helena. La había conocido en el taller de su padre, solía mirarlo cada vez que él iba a recoger pedidos o a hacer entregas y ruborizarse.
Entonces su padre se la había presentado, comentándole como ella estaba sola, no tenía un esposo que la cuidase. “Ya la ves, tan chula mija, y sin viejo a quién llenarle la panza”, Don Joaco repetía como disco rayado todas las tardes que él debía hacer una entrega, “y usté’ también, compadre, sin una hembra que lo espere en la nochecita”. Era un mantra que le cantaban con terrible frecuencia, por ser soltero que corre dejando los años de juventud atrás. Sin que realmente le importase.
Pero los gritos de la gente le dejaban sordo, con dolores de cabeza y de superyó.
Fue después del Invierno Rojo cuando clavó su rodilla en el primer escalón de la casa de Don Joaco. No llevó entonces un anillo, no se le hizo necesario en la sencilla transacción. Don Joaco ciertamente no lo extrañó, pero Helena sí.
“Necesito un anillito para el gran día, mi viejo chulo”, le había dicho, “uno doradillo porque los plateados parecen de plata”.
Así que llegó así a la primer joyería de regreso y compró un anillo doradillo de veinte kilates, porque los plateados parecen de plata. Así que fue con el joyero como en trance, consumido por el túnel abismo que cargaba en su bolsillo.
Levantó la vista de su mano y miró por la pequeña ventana del local: un sauce títere era manejado por los finos hilos del viento invernal.
Recordó entonces sus cabellos negros, hilos de titiritero, maniobrados por el viento de mil y una formas. Los ojos de ella relampaguearon en su nostálgica memoria. “El matrimonio es un caso perdido”, decía su suave voz, acariciándolo en silencio, “pero la unión entre dos personas, ésa es distinta.” Casi podía tocarla entre la espuma de su mente. “La unión es una promesa, un juramento no de amor, sino de pasión.” Aspiró con lentitud dolorosa, creyendo captar su perfume, haciéndole cosquillas en la punta de la nariz. “Es prometer que, por el resto de tu vida, tu pasión será siempre paralela a la de otro. Porque es probable que no coincidan, a veces, los deseos de una pareja; es normal que las pasiones de un ser humano giren bruscamente, suban, bajen, den mil vueltas en el espacio de posibilidades. Las pasiones en potencia infinitas nos rodean. Pero una unión entre dos personas es llevar las pasiones por los mismos giros, las mismas subidas, las mismas bajadas, las mismas vueltas. Una promesa de entrelazar sus destinos en potencia, sus cambiantes caminos.”

“Una promesa…” Susurró, mirando como los destinos de ambos se desdoblaban frente a sus ojos, enredándose en la pieza de oro que sostenía. Fue entonces cuando el viejo joyero decidió acercarse a él. “Deme dos”, fueron las primeras palabras que dijo mientras le pasaba la argolla, donde residía toda su pasión.


Aquel parque en especial era poco frecuentado a aquella hora.
Esquivando roca tras roca, llegó al lugar que buscaba. Ella estaba ahí, esperándole. Clavó su rodilla en la húmeda tierra, y sacó entonces el símbolo de la unión.
Sin apartar sus ojos de Ella, arrancó un trozo de tierra de enfrente suyo. Miró el anillo entre sus manos. Los rayos del Astro Rey acariciaban la superficie, arrancando destellos del oro. Los reflejos de luz eran cortados por las letras que ahora marcaban el anillo: “Una promesa. Una pasión.”
Con enorme cuidado, colocó los veinte kilates de oro, la promesa del eterno cambio y la raíz de sus pasiones, en el pequeño hueco que había abierto en la tierra.
Con un sencillo movimiento de su mano, quedó cubierto. Por siempre junto a Ella.
Se levantó con pesada lentitud, sintiendo su unión marcándolo.
Dio la vuelta con firmeza y sin mirar atrás se dirigió a casa de Don Joaco, a entregar la sortija de matrimonio que Helena le había pedido.
No necesitaba voltear a verla, ahora Ella caminaría por siempre a su lado.

En el reflejo del Cristalino

El grito maquinal del despertador lo trajo de vuelta al mundo. Se tomó un momento, como todas las mañanas. Mientras veía el amanecer por detrás de sus párpados.
Aquella hora gris en que el tiempo mostraba su inseguridad. Ni día, ni noche. “Ni sueño, ni mundo”, pensaba mientras el lamento del reloj se fundía con sus sueños, abriendo sus ojos en un remedo invertido de la Pandora y su caja.
Aún sumergido en sopor lo recibió la puerta de la habitación, hinchada por la humedad. Se incorporó lentamente del viejo sillón donde se encontraba esparcido.
Eran precisamente las 7:10 de la mañana. Una luz grisácea que conocía bien goteaba forzosamente por la ventana.
No por nada le llamaban la hora de los locos. Dio un tirón desconsiderado a las cortinas de un verde dramático, que se corrieron, mostrando el amanecer.
Por aquellos enfermos días de invierno, el mundo, que tenía catarro, sentía la imperiosa necesidad de soplar y repartir nubes mocosas a lo largo del panorama. Así que el amanecer dejaba de salpicarse con un rubor saludable, recibiendo a los hombres con ojeras y una palidez decrépita.
Se quedó ahí, mirando fijamente el ave horrible, que ni huevo ni cisne era ya.
Él también tenía su hora de los locos. Una mezcla de ironía e inocente temor le había hecho sincronizarla con el despertar del día.
Si el Tiempo se veía amenazado en el mismo momento que él sufría su propia guerra, sería para él consuelo (de tontos, pero al fin y al cabo consuelo).
Como la fluidez del reloj se ve afectada en la mente de los hombres por el interminable cielo iluminado pobremente, al no ser ya de día ni de noche por completo, así su ser se ve atrapado en la angustia del momento en que no está ya en sus sueños ni en su mundo por completo.
Lo siente venir, el escalofrío quemándole el espinazo, el cerebro adopaminado, el corazón ahogándose en su propia sangre. Mira la ventana con desesperación, refugiándose en la húmeda textura de las nubes, que forman una pared interminable y homogénea.
Pisar el abismo entre un extremo y el otro de su vida. No puede ver nada más que la muralla de nubes. No puede porque si volteara, siquiera un segundo, a mirar la habitación, notaría los amenazantes papeles amarillos que tapizan el cuarto, la alacena dentro de la cual lo único que contiene proteínas son las arañas huéspedes. Notaría la silla de tres patas y media, el sillón hundido y  molido como un anciano campesino. Notaría la máquina de escribir sobre la mesa, con una hoja sucia sin una sola letra en ella.
Espera con ansiedad, nunca mirando atrás para no tener que pagar el precio de la curiosidad.
Mira sólo el cielo. A veces, se le ocurre que es un enfermo. Que padece cataratas. Sin duda tiene nubes en los ojos.
Así como llegó sin notarlo, se va sin más. De regreso a su Mundo. Toca en su mente una melodía mientras regresa a su cómodo sillón, a cerrar los ojos por placer unos minutos. Es bueno estar en casa.
J.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Confiteor

Miles de personas suben y bajan de los viejos, humeantes, camiones de ruta, manejados por choferes cansados y sucios a quienes realmente no les importa si uno sube, baja, si toca un alto, si invaden carril mientras hay un pequeño VMW a su lado. Entre esas miles de personas que se ven a diario en la necesidad de hacer uso del “servicio público”, él es uno de los que reciben una mirada asesina del hombre al volante.
Sube, toma su ticket, ofrece el dinero al chofer con indiferencia, y a pesar de no haber hecho ningún gesto que él considere ofensivo, se encuentra con los ojos entrecerrados del conductor, ojos llenos de un resentimiento inexplicable.

El autobús está repleto. Caras gastadas y fastidiadas esperan su parada.
No han pasado unos minutos cuando ya se encuentra apretujado entre una señora con tres niños y un hombre gordo que lleva uniforme de mecánico.
El suspira, mira hacia el vacío, como reclamando. Como reclamándome.
Junto a él un hombre recita el padre nuestro en un susurro, y Daniel duda de nuevo. Sacudiendo la cabeza, se concentra en los trabajos que debe hacer y entregar pronto.
El camión llega a la esquina que queda a dos cuadras de su casa, y él intenta salir de entre la multitud.

Demasiado tarde. Nadie esperaba para subir en la parada, el chofer pasó de largo.
“¡Espere! ¡Yo bajo!”. Sus gritos mientras se abría paso entre los pasajeros molestos fueron ignorados olímpicamente.
Al llegar a la puerta sólo pudo ver cómo la esquina quedaba atrás y el viejo camión continuaba su camino tambaleándose.

Al volver a mirar al chofer, recibió otra mirada asesina sin razón aparente. En vez de quejarse, volvió a sujetarse del tubo metálico junto a las filas de asientos. Cerró los ojos, estaba rígido, sufriendo internamente la ira de los mansos. “Por tu culpa, por tu culpa, por tu gran culpa”, dijo entre dientes, en un suspiro inaudible, como reclamando. Como reclamándome.

D.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Mundo de letras

Un mundo monocromático. Es quizás algo que no agrade a la mayoría de las personas. ¿No es mejor que un confuso mundo de colores? Armonía.

En cambio, la música necesita de todas las notas para agradarle. Quizás es contradictorio. Quizás todo en él es contradictorio.

Pies descalzos chocan con el frío suelo, el frío mundo. Una mano firme toma la vieja silla de madera. El compositor está sentado frente a la máquina de escribir. Creador de mundos, soñador de realidades, quizás. Lo más bello es el Quizás.

Mira las gastadas teclas del aparato frente a él. Pies descalzos se retuercen bajo la mesa, quizás trazando círculos en el gélido piso.

Se escapa un suspiro, y el cansado hombre se pasa una mano por el despeinado cabello.

Letras, letras, letras. Construyó su mundo con paredes de letras. Vocales, consonantes, acentuadas, con diéresis. Tantas letras que quizás se han agotado.

Fastidiado, el hombre se levanta. Camina hasta la única ventana – quizás ignorando así aquellos papeles de aspecto oficial que tapizan el frío, frío suelo- y abre el estuche negro recargado en ella.

Hora de gritar.
Arco en mano. Dedos fijos en las pisadas. Toca el arco su blanco y sale la primera nota, seguida de otra, y otra más. Brotan, caen, rebotan, chocan.

El violinista escribe sus gritos con los silencios entre corcheas.

Los ojos cerrados, deja que las notas resuenen entre sus paredes de letras.

J.