(De raudo).
(De riso).
La Luna y su Sombra
joto y reina se toman de las manos
el rey empuña siete espadas
ocho bastos golpean as de corazones
y el viento derrumba lo que ahora ya no importa
***
El arlequín sonríe con tinta desde el cartón
Estas obras de Theresa Zuloaga están bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 3.0 Unported.
You are a short story. You start in the middle maybe, and you don’t have a long word count. A few pages. A short arc. A gimmick. Some terse resolution.
You’re certainly not a novel. You don’t creep sweetly along — slowly, steadily, building to a climax, resolving in the end. I don’t take you on the subway and read you for months and months. I don’t lug you around in my bag — with your pages bent comfortably, your cover ripping off, your edges worn. He was a novel, but you are a short story, wedged between other short stories, maybe, in some kind of collection. Or on your own — a light, morning read. You are notable. You can be good. You are favorite territory to re-tread, with little to no time lost. You are easy.
You make me feel like I am also a short story to you. It’s like we’re writing something small together — filling in the dialogue right where it should go, describing the people and the clothing and the setting. Making metaphors, twisting prose. Not predictable, and not a novel, but perfect in its own way. Strangely, in this short story, there are no first drafts. We are editing as we go. It’s minimalism. Every word counts. You are someone I can read over and over again, that I want to read to others, that I can recommend and not feel too uneasy about it. You can be longer, expanded, worked on — or not. You can become your own short story collection with bits and pieces of the same character followed through a single weaving timeline. You can stick around for a while. But in the end, you will never be a novel.
I know this, because he was a novel. A sweeping force. A sturdy hardback. A familiar feeling in my hands. Someone you sit down with in a soft sofa chair and read for a long, long time. Something you can’t put down. A page turner, with detail and editing and work.
You are more like: writing in the lines, in the margins, in the sides of notebooks. Swirls doodled in class. Jotted lines on napkins. You are spilling out of me, bursting. You are this pen and this paper taken out in the middle of a bar so I can quickly get it all down before I forget. You are a short story. Ending too soon and with no real wrap-up. And to you, I am a minor character. And why not? You’re the protagonist. If you were a novel, you’d be Murakami living his youth in Norwegian Wood and I am the manic pixie love interest, Midori — memorable and entertaining, but hardly central. A character actress. A blip in your fictitious world. I am your own lovely, little short story.
My short story is about a young girl, too young, who wasn’t ready to read everything that was handed to her, everything she bought from miles of books in a dusty, old used book store, everything she unknowingly, naively checked out of the library. Like the author of a short story, you are more fascinated by the way I feel about you, than you are interested in reciprocating my feelings. You are researching me for your next project. You are writing characters from the outside, looking in. Because we are, after all, just a short story. A page. A paragraph. A typed word. We meander about, going nowhere.
He was a novel, sure. But novels are long. Novels are complex. Novels are a long-term commitment. So instead, I picked you up. You became my short story, and we are as yet unpublished.-Literatura es son ido –dijo-, sound trackbalenguas and Field ing. Orto grafía es literhartura. Odia a tus pares. Par odia. Sé Pantacruel, haz Góngoras para tu Gargantúa con los peomas que has (m)amado. ¡Vomátalos!
El Rojo aún estaba tratando de entender cuando Adán Nada dio una orden y tres de los Paranomásicos Pimienta repartieron rápidamente un encarte en forma de menú, que Adán pasó a declamar:
RESTORÁN TROCADERO
(A Dos Passos del Museo Hemingway)
Baudelaire Acondicionado
CARTA A MILENA
D’Ors d’ouvre
Ensaladilla rusa estilo Corta Zar
Con mayonesa Mac Cullers
Víctor Jugo
Emilio Zopa
Caldo Gallegos
Entremeses
Perrault calientes
Juan Jamón Jiménez
Francis Bacon
Frutas
Peras al olmo
Duraznos Margarite
Truman Zapote
Especialidad de la casa
Pound de Judío en salsa Ezra
Pescados
Merluza (Robbe) Grillé
Ramón Gómez de la Cherna
Teodoro W. al horno
De pronto, el Flaco dio dos palmadas y todos se volvieron hacia él.
-Ya estoy listo para ordenar, camarero –dijo-. ¿Podría pasar a los postres?
Adán lo miró, confundido, sacó un pañuelo y se secó la frente.
-Con todo disgusto, señor –murmuró haciendo una venia-. Hay Flan Kafka, Guy de Mazapán, Robert Frozen, Camus de Chocolate y, desde luego, René Depostre.
Las Palabras Perdidas, Jesús Díaz
El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.
Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.
Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío
No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tapias mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.
No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndome de pena.
Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.
Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.
Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.
Pablo Neruda
[...]Y en mundo tan singular,
el vivir solo es soñar;
y la experiencia me enseña
que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta despertar.
Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?
Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
P.C.B.
La Vida Es Sueño