Repentinamente
nazco del mundo de las ideas. Pienso, luego no existo. Es ése instante, esa
fracción de segundo en la que paso del subconsciente al consciente el que más
me asombraría, de no ser porque aún tengo el humo de Morfeo en la cabeza.
También es en ese momento, o en el momento que le sigue, cuando no sé qué hora
es. Podría aferrarme al reloj en mi muñeca para que me diga la hora, pero mi
cuerpo está demasiado lejos. Lo busco con terquedad, con desesperación, con
pánico, y aterrizo en las sábanas, en la cama, en la habitación eterna.
Entonces
una voz rasposa comienza a contarme la misma historia de siempre.
Cuando era niño no creía en Dios. Nunca me
pregunté nada sobre él por una simple
razón: no se puede comprobar que existe. Por otro lado, había llegado a mis
propias conclusiones en temas más importantes y trataba de aferrarme a mi lista
personal de creencias.
Creía, por ejemplo, que los árboles y las
casa viejas de la calle se movían cuando yo pasaba, y siempre iban para atrás.
Un día en que puse a prueba mi idea (porque sería muy tonto creer en algo que
no puedes probar), me asustó darme cuenta de que yo no me movía. Nunca me había
movido y era la primera vez que lo notaba.
Las cercas oxidadas, los pedazos de botellas
rotas en el asfalto, los cadáveres metálicos de los carros, todos se movían
hacia atrás pero yo, yo estaba inmóvil frente a este paisaje corredizo. Apenas
si podía mover mi pierna medio metro antes de que la banda transportadora de
asfalto se pusiera en movimiento. Entonces me entraron unas ganas enormes de
vomitar y mis ojos comenzaron a inundarse, pero sabía que no debía de llorar,
no podía llorar, sólo las niñas y los niños inútiles y los niños estúpidos
lloraban.
Por poco y me convencí de que era lo
suficientemente inútil como para llorar un poquito, aunque fueran unas dos o
tres lágrimas, pero antes de hacerlo me dije que por lo menos yo no iba para
atrás, porque, ¿qué puede haber más inútil que ir para atrás? Entendí que tal
vez hasta era inmortal, que mientras el resto de las cosas irían hacia atrás
inevitablemente yo siempre estaría ahí, viéndolas pasar.
También tenía otra creencia muy importante,
una que nunca nadie pudo desmentir. Estaba completamente seguro de que, al
cerrar mis ojos, cerraba la puerta que llevaba al mundo exterior. Cuando me
mareaba mucho ver las paredes que corrían, cerraba los ojos y ya no había
paredes, ni árboles, ni carros. Era el único lugar en el que nada se movía. Era
mi casa, aunque no tuviera un tapete que dijera “Bienvenido”. Traté de hacer
uno yo, con muchos colores, pero cuando cerré los ojos me di cuenta de que lo
había dejado afuera.
Una noche descubrí que no todo se quedaba
afuera de mi casa. Tenía mucha hambre, la puerta de la cocina venía hacia mí;
con algo de suerte podría encontrar algo de comer. Entonces me di cuenta de que
había voces gritando adentro. Sabía que sería mejor no entrar, pero el suelo no
me obedecía y me llevó hasta la puerta amarilla.
Ahí estaban ellos, yo ya lo sabía. No veía
ninguna forma de conseguir algo de comer sin que me vieran. Los gritos se
hicieron más fuertes, ya no cabían en sus bocas así que se movieron a sus
brazos y sus pies, diluidos en el torrente sanguíneo, que tenía todas esas
carreteras que venían en mi libro de la escuela. No me gustaba ver cuando los
gritos hacían eso. Se movían muy rápido y sacudían sus pies y sus manos muy
fuerte y saltaban de uno al otro dejando manchas rojas y moradas en los lugares
por donde habían entrado al cuerpo del otro.
Cuando él me volteó a ver me di cuenta de que
había llorado. Como una niña, como un niño inútil, como un niño estúpido. Traté
de pedir perdón, no había querido llorar, no me había dado cuenta, perdón,
perdón, pero él se movía hacia mí, se movía y arrastraba ese olor, el olor a
gritos que venía en botellas de vidrio.
Venía y yo no me podía mover. Las paredes
corrían y gritaban y él también y yo no me podía mover porque era inmortal y me
iba a quedar donde mismo toda mi vida. Entonces quise irme a casa, y cerré la
puerta, y se fue.
Tenía miedo de que entrara pero nadie más que
yo podía entrar a mi casa. Sentí a los gritos golpeando la puerta y supe que mi
casa era una casa de tela. Él estaba enojado porque no había podido entrar y
porque yo había llorado, y ahora quería destruir mi casa, como el Lobo Feroz
del cuento. Pero mi casa no era de ladrillos y la rompió a golpes.
Así me di cuenta de que necesitaba
una casa de
ladrillos, donde los gritos no pudieran entrar.
Construirla fue más
difícil de lo que pensé,
nada como el Hermano Mayor que construyó
la suya en
dos páginas. En las mañanas dolía
mucho, a veces me
quedaban las marcas rojas
y moradas de los gritos. Al final logré terminar
mi
casa, una tan resistente que ni el Lobo Feroz
ni los gritos de él podían pasar, por
más que siguieran dejando marcas.
Ahora
abro los ojos y el mundo ya no se mueve. No veo los árboles podridos, ni los
cadáveres de los autos quemándose bajo el sol, ni las casas viejas. Están las
sábanas y la cama y el cuarto eterno en mi casa eterna.
Ahora
me pregunto si fue una buena idea cerrar la puerta con llave. No lo hice yo,
otros lo hicieron por mí y como soy inmortal no pude hacerme a un lado.
Cerraron la puerta con llave, desde afuera.
Imagino
que de niño habría sido feliz, descansando en casa todo el día. Pero ahora me
pregunto qué tanto podré descansar en una habitación eternamente negra.