Acerca del Blog

joto y reina se toman de las manos

el rey empuña siete espadas

ocho bastos golpean as de corazones

y el viento derrumba lo que ahora ya no importa

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El arlequín sonríe con tinta desde el cartón

lunes, 15 de abril de 2013

Una organización funcional

“Me distrajeron los alaridos de Madmoiselle Poulette exigiendo que se le entregara lo que le correspondía y que se hiciera justicia”, dice Monsieur Loup mientras se toma una aspirina. “Por alguna razón había llegado a la conclusión de que yo tenía la culpa de que el alimento del día no hubiera llegado a los pollos, que ahora estaban en huelga. Resignado, me levanté del lugar en el que apenas llevaba unos minutos atacando el interminable papeleo para alejarme de la femme fatale. Entre más caminaba para distanciarme de aquella histeria, más fuerte y más ofendida sonaba el ave. ¿No comprendía cuál era mi intención al alejarme? No podía hacer nada por ella en el momento. Al cruzar frente al edificio central pude distinguir a Monsieur Chien acercándose cada vez más rápido. Al parecer, las ovejas se habían perdido y los conejos andaban dispersos, alimentándose del pasto de sus vecinos. Monsieur Chien estaba preocupado, no era su responsabilidad pero ¿quién podía quedarse de patas cruzadas ante tal desorganización? Yo le quería preguntar por qué venir conmigo y no con alguien que tuviera más tiempo a su disposición”, dice Monsieur Loup, “pero entonces me percaté de que había un conflicto entre perros y cerdos en la porqueriza, así que me dirigí al lugar para ver qué ocurría. Los porcinos se sentían terriblemente agraviados por la invasión de los canes, éstos estaban confundidos y no se ponían de acuerdo para explicar qué hacían ahí. Monsieur Chèvre estaba ahí, ya ni quise preguntar qué estaba haciendo. ¿Pero dónde estaba Monsieur Agneau?, eso fue lo que me pregunté, extrañado. Él sabía que no se podía dejar a los perros solos. No sé qué sucede en este lugar que nadie descansa ni está donde debería."

“Sí, recibí el informe de Monsieur Loup, vino a verme en cuanto logró sacar a los perros de la porqueriza y llevarlos a su área designada”, comenta Monsieur Agneau, “pero aquel incidente era imposible de prevenir para mí. Los Monsieurs Hibou y Chèvre tenían instrucciones claras de vigilar a los perros, y nadie me notificó a tiempo del asunto. Me dirigí a hablar con ellos enseguida. Las ovejas seguían sin aparecer y no estoy seguro de quién es el responsable, si es que lo hay. Los pollos continuaban su huelga, tampoco tenía tiempo para dedicarles a los muy delicados. ¿Dónde quedó el tiempo que faltaba? Seguramente con las ovejas. Mientras caminaba iba espantando conejos para que regresaran a su lado del césped. Ellos también saben cuál es su lugar, no entiendo por qué hay tanta insubordinación aquí”, dice Monsieur Agneau encogiéndose de hombros, “tan sencillo como que cada uno haga lo que le corresponde. Por ningún lado vi yo a Monsieur Chèvre, que debería de encontrarse cerca del granero, por donde, curiosamente, andaba un toro. Ahuyentando conejos fui a dar con Monsieur Hibou, que había bajado de su oficina en el roble 3 para hablar con un grupo de aquellos peludos insurrectos.”

“Monsieur Agneau me preguntó qué era lo que estaba haciendo fuera de mi oficina”, narra Monsieur Hibou, “yo le expliqué que hacía mi trabajo. Había bajado a hablar con los conejos, que tuvieron un desacuerdo respecto a la cantidad de pasto que merecía cada uno, cuándo y dónde deberían de comer. En vez de llegar a una solución común habían decidido dispersarse. Así son los conejos, prefieren evitar llevar las discusiones a mayores y las arreglan como pueden”, explica con calma Monsieur Hibou, “pero no podía dejarlos invadir otros sectores que no les correspondían, así que decidí intervenir en el asunto, era lo más adecuado. Después de mediar una larga negociación entre conejos, que además se demoró porque muchos andaban ya del otro lado del terreno y tardaron en ponerse al tanto, llegaron a la conclusión de que hace falta una organización más minuciosa y efectiva impuesta por los ejecutivos, además de un buzón de sugerencias y una oficina que se encargue específicamente de solucionar problemas como éste. Había quedado Monsieur Chèvre a cargo de la vigilancia desde su puesto frente al granero, pero a mitad del debate pasó por aquí y me dijo que un lechón histérico había ido a buscarlo porque tenían una crisis en la porqueriza, que iría a calmarlos. Naturalmente, no podía abandonar a los conejos a esas alturas del debate o nunca se pondrían de acuerdo. Monsieur Chèvre alcanzó a ponerse al tanto del conflicto de la distribución del pasto, estuvo de acuerdo con nosotros en que hay serios problemas de organización y que es necesario pedirle a Monsieur Tortue que tome en consideración las propuestas de los conejos. De las ovejas no tuve noticias, estaban ahí antes de que empezaran los problemas con los conejos, y una vez que me ocupé con ellos, ¿qué podía hacer? Sólo tengo un par de ojos y de alas. En cuanto terminé de explicarle a Monsieur Agneau todo esto, pedí a un grupo de conejos que fueran con Monsieur Tortue para exponerle lo ya mencionado, y eso fue todo.”

“Llevaba tres horas frente al gallinero cuando llegaron los conejos a decirme algo sobre una propuesta relacionada con el establecimiento de horarios, un buzón de sugerencias y algo sobre la resolución de problemas”, dice Monsieur Tortue, cansado, “pero los encargados de negociar la viabilidad de las propuestas eran los pollos, que estaban en huelga. Además, en ese momento enfrentaba una situación más grave y no podía atenderlos personalmente, lo mismo pasó cuando Monsieur Chien vino a preguntarme por las ovejas. Después de asegurarles que en cuanto tuviera un minúsculo espacio disponible o la asociación de pollos abandonara la huelga les mandaría llamar, continué mi diálogo con el toro. Por fin accedió a regresar a su lugar una vez que hubo expuesto sus demandas y la razón detrás de su inconformidad con el espacio designado para la población bovina. Sin embargo, la puerta del granero continuaba cerrada por dentro y Monsieur Chèvre no se asomaba por los alrededores. Hubiera podido intentar forzarla, pero mi anatomía claramente me lo impide”, suspira Monsieur Tortue. “No tenía manera de sacar a los caballos que se habían refugiado ahí al ver al toro acercarse. Esto no me hubiera preocupado tanto si se tratara de alguna bodega cualquiera, pero estamos hablando del granero; los pollos llevaban todo el día sin recibir su ración alimentaria y precisamente por eso estaban en huelga. Madmoiselle Poulette ya había pasado en varias ocasiones para ver si había alguna mejora en la situación. Se encontraba indignada, y con justa razón, debo admitir, por la ineficiencia con la que estaba siendo tratado el problema. Se fue a buscar a Monsieur Loup, encargado de la repartición de alimentos. Iba a decirle que no tenía mucho sentido reclamarle a Monsieur Loup, pero ya se había retirado. De cualquier forma, ¿a quién había que culpar? Si me dicen ahora que Monsieur Chèvre estaba atendiendo otro asunto urgente, que todos los demás estaban ocupados resolviendo problemas de gran relevancia”, razona Monsieur Tortue, “entonces la empresa está trabajando tal y como debería, ¿no?”

por Lupus Ignis

Morituri te salutamus

Otra vez tarde. Pero ni que fuera una novedad, piensa amargamente, siempre va tarde. Se acerca un R-203 tambaleándose de forma lastimera y no le queda de otra más que subir mientras se faja la camisa arrugada. No hubo tiempo para planchar, ni para buscar el saco o los trabajos que había que entregar hoy; pero bueno, ¿qué es un día más de retraso? El camión va lleno y no quedan lugares. Fabuloso. El aire caliente de una mañana vigilada por el sol se mezcla con el aroma a sudor, a jabón y a perfume. Se peina con la mano en un triste intento de conservar su dignidad pero lo detiene un cuerpo sólido que impacta con su codo. La muchacha agredida da un pequeño brinco y él no puede evitar la disculpa avergonzada que se le sale de entre los labios. Sus ojos se quedan en la muchacha: joven, sin mucha gracia pero bonita, una enfermera, si el uniforme no es disfraz. Y qué buenas nalgas, piensa, nada como para felicitar a sus padres pero tampoco menospreciables.
Suena la alarma de su reloj de muñeca, sentenciándolo a llegar tarde a la primera clase de nuevo. El tercer retraso de la semana, se recuerda y se recrimina, a este paso van a terminar poniéndole falta y descontándole algo en la próxima quincena. A toda madre. Se consuela observando el trasero de la pobre enfermera oscilar con el tope que se pasa de largo el chofer, y se permite una sonrisa cínica. Ésta no dura mucho, un mocoso se levanta y le ofrece su lugar a la mujer. Ah, los valores, se le va la vida tratando de meterlos en cabezas que hacen eco de tan vacías y sólo aparecen cuando no los necesita. Una sacudida le corta de tajo la línea de pensamiento envenenada, le dan ganas de gritar. ¿Qué rayos hace el conductor? ¿Se está deteniendo en medio de la calle? Hay pendejos a los que se les debería de prohibir trabajar en los servicios públicos.

Apenas si le han querido dar un adelanto de un mes y ha tardado más de lo esperado. El aire frío de la madrugada quema sus pulmones y su garganta, reavivando el fuego en donde sólo quedaban cicatrices de gritos muertos. No puede dejar de correr, no debe dejar de moverse, es lo que la adrenalina le grita a su cerebro. El familiar camión rojo se pone en movimiento y entonces las pantorrillas se le hacen piedra con el esfuerzo supremo que requiere el alcanzarlo. Se cuelga de la puerta de atrás y ya no hay más opción que dejarlo subir en la siguiente parada, él lo sabe. Con un gesto de cabeza agradece al hombre al volante que ni lo mira. El camión está a punto de estallar, pero igual encuentra un lugar recién despejado y se derrumba, exhausto.
Todavía puede sentir el lado izquierdo de su cara hirviendo, trata de ignorarlo. Hoy es diferente, piensa, hoy cayó la gota que derramó el vaso y ya no queda espacio para aguantar a nadie. Nervioso, busca en el pantalón los billetes que ha estado ahorrando para la huida. Fue difícil, él siempre quiere quitarle toda la paga, que de por sí no es mucha. Tuvo que hacer horas extra a costa de la escuela para ganarse su libertad. El camión se detiene junto a un anuncio de los nuevos candidatos a la presidencia. ¿Libertad? ¿Libertad de qué? ¿De pasar de una jaula a otra más grande? Se acuerda de aquella frase de ‘Papá Gobierno y Madre Patria’. ¿Entonces era la misma historia? ¿El Gobierno también se creía Dios y golpeaba a la Patria como si fuese una miserable? El desprecio le dejaba un sabor amargo en la boca que se mezclaba con el dejo metálico de la sangre. Sabía que iba a quedarle una marca en el lado izquierdo de la cara, nunca dolía así sin dejar marca.
Una sacudida inesperada lo hace voltear. Había entrado una mujer de uniforme blanco con la mirada nerviosa, seguida de un hombre. Esos ojos grandes y asustados le recordaron a otra mujer que vestía de blanco y a quien había traicionado dejándola atrás, a merced del bastardo que se creía dueño de ellos dos. Automáticamente le cedió su lugar, ignorando las quejas de sus piernas ya bastante abusadas para ser tan temprano.

El motor ruge mientras la ciudad bosteza y abre los ojos sólo para darse cuenta de que ya los caminos están infestados de animales oxidados, un mar de metal que se mueve lentamente. No le han querido dar ni una semana para el luto y muy apenas las forzadas condolencias por haber pasado un mal rato. Un mal rato, piensa, no tiene idea el hijo de su chingada madre. Hace la parada y se sube un hombre con una mochila deportiva que deja junto a la palanca de cambios. Nervioso, lo ve y se pregunta si será o no será el contacto; cuando el hombre lo mira con esos ojos como hierros al rojo vivo, lo sabe: falta poco. Cinco paradas después de que se baje, le dijeron, sólo cinco paradas y ya, no tiene que hacer nada más. Nunca más. A fin de cuentas, no era su culpa que todo se hubiera ido a la chingada, no merecía nada de lo que le había pasado. Su niña, su princesa, ¿ella qué culpa tenía?, si apenas había aprendido a bailar... otra vez aparecía aquel vacío terrible que se expandía como un tumor de su estómago hasta sus pulmones. Pero ellos habían prometido vengarla. Vengarla, a cambio de un favor.
Cinco paradas… en la siguiente calle no espera nadie más que un muchacho y un hombre con una niña en la mano, una niña que se aferra a su papá como si se le fuera el alma en eso. No, no puede, ella no… su princesa, su ángel, piensa, ella lo quería mucho, ¿verdad?, también se agarraba así de su brazo. El olor a muerte se le escapa por la boca mientras los recuerdos lo hacen temblar; cierra los ojos y pasa de largo la parada sin importarle las protestas del hombre con la niña y de otros tantos que iban a bajar. El muchacho corre y alcanza el camión. ¿Qué más da? No tienen idea de lo que es la vida, piensa, son como títeres de la rutina, que quieren bajar o subir antes de tiempo sin saber ni para donde van. Aquí, en este lugar tan manchado de sangre que ya ni se ven los charcos que dejan los recién asesinados, ¿a quién le va importar lo que le hicieron a su princesa? ¿A quién le va a importar si el chofer se salta una parada y deja atrás a un hombre y a una niña? ¿A quién le va a importar si faltan dos cuadras para que el camión estalle en medio de la avenida más transitada? El tiempo se lo tragan estas preguntas. Apenas si se da cuenta de que llega al lugar y frena. Ya es tarde.

por Lupus Ignis

Niña


Mírala, mírala como duerme, como cierra los ojos y para los labios, como se hace pequeña entre las sábanas de la cama.
Luego cuando está despierta no da tregua. Se levanta y entorna sus ojitos, y frunce los labios, pone su cara de niña grande, de niña decidida a jugar un juego que no entiende y que no puede ganar. Y así, lista para la guerra, así me mira y no se qué decirle, o mejor dicho, no sé por donde empezar a explicarle las reglas, que el juego es largo y cansado, que el juego es en realidad una trampa, que ya estoy hasta las bolas de jugarlo. Y mientras yo hablo ella me mira muy atenta, tratando de absorber, de memorizar cada palabra para el examen sorpresa. Pero después de un rato no se me acaban los años que explicar y sus ojos brillantes se enturbian, sus cejas se juntan poco a poco y comienza a ladear la cabeza. No lo dice pero se aburre, se cansa y envejece sólo con escucharme. Quiere jugar un juego que ya está empezado.
Entonces hago una mueca y la veo con ojos de pregunta. La miro y ella enseguida ve la culpa y el fastidio en mi mirada y entonces es como si la atravesara un relámpago. La niña se sienta erguida, abre sus ojos redondos, se aferra a mis brazos, por más que me arrepiento con la mirada ella se aprieta contra mí, me encierra con sus piernas largas y golpea sus labios contra mi boca. Y pone toda su alma en jugar, copia lo que ha visto y lo que ve que hago yo, se niega a separarse, me hace un berrinche con su cuerpo. Y yo, yo no la suelto, cedo frente a la sed de sus labios, me aferro a su cuerpo con las fuerzas que me presta; dejo de pensarla, dejo de mirarla y ahora la veo, la disfruto, me la como con las manos. Y así seguimos hasta agotar nuestras fuerzas, yo para hacerla a un lado, ella para resistirse. Tal es el baile que bailamos, el juego que jugamos sin querer, sin haberlo planeado.
Ella juega a que entiende lo que hace y yo a que sé lo que le digo. Entonces me despierto y la veo dormir, de nuevo diminuta, a mi lado. Esa mi niña, mi pobre niña.