domingo, 25 de noviembre de 2012
Cera y alas
Entro a tus ojos, como todos los martes a las
6:32 de la tarde. Aún hay sol porque en nuestra tierra el sol nunca se va, así
que tus ojos se iluminan como lunas de diamante, mostrando colores que nunca
fueron inventados. Una vez en tus ojos, ya no hay nada que hacer. Soy Ícaro,
soy libre del infierno del asfalto, de la pared de ladrillo rojo, del cielo
gris. Me llevas como el mar se lleva las conchas y las algas y la arena, me
haces espuma y luego aire, alas.
Me invade el sol mientras juego con los
colores que me rodean y lo siento dentro de mis costillas, quemando las
arterias en mis pulmones. Inhalo esos colores que luego corren junto al sol en
mi pecho, y todos bajan de la mano a mi estómago, donde corretean entre mis
órganos. El sol brilla más y más, siento sus rayos en la punta de los dedos,
escondidos entre uña y carne, ahí de donde no se les puede sacar.
Y luego caigo. Del sol al cielo al mar a la
tierra ridículamente gris y dura. Quebrada, seca. Te volteas negándome el
regreso a Arcadia, entregándome nuevamente a la sombra del árbol junto a la
parada del camión, soldadito de plomo roto con las alas deshechas y cicatrices
de cera fría.
Salgo de sus ojos, como todos los martes a las
6:32 de la tarde.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


