Acerca del Blog

joto y reina se toman de las manos

el rey empuña siete espadas

ocho bastos golpean as de corazones

y el viento derrumba lo que ahora ya no importa

***

El arlequín sonríe con tinta desde el cartón

jueves, 13 de enero de 2011

Con Mallete y Cincel


Dicen que tener un pasatiempo es algo recomendable, algo que lo distraiga a uno de sus miserias internas.
Yo solía tener un pasatiempo: mi hermano.
Todos los hermanos mayores sabrán lo compleja que puede tornarse la relación con la endemoniada criatura que es el hermano menor, pero en los recuerdos que aún guardo de mi juventud no veo ni el odio ni los celos fraternales dirigidos hacia mi hermano. Ni tampoco un sentimiento de deber para con él, o siquiera de amor o compasión. Todo lo que hubo entre esa interesante criatura y yo fue una curiosidad grotescamente humana, nada más.
Yo hubiera pensado que mi hermano era un mocoso cualquiera, un niño normal que jamás hablaba, al que los demás niños molestaban en el instituto, alguien a quien nunca en mi vida había visto derramar una lágrima, sonreír, o fruncir el ceño. Habría sido, para mí, un factor externo más que ignorar de no haber sido por ese pasatiempo que tenía. Si es que se le puede llamar así, ya que después de todo, lo que hacía era exactamente eso: ayudarle a pasar el tiempo. Si me hubieran pedido que hablara de él, habría hablado sobre El Diccionario.
Teniendo un padre amante de los libros, nuestra casa siempre estuvo llena de ellos. Cuando nació mi hermano, él tampoco logró escapar de la librofagia de nuestro progenitor, pero jamás tocó ni uno de sus miles de ejemplares. Cada mes tenía nuevos. Libros grandes, pequeños, coloridos, de historias, de aventuras, educativos. Pero Caín nunca abrió uno solo de ellos, ninguno parecía interesarle. Ninguno, excepto uno. Me parece que lo encontró una tarde que mis padres estaban fuera. Creo que estaba presente cuando lo descubrió, no podría estar seguro, pero debió ser así, pues me encontraba leyendo en el estudio de mi padre. Tal vez dejé la puerta abierta, eso explicaría como entró. No sé por qué llamó su atención, nadie jamás lo supo. Parte del repulsivo misterio.
El Diccionario de la Lengua Española, décimo octava edición. Un libro grande, pero no el más grande. Gris, pero no el más gris. Viejo, pero definitivamente no el más viejo de la colección de mi padre.
Si estuve presente, como es probable que haya sido, en el momento del crimen, no logro entender cómo cargó aquel volumen con sus pequeños y frágiles brazos, sin hacer ruido alguno, sin llorar, tropezar ni quejarse. Tal vez estaba demasiado ensimismado en mi lectura, tal vez.
Me di cuenta cuando llegaron mis padres. Al escuchar el motor del carro aparcando en la entrada – eso sí lo escuché muy claramente- bajé enseguida de la vieja butaca de piel en la que sólo el Padre podía sentarse, y corrí a mi habitación para no ser descubierto en el santuario paterno. Pasé frente al cuarto de Caín. La puerta estaba abierta. Él estaba sentado en el piso, leyendo. Me quedé congelado. Si alguien hubiese visto la escena probablemente habría creído que acababa de ver a la bella Medusa.
El libro se veía incluso más grande que de costumbre acomodado sobre su regazo, sostenido aprehensivamente por dos diminutas manos pálidas. Sus grandes ojos saltones recorrían las líneas de las páginas despacio, con una concentración aterradora. Caín estaba leyendo. Nadie sabía que podía hacerlo. Las maestras habían dicho que no podía. Mi madre había dicho que no podía. Nadie jamás lo había visto abrir un libro.
Podría decir ahora que presencié muchas cosas increíbles a partir de ese día. Nunca había visto a mi padre llorar hasta aquel momento, ni a mi madre tan emocionada, y a ninguno de los dos tan feliz como después del suceso. Pero en realidad nada de eso me parece tan relevante o sorprendente como debería, son recuerdos borrosos y sin importancia. Detalles superfluos. Sólo había una cosa en mi mente: El Diccionario.
Caín jamás lo volvió a soltar. Iba a todas partes con él. Lo llevaba consigo al cuarto de baño cuando se iba a duchar, cargaba con él en su mochila de la escuela. Jamás se separaba de él. Si no estaba caminando o comiendo, estaba leyendo El Diccionario.
Al principio, lo observaba leer. Era un ritual repetido día tras día. Él se sentaba en el piso de madera de su habitación, yo me sentaba enfrente suyo. Caín miraba el libro, yo lo miraba a él. Caín leía El Diccionario, yo lo leía a él. Tal era mi dedicación para con mi recién descubierto pasatiempo que de pronto no había nada más a lo largo del día. A partir del incidente de Caín, la escuela, los libros, los amigos, todo desapareció. Se evaporó y fue a formar parte de aquella niebla que es mi infancia y gran parte de mi adolescencia. Sin embargo, sí había algo en mi memoria. Caín, leyendo. Leyendo, leyendo, leyendo. El Diccionario.
El tiempo pasó. Pero había algo nuevo. No recuerdo si fueron las calificaciones, la muerte de una abuela a quien nunca conocí, o qué. Pero era algo malo. Lo sé no porque lo recordara, sino porque mi padre lo dijo. De ahora en adelante tendría que pasar un tiempo lejos de Caín, haciendo no recuerdo qué. Tal vez estudiando, tal vez rezando. Entonces, todos los días, antes de poder ir a ver a Caín debía pasar quince minutos solo. Primero traté de sincronizarlo de alguna forma con sus tareas. Imposible. Tuve que renunciar a verlo leer por quince minutos. No me pareció un gran sacrificio, aunque admito que me angustiaba un poco. Pero al regresar a su habitación, había algo diferente.
Pasaron meses con la misma tortuosa rutina. Quince minutos tras quince minutos, perdidos día a día. Siempre que llegaba, estaba ese algo, esa rareza en el aire. Mi hermano leía. Pero no parecía el mismo. No podía dejar de pensar en ello. Era un instante, un segundo, un momento. La piel se me ponía de gallina y un escalofrío bajaba por mi espinazo. Pero no era yo. Era él. Cambiaba. Durante esos quince minutos, él cambiaba. Yo lo sabía, lo había observado por años.
Había otras veces que lo dejaba solo. Las veces que la vieja rutina acordaba. Clases, prácticas, y otras cosas que no recuerdo. Sólo recuerdo que no estaba ahí todo el tiempo. Pero regresaba y él seguía igual. Siempre, excepto cuando tardaba esos quince minutos de más.
Cuando no estaba con él –e incluso algunas veces cuando lo estaba- aquel misterio invadía mi mente. Me perseguía, me mordisqueaba dedos y talones como las ratas hambrientas.
Un día, lo entendí. Había leído aquel Diccionario miles de veces, y cuando yo no estaba ahí él encontraba algo extraño –no respecto a mi ausencia. Yo no importaba, eso me queda claro- en El Diccionario. Quizás se aburría, tal vez quería romper a llorar , pero no sabía como porque nunca lo había hecho.
Una noche, me levanté de la cama. En cuanto mis pies tocaron el suelo, pude sentir que estaba quebrando miles de leyes del universo, millones de horas de hacer lo que sabía que debía hacer. Pero tenía que hacerlo. Lo que me impulsaba no era una fuerza sobrenatural, alguna emoción positiva o negativa o algo así. Simplemente lo hice. Tampoco sé como tuve aquella idea. Caminé lentamente por el pasillo. Entré a su cuarto. Sabía que no debía voltear a verlo, porque entonces no habría vuelta atrás. Pero lo hice. Dormía en la cama. O al menos debía de ser él, porque no lo parecía. Lo que había ahí era una bestia desfigurada, con largos brazos asquerosamente delgados, que se cerraban ligeramente alrededor de una vieja almohada desplumada. Debí aterrorizarme ante tal aborto de la naturaleza, pero no lo hice. No sentí nada al ver aquella figura en el viejo colchón. A un lado de la cama, sobre una pequeña mesa, descansaba El Diccionario. No recuerdo haber dudado, ni haberlo mirado con reverencia. Sólo lo tomé, y lo abrí en una página al azar. No recuerdo haber cogido la navaja del bolsillo de mi bata. Debí hacerlo. Tampoco recuerdo haber tomado la navaja de su lugar en el segundo cajón de mi escritorio. Sólo recuerdo que tenía El Diccionario en una mano, y en la otra estaba la navaja. Al mirar la página, sólo pude ver una palabra, con su definición. El resto estaban ahí, sólo que en realidad no estaban. Yo únicamente sabía que existía el
raudal.
 (De raudo).
1. m. Caudal de agua que corre violentamente.
2. m. Abundancia de cosas que rápidamente y como de golpe concurren o se derraman.

No conocía esa palabra, pero realmente no importaba. La definición no importaba, ni la palabra misma. Entonces acerqué la navaja, y cuidadosamente, muy despacio, recorté sólo aquella palabra. Aquel conjunto de letras.
La tomé cuidadosamente, un pequeño rectángulo de no más de un centímetro.
Debí regresar a mi cuarto con la palabra y mi navaja. Debí colocar la palabra en el primer cajón de mi escritorio, y la navaja en el segundo cajón. Debí volver a acostarme, cerrar los ojos, y caer casi instantáneamente en un sueño profundo. No lo sé, no lo recuerdo. Pero así debió ser.
Y a la mañana siguiente, la rutina era la misma. Sólo que mi hermano no. Hacía lo mismo, seguía sin ver a nadie a los ojos, sin hablar, sin hacer nada. Pero yo sabía que no era el mismo, lo sabía. Lo había observado durante años, no era el mismo.
El día pasó más rápido de lo normal. Una vez acostado en mi cama, no pude dormir en toda la noche. Sabía que no debía ir al cuarto de Caín. Sabía que debía hacerlo. Pero no lo hice. Pasé cuatro noches sin dormir. Cuatro días que fueron completamente normales, excepto por Caín. A la quinta noche, me levanté. Recuerdo haber abierto el primer cajón de mi escritorio. Haber tomado la palabra, raudal. Después regresé a la cama. Una noche más tarde, volví al cuarto de mi hermano. Esta vez. Tomé la
obligación.
(Del lat. obligatĭo, -ōnis).
1. f. Aquello que alguien está obligado a hacer.
2. f. Imposición o exigencia moral que debe regir la voluntad libre.
3. f. pl. Familia que cada uno tiene que mantener, y particularmente la de los hijos y parientes. Estar cargado de obligaciones.

Esa palabra la conocía, pero realmente no importaba. Sólo la tomé. Guardé la obligación. en el primer cajón de mi escritorio, y la navaja en el segundo. Volví a dormir. Eso debí hacer. A la mañana siguiente, estaba seguro que mi hermano no era el mismo. No lo era, yo sé que no. Lo podía leer en él. Mi madre no dijo nada, mi padre tampoco. Creo que me dijeron algo a mí. Eso no importa, no lo recuerdo bien. Tal vez lo imaginé. Pero Caín había cambiado.
No entendía que pasaba. Me ahogaba aquel aire de rareza que envolvía su habitación y que sentía donde quiera que fuese con él. Cambiaba, no lo podía dudar, pero no podía entender por qué. El misterio que ceñía la rareza de mi hermano era vil, terrible. Me escupía ácido en los ojos, no me dejaba ver las cosas con claridad. De pronto ni siquiera mis ratos con él eran claros, todo era confuso, inestable. Dos palabras. ¿Por qué?
Una semana después, tomé la navaja. En aquella ocasión me llevé la
risa.
(De riso).
1. f. Movimiento de la boca y otras partes del rostro, que demuestra alegría.
2. f. Voz o sonido que acompaña a la risa.
3. f. Lo que mueve a reír.

Y el patrón continuó. Mi hermano estaba cada vez más inquieto. Dije que nunca habló. Tal vez mentí. Él me gritaba. No necesitaba abrir la boca para hacerlo, no era necesario que me mirase a los ojos. Yo sabía que gritaba. Algo estaba cambiando, algo ocurría con él. Y leía. Leía El Diccionario. Siempre.
Varias noches fui y le robé palabras. Aún las conservo, en el primer cajón de mi escritorio. No importa que no sea el mismo cuarto. Que no sea la misma casa. Están en el primer cajón de mi escritorio. La navaja en el segundo.
Le robé un monosílabo, lo insuficiente, el filo, lo erróneo, el árbol, el orden, la realidad, el rey, la vida.
Podría haber continuado hasta terminar con todo El Diccionario. Podría haber continuado hasta el punto en que Caín cambiara tanto que se volviera irreconocible como aquel decrépito ser que veía en la cama junto al Diccionario todas las noches que robaba una palabra. Pero Caín murió.
Y ya no le pude robar más palabras.
No lo entendí hasta muchos años después. Una noche, me levanté y abrí el primer cajón de mi escritorio. Fue entonces cuando todo quedó claro. Diría que me sorprendió. Que el shock de un descubrimiento muy esperado despertó algo en mí, y lloré como no lo había hecho en el funeral de mi hermano, o al pie de su cama cuando el grito de mi madre me despertó aquel día. Pero no recuerdo haberlo hecho. No debió ser así. Simplemente había completado el misterio.
Tal vez por eso aún guardo sus palabras. Y aún tengo El Diccionario. Desde la muerte de Caín, decidí llevarlo conmigo a donde quiera que fuese. A veces lo abro, pero no lo leo. Suelo buscar las páginas cortadas, recordar la palabra que va en cada lugar.

lunes, 10 de enero de 2011

Juegos fónicos y tazas de café

Hoy es el día. Hoy escribiré una historia, una historia sobre… un hombre. Se llamará… Demian. No… ¿Adrián?… da igual, de mil nombres más tarde alguno le deberá quedar pero si no escribo la idea ahora podría olvidarla, no, no quiero eso, olvidar no, será mejor que me ponga a trabajar.

Afilando el lápiz nuevo, Demian trató de mentalizarse para la titánica tarea (Juego fónico, ¿queda bien?) que le esperaba, observando las hojas de papel blancas vírgenes sentadas en sobre su escritorio.

Café. Un poco de café no hará daño… sólo tengo que ir por la taza a la cocina y podré continuar enseguida. Enseguida.

Las miró intensamente, como esperando que se escribieran solas (…) solas si veían el desesperado deseo (¿Otro juego?) detrás (... Bueno, no creo ése que le haga mucho daño al texto) de sus desoladas (Es demasiado) pupilas azules. Pero por más que suplicó, nadie ninguna fuerza sobrenatural divina acudió a su auxilio. Tallándose los cansados ojos en un vano intento por mejorar  su ya perdida visión --Caso perdido, desde luego--,

Esto parece ir prolongándose demasiado, al paso que va el lector estará dormido antes de que… Demian ó Adrián ó… el personaje… tome el mentado lápiz. Veamos…

            dejó escapar un suspiro de frustración cansado.
Basta, que sólo prolongo lo inevitable, dijo el pobre poeta (No…) escritor, Debo empezar ya, o no terminaré jamás ahora, en este instante. Decidido, Demian  se lanzó hacia el lápiz con un gesto tan exagerado que lanzó el lápiz  (error de principiante) que éste rebotó frenéticamente por la mesa antes de caer al suelo, resonando el malévolo (¿?) sonido resonando con un terrible (¿Exagerado?) en la pequeña prisión (Tengo un problema con estos juegos fónicos) en que se había encerrado el artista.

Esto no tiene caso, la historia no avanza. Debería dormir, tal vez es la falta de sueño o quizá simplemente no es el momento… Ahora hasta parece que las musas se han vuelto putas y le cobran a uno la hora. Desgraciado bloqueo de escritor… pero debo terminar la historia. Necesito terminar la historia. Debo terminar… debo terminar

Aquel mudo grito lo hizo volver en sí despertar de entre sus fantasías su mundo  estupor y la realidad lo tacleó sin piedad misericordia. Sin más preámbulos cogió el lápiz, y se dedicó a escribir. Escribió sobre un hombre, sí, un hombre que vivía

desesperado ausente en su propio mundo frustrado conmigo mismo porque el alquiler sube y mis ideas se escabullen como sucias ratas traidoras cuando más las necesito porque sufro vivo
           
de escribir. Cuentos, novelas, poemas, cualquier mierda que pasaba por su cabeza y así se ganaba la vida, era un hombre enfermo que hace demasiado tiempo había dejado de inventarse una vida historias, las historias lo habían

inventado y hecho su esclavo mensajero mesías traductor. Rebajado a un triste traductor (un puto juego de palabras más vale madres), traductor de las ideas… esas voces… pero debo terminar la historia. Necesito terminar la historia, debo termina

lunes, 3 de enero de 2011

Terra Invisible

Introducción para un nuevo blog (con una idea similar a la de la Barra Lateral de aquí): http://www.terrainvisible.blogspot.com
***
Entre sus manos yacía su única herencia de un padre bibliófilo con tan pocos tornillos como centavos. El pergamino parecía antiguo, de cuántos años no sabría decir. Era de un color marrón muy oscuro y parecía manchado con rayas de tinta por todo lo largo. Era tan patético que lo consideraba un desperdicio tanto de papel como de tinta; la última gran muestra de locura de su progenitor, seguramente.

Tantos libros en la cabeza, tanta tinta acumulada en el índice por haber recorrido kilómetros de líneas escritas, tanta hambre que dejó de sentirla, el muy desgraciado, dejándosela toda a él.

Leer entre líneas era especialidad suya, y estaba seguro de que esta era la forma que su padre había escogido para reírse en su cara.

Cansado, padeciendo una furia fría encima del hambre y la sed, dejó el trozo de pergamino en la oxidada banca del parque; se marchó para no volver jamás, sin mirar atrás ni una sola vez.

Una pena saber leer entre líneas cuando no se sabe leerlas.

Se quedó entonces aquel tesoro muy bien enterrado en sí mismo, con miles de letras apretadas, formando palabras, formando oraciones, formando textos únicos. Lo mejor de la biblioteca mental de su padre meticulosamente escrito en los treinta centímetros cuadrados del único pergamino que poseía.

sábado, 1 de enero de 2011

Quisiera poder gritar.
Quisiera poder llorar,
correr,
golpear                                                 ciegamente.
Pero mi cuerpo es demasiado débil.

Quisiera poder pensar.
Quisiera poder componer,
escribir,
conocer la ciencia.
Pero mi mente es demasiado limitada.

Quisiera poder sentir.
Quisiera poder odiar,
entristecerme,
ciegamente                                                             amar.
Pero mi alma es demasiado cobarde.

Quisiera poder ser feliz.
Quisiera poder gritar,
pensar,
sentir.
Pero me he enterrado bajo un mazo.

Joto                        Reina                        Diez de picas
            Rey                        Ocho de diamantes
                        Yo.
Superyó                                    Ello

Escucho tu voz
Me llamas                                                a lo lejos.
No lo haces.
¿Quién                        me librará
de mí mismo?

Quisiera poder vivir.
Quisiera poder salir,
reírme,
besarte                                                ciegamente.
Pero alguien ha usurpado mi ser.

Tejiéndome,                                                 la sombra
a mis propios pies.
¿Quién                        me librará
                                                            de mí mismo?
Extiende mis alas.
Déjame huir.
                                                            escapar
                        de mí.

Minotauro                        En el laberinto.
Las ruecas han sido                                     quemadas,
el algodón muere marchito.
Las ovejas las devora                        el Lobo.
            ¿Quién            me prestará
                                                            el hilo?

Perdido.
Perdido.
EN
                                                            EL
            LABERINTO
                                    DE
                                                MIS
            PROPIOS
                                                            PENSAMIENTOS.
Perdido.
Perdido.
                                                                        Esperando.