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joto y reina se toman de las manos

el rey empuña siete espadas

ocho bastos golpean as de corazones

y el viento derrumba lo que ahora ya no importa

***

El arlequín sonríe con tinta desde el cartón

domingo, 13 de mayo de 2012

La casa negra


Repentinamente nazco del mundo de las ideas. Pienso, luego no existo. Es ése instante, esa fracción de segundo en la que paso del subconsciente al consciente el que más me asombraría, de no ser porque aún tengo el humo de Morfeo en la cabeza. También es en ese momento, o en el momento que le sigue, cuando no sé qué hora es. Podría aferrarme al reloj en mi muñeca para que me diga la hora, pero mi cuerpo está demasiado lejos. Lo busco con terquedad, con desesperación, con pánico, y aterrizo en las sábanas, en la cama, en la habitación eterna.
Entonces una voz rasposa comienza a contarme la misma historia de siempre.

Cuando era niño no creía en Dios. Nunca me pregunté nada sobre él por una  simple razón: no se puede comprobar que existe. Por otro lado, había llegado a mis propias conclusiones en temas más importantes y trataba de aferrarme a mi lista personal de creencias.
Creía, por ejemplo, que los árboles y las casa viejas de la calle se movían cuando yo pasaba, y siempre iban para atrás. Un día en que puse a prueba mi idea (porque sería muy tonto creer en algo que no puedes probar), me asustó darme cuenta de que yo no me movía. Nunca me había movido y era la primera vez que lo notaba.
Las cercas oxidadas, los pedazos de botellas rotas en el asfalto, los cadáveres metálicos de los carros, todos se movían hacia atrás pero yo, yo estaba inmóvil frente a este paisaje corredizo. Apenas si podía mover mi pierna medio metro antes de que la banda transportadora de asfalto se pusiera en movimiento. Entonces me entraron unas ganas enormes de vomitar y mis ojos comenzaron a inundarse, pero sabía que no debía de llorar, no podía llorar, sólo las niñas y los niños inútiles y los niños estúpidos lloraban.
Por poco y me convencí de que era lo suficientemente inútil como para llorar un poquito, aunque fueran unas dos o tres lágrimas, pero antes de hacerlo me dije que por lo menos yo no iba para atrás, porque, ¿qué puede haber más inútil que ir para atrás? Entendí que tal vez hasta era inmortal, que mientras el resto de las cosas irían hacia atrás inevitablemente yo siempre estaría ahí, viéndolas pasar.

También tenía otra creencia muy importante, una que nunca nadie pudo desmentir. Estaba completamente seguro de que, al cerrar mis ojos, cerraba la puerta que llevaba al mundo exterior. Cuando me mareaba mucho ver las paredes que corrían, cerraba los ojos y ya no había paredes, ni árboles, ni carros. Era el único lugar en el que nada se movía. Era mi casa, aunque no tuviera un tapete que dijera “Bienvenido”. Traté de hacer uno yo, con muchos colores, pero cuando cerré los ojos me di cuenta de que lo había dejado afuera.
Una noche descubrí que no todo se quedaba afuera de mi casa. Tenía mucha hambre, la puerta de la cocina venía hacia mí; con algo de suerte podría encontrar algo de comer. Entonces me di cuenta de que había voces gritando adentro. Sabía que sería mejor no entrar, pero el suelo no me obedecía y me llevó hasta la puerta amarilla.
Ahí estaban ellos, yo ya lo sabía. No veía ninguna forma de conseguir algo de comer sin que me vieran. Los gritos se hicieron más fuertes, ya no cabían en sus bocas así que se movieron a sus brazos y sus pies, diluidos en el torrente sanguíneo, que tenía todas esas carreteras que venían en mi libro de la escuela. No me gustaba ver cuando los gritos hacían eso. Se movían muy rápido y sacudían sus pies y sus manos muy fuerte y saltaban de uno al otro dejando manchas rojas y moradas en los lugares por donde habían entrado al cuerpo del otro.
Cuando él me volteó a ver me di cuenta de que había llorado. Como una niña, como un niño inútil, como un niño estúpido. Traté de pedir perdón, no había querido llorar, no me había dado cuenta, perdón, perdón, pero él se movía hacia mí, se movía y arrastraba ese olor, el olor a gritos que venía en botellas de vidrio.
Venía y yo no me podía mover. Las paredes corrían y gritaban y él también y yo no me podía mover porque era inmortal y me iba a quedar donde mismo toda mi vida. Entonces quise irme a casa, y cerré la puerta, y se fue.
Tenía miedo de que entrara pero nadie más que yo podía entrar a mi casa. Sentí a los gritos golpeando la puerta y supe que mi casa era una casa de tela. Él estaba enojado porque no había podido entrar y porque yo había llorado, y ahora quería destruir mi casa, como el Lobo Feroz del cuento. Pero mi casa no era de ladrillos y la rompió a golpes.
           Así me di cuenta de que necesitaba una casa de 
          ladrillos, donde los gritos no pudieran entrar. 
         Construirla fue más difícil de lo que pensé, 
        nada como el Hermano Mayor que construyó 
       la suya en dos páginas. En las mañanas dolía 
      mucho, a veces me quedaban las marcas rojas 
     y moradas de los gritos. Al final logré terminar 
   mi casa, una tan resistente que ni el Lobo Feroz 
 ni los gritos de él podían pasar, por más que siguieran dejando marcas.

Ahora abro los ojos y el mundo ya no se mueve. No veo los árboles podridos, ni los cadáveres de los autos quemándose bajo el sol, ni las casas viejas. Están las sábanas y la cama y el cuarto eterno en mi casa eterna.
Ahora me pregunto si fue una buena idea cerrar la puerta con llave. No lo hice yo, otros lo hicieron por mí y como soy inmortal no pude hacerme a un lado. Cerraron la puerta con llave, desde afuera.
Imagino que de niño habría sido feliz, descansando en casa todo el día. Pero ahora me pregunto qué tanto podré descansar en una habitación eternamente negra.