Acerca del Blog

joto y reina se toman de las manos

el rey empuña siete espadas

ocho bastos golpean as de corazones

y el viento derrumba lo que ahora ya no importa

***

El arlequín sonríe con tinta desde el cartón

lunes, 15 de abril de 2013

Una organización funcional

“Me distrajeron los alaridos de Madmoiselle Poulette exigiendo que se le entregara lo que le correspondía y que se hiciera justicia”, dice Monsieur Loup mientras se toma una aspirina. “Por alguna razón había llegado a la conclusión de que yo tenía la culpa de que el alimento del día no hubiera llegado a los pollos, que ahora estaban en huelga. Resignado, me levanté del lugar en el que apenas llevaba unos minutos atacando el interminable papeleo para alejarme de la femme fatale. Entre más caminaba para distanciarme de aquella histeria, más fuerte y más ofendida sonaba el ave. ¿No comprendía cuál era mi intención al alejarme? No podía hacer nada por ella en el momento. Al cruzar frente al edificio central pude distinguir a Monsieur Chien acercándose cada vez más rápido. Al parecer, las ovejas se habían perdido y los conejos andaban dispersos, alimentándose del pasto de sus vecinos. Monsieur Chien estaba preocupado, no era su responsabilidad pero ¿quién podía quedarse de patas cruzadas ante tal desorganización? Yo le quería preguntar por qué venir conmigo y no con alguien que tuviera más tiempo a su disposición”, dice Monsieur Loup, “pero entonces me percaté de que había un conflicto entre perros y cerdos en la porqueriza, así que me dirigí al lugar para ver qué ocurría. Los porcinos se sentían terriblemente agraviados por la invasión de los canes, éstos estaban confundidos y no se ponían de acuerdo para explicar qué hacían ahí. Monsieur Chèvre estaba ahí, ya ni quise preguntar qué estaba haciendo. ¿Pero dónde estaba Monsieur Agneau?, eso fue lo que me pregunté, extrañado. Él sabía que no se podía dejar a los perros solos. No sé qué sucede en este lugar que nadie descansa ni está donde debería."

“Sí, recibí el informe de Monsieur Loup, vino a verme en cuanto logró sacar a los perros de la porqueriza y llevarlos a su área designada”, comenta Monsieur Agneau, “pero aquel incidente era imposible de prevenir para mí. Los Monsieurs Hibou y Chèvre tenían instrucciones claras de vigilar a los perros, y nadie me notificó a tiempo del asunto. Me dirigí a hablar con ellos enseguida. Las ovejas seguían sin aparecer y no estoy seguro de quién es el responsable, si es que lo hay. Los pollos continuaban su huelga, tampoco tenía tiempo para dedicarles a los muy delicados. ¿Dónde quedó el tiempo que faltaba? Seguramente con las ovejas. Mientras caminaba iba espantando conejos para que regresaran a su lado del césped. Ellos también saben cuál es su lugar, no entiendo por qué hay tanta insubordinación aquí”, dice Monsieur Agneau encogiéndose de hombros, “tan sencillo como que cada uno haga lo que le corresponde. Por ningún lado vi yo a Monsieur Chèvre, que debería de encontrarse cerca del granero, por donde, curiosamente, andaba un toro. Ahuyentando conejos fui a dar con Monsieur Hibou, que había bajado de su oficina en el roble 3 para hablar con un grupo de aquellos peludos insurrectos.”

“Monsieur Agneau me preguntó qué era lo que estaba haciendo fuera de mi oficina”, narra Monsieur Hibou, “yo le expliqué que hacía mi trabajo. Había bajado a hablar con los conejos, que tuvieron un desacuerdo respecto a la cantidad de pasto que merecía cada uno, cuándo y dónde deberían de comer. En vez de llegar a una solución común habían decidido dispersarse. Así son los conejos, prefieren evitar llevar las discusiones a mayores y las arreglan como pueden”, explica con calma Monsieur Hibou, “pero no podía dejarlos invadir otros sectores que no les correspondían, así que decidí intervenir en el asunto, era lo más adecuado. Después de mediar una larga negociación entre conejos, que además se demoró porque muchos andaban ya del otro lado del terreno y tardaron en ponerse al tanto, llegaron a la conclusión de que hace falta una organización más minuciosa y efectiva impuesta por los ejecutivos, además de un buzón de sugerencias y una oficina que se encargue específicamente de solucionar problemas como éste. Había quedado Monsieur Chèvre a cargo de la vigilancia desde su puesto frente al granero, pero a mitad del debate pasó por aquí y me dijo que un lechón histérico había ido a buscarlo porque tenían una crisis en la porqueriza, que iría a calmarlos. Naturalmente, no podía abandonar a los conejos a esas alturas del debate o nunca se pondrían de acuerdo. Monsieur Chèvre alcanzó a ponerse al tanto del conflicto de la distribución del pasto, estuvo de acuerdo con nosotros en que hay serios problemas de organización y que es necesario pedirle a Monsieur Tortue que tome en consideración las propuestas de los conejos. De las ovejas no tuve noticias, estaban ahí antes de que empezaran los problemas con los conejos, y una vez que me ocupé con ellos, ¿qué podía hacer? Sólo tengo un par de ojos y de alas. En cuanto terminé de explicarle a Monsieur Agneau todo esto, pedí a un grupo de conejos que fueran con Monsieur Tortue para exponerle lo ya mencionado, y eso fue todo.”

“Llevaba tres horas frente al gallinero cuando llegaron los conejos a decirme algo sobre una propuesta relacionada con el establecimiento de horarios, un buzón de sugerencias y algo sobre la resolución de problemas”, dice Monsieur Tortue, cansado, “pero los encargados de negociar la viabilidad de las propuestas eran los pollos, que estaban en huelga. Además, en ese momento enfrentaba una situación más grave y no podía atenderlos personalmente, lo mismo pasó cuando Monsieur Chien vino a preguntarme por las ovejas. Después de asegurarles que en cuanto tuviera un minúsculo espacio disponible o la asociación de pollos abandonara la huelga les mandaría llamar, continué mi diálogo con el toro. Por fin accedió a regresar a su lugar una vez que hubo expuesto sus demandas y la razón detrás de su inconformidad con el espacio designado para la población bovina. Sin embargo, la puerta del granero continuaba cerrada por dentro y Monsieur Chèvre no se asomaba por los alrededores. Hubiera podido intentar forzarla, pero mi anatomía claramente me lo impide”, suspira Monsieur Tortue. “No tenía manera de sacar a los caballos que se habían refugiado ahí al ver al toro acercarse. Esto no me hubiera preocupado tanto si se tratara de alguna bodega cualquiera, pero estamos hablando del granero; los pollos llevaban todo el día sin recibir su ración alimentaria y precisamente por eso estaban en huelga. Madmoiselle Poulette ya había pasado en varias ocasiones para ver si había alguna mejora en la situación. Se encontraba indignada, y con justa razón, debo admitir, por la ineficiencia con la que estaba siendo tratado el problema. Se fue a buscar a Monsieur Loup, encargado de la repartición de alimentos. Iba a decirle que no tenía mucho sentido reclamarle a Monsieur Loup, pero ya se había retirado. De cualquier forma, ¿a quién había que culpar? Si me dicen ahora que Monsieur Chèvre estaba atendiendo otro asunto urgente, que todos los demás estaban ocupados resolviendo problemas de gran relevancia”, razona Monsieur Tortue, “entonces la empresa está trabajando tal y como debería, ¿no?”

por Lupus Ignis

Morituri te salutamus

Otra vez tarde. Pero ni que fuera una novedad, piensa amargamente, siempre va tarde. Se acerca un R-203 tambaleándose de forma lastimera y no le queda de otra más que subir mientras se faja la camisa arrugada. No hubo tiempo para planchar, ni para buscar el saco o los trabajos que había que entregar hoy; pero bueno, ¿qué es un día más de retraso? El camión va lleno y no quedan lugares. Fabuloso. El aire caliente de una mañana vigilada por el sol se mezcla con el aroma a sudor, a jabón y a perfume. Se peina con la mano en un triste intento de conservar su dignidad pero lo detiene un cuerpo sólido que impacta con su codo. La muchacha agredida da un pequeño brinco y él no puede evitar la disculpa avergonzada que se le sale de entre los labios. Sus ojos se quedan en la muchacha: joven, sin mucha gracia pero bonita, una enfermera, si el uniforme no es disfraz. Y qué buenas nalgas, piensa, nada como para felicitar a sus padres pero tampoco menospreciables.
Suena la alarma de su reloj de muñeca, sentenciándolo a llegar tarde a la primera clase de nuevo. El tercer retraso de la semana, se recuerda y se recrimina, a este paso van a terminar poniéndole falta y descontándole algo en la próxima quincena. A toda madre. Se consuela observando el trasero de la pobre enfermera oscilar con el tope que se pasa de largo el chofer, y se permite una sonrisa cínica. Ésta no dura mucho, un mocoso se levanta y le ofrece su lugar a la mujer. Ah, los valores, se le va la vida tratando de meterlos en cabezas que hacen eco de tan vacías y sólo aparecen cuando no los necesita. Una sacudida le corta de tajo la línea de pensamiento envenenada, le dan ganas de gritar. ¿Qué rayos hace el conductor? ¿Se está deteniendo en medio de la calle? Hay pendejos a los que se les debería de prohibir trabajar en los servicios públicos.

Apenas si le han querido dar un adelanto de un mes y ha tardado más de lo esperado. El aire frío de la madrugada quema sus pulmones y su garganta, reavivando el fuego en donde sólo quedaban cicatrices de gritos muertos. No puede dejar de correr, no debe dejar de moverse, es lo que la adrenalina le grita a su cerebro. El familiar camión rojo se pone en movimiento y entonces las pantorrillas se le hacen piedra con el esfuerzo supremo que requiere el alcanzarlo. Se cuelga de la puerta de atrás y ya no hay más opción que dejarlo subir en la siguiente parada, él lo sabe. Con un gesto de cabeza agradece al hombre al volante que ni lo mira. El camión está a punto de estallar, pero igual encuentra un lugar recién despejado y se derrumba, exhausto.
Todavía puede sentir el lado izquierdo de su cara hirviendo, trata de ignorarlo. Hoy es diferente, piensa, hoy cayó la gota que derramó el vaso y ya no queda espacio para aguantar a nadie. Nervioso, busca en el pantalón los billetes que ha estado ahorrando para la huida. Fue difícil, él siempre quiere quitarle toda la paga, que de por sí no es mucha. Tuvo que hacer horas extra a costa de la escuela para ganarse su libertad. El camión se detiene junto a un anuncio de los nuevos candidatos a la presidencia. ¿Libertad? ¿Libertad de qué? ¿De pasar de una jaula a otra más grande? Se acuerda de aquella frase de ‘Papá Gobierno y Madre Patria’. ¿Entonces era la misma historia? ¿El Gobierno también se creía Dios y golpeaba a la Patria como si fuese una miserable? El desprecio le dejaba un sabor amargo en la boca que se mezclaba con el dejo metálico de la sangre. Sabía que iba a quedarle una marca en el lado izquierdo de la cara, nunca dolía así sin dejar marca.
Una sacudida inesperada lo hace voltear. Había entrado una mujer de uniforme blanco con la mirada nerviosa, seguida de un hombre. Esos ojos grandes y asustados le recordaron a otra mujer que vestía de blanco y a quien había traicionado dejándola atrás, a merced del bastardo que se creía dueño de ellos dos. Automáticamente le cedió su lugar, ignorando las quejas de sus piernas ya bastante abusadas para ser tan temprano.

El motor ruge mientras la ciudad bosteza y abre los ojos sólo para darse cuenta de que ya los caminos están infestados de animales oxidados, un mar de metal que se mueve lentamente. No le han querido dar ni una semana para el luto y muy apenas las forzadas condolencias por haber pasado un mal rato. Un mal rato, piensa, no tiene idea el hijo de su chingada madre. Hace la parada y se sube un hombre con una mochila deportiva que deja junto a la palanca de cambios. Nervioso, lo ve y se pregunta si será o no será el contacto; cuando el hombre lo mira con esos ojos como hierros al rojo vivo, lo sabe: falta poco. Cinco paradas después de que se baje, le dijeron, sólo cinco paradas y ya, no tiene que hacer nada más. Nunca más. A fin de cuentas, no era su culpa que todo se hubiera ido a la chingada, no merecía nada de lo que le había pasado. Su niña, su princesa, ¿ella qué culpa tenía?, si apenas había aprendido a bailar... otra vez aparecía aquel vacío terrible que se expandía como un tumor de su estómago hasta sus pulmones. Pero ellos habían prometido vengarla. Vengarla, a cambio de un favor.
Cinco paradas… en la siguiente calle no espera nadie más que un muchacho y un hombre con una niña en la mano, una niña que se aferra a su papá como si se le fuera el alma en eso. No, no puede, ella no… su princesa, su ángel, piensa, ella lo quería mucho, ¿verdad?, también se agarraba así de su brazo. El olor a muerte se le escapa por la boca mientras los recuerdos lo hacen temblar; cierra los ojos y pasa de largo la parada sin importarle las protestas del hombre con la niña y de otros tantos que iban a bajar. El muchacho corre y alcanza el camión. ¿Qué más da? No tienen idea de lo que es la vida, piensa, son como títeres de la rutina, que quieren bajar o subir antes de tiempo sin saber ni para donde van. Aquí, en este lugar tan manchado de sangre que ya ni se ven los charcos que dejan los recién asesinados, ¿a quién le va importar lo que le hicieron a su princesa? ¿A quién le va a importar si el chofer se salta una parada y deja atrás a un hombre y a una niña? ¿A quién le va a importar si faltan dos cuadras para que el camión estalle en medio de la avenida más transitada? El tiempo se lo tragan estas preguntas. Apenas si se da cuenta de que llega al lugar y frena. Ya es tarde.

por Lupus Ignis

Niña


Mírala, mírala como duerme, como cierra los ojos y para los labios, como se hace pequeña entre las sábanas de la cama.
Luego cuando está despierta no da tregua. Se levanta y entorna sus ojitos, y frunce los labios, pone su cara de niña grande, de niña decidida a jugar un juego que no entiende y que no puede ganar. Y así, lista para la guerra, así me mira y no se qué decirle, o mejor dicho, no sé por donde empezar a explicarle las reglas, que el juego es largo y cansado, que el juego es en realidad una trampa, que ya estoy hasta las bolas de jugarlo. Y mientras yo hablo ella me mira muy atenta, tratando de absorber, de memorizar cada palabra para el examen sorpresa. Pero después de un rato no se me acaban los años que explicar y sus ojos brillantes se enturbian, sus cejas se juntan poco a poco y comienza a ladear la cabeza. No lo dice pero se aburre, se cansa y envejece sólo con escucharme. Quiere jugar un juego que ya está empezado.
Entonces hago una mueca y la veo con ojos de pregunta. La miro y ella enseguida ve la culpa y el fastidio en mi mirada y entonces es como si la atravesara un relámpago. La niña se sienta erguida, abre sus ojos redondos, se aferra a mis brazos, por más que me arrepiento con la mirada ella se aprieta contra mí, me encierra con sus piernas largas y golpea sus labios contra mi boca. Y pone toda su alma en jugar, copia lo que ha visto y lo que ve que hago yo, se niega a separarse, me hace un berrinche con su cuerpo. Y yo, yo no la suelto, cedo frente a la sed de sus labios, me aferro a su cuerpo con las fuerzas que me presta; dejo de pensarla, dejo de mirarla y ahora la veo, la disfruto, me la como con las manos. Y así seguimos hasta agotar nuestras fuerzas, yo para hacerla a un lado, ella para resistirse. Tal es el baile que bailamos, el juego que jugamos sin querer, sin haberlo planeado.
Ella juega a que entiende lo que hace y yo a que sé lo que le digo. Entonces me despierto y la veo dormir, de nuevo diminuta, a mi lado. Esa mi niña, mi pobre niña.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Coleccionista

He visto tus ojos mirándome en silencio, deslumbrantes.
Los he visto también cargados de deseo y de intención.
Me ha tocado observarles muy de cerca, cuando por accidente ambos nos miramos durante un beso.

Pero sólo una vez te he visto con los ojos fuertemente cerrados, tu boca entreabierta, ahogada en el más oscuro y feliz de nuestros secretos.
Y sólo una vez he visto tu rostro relajado, sin pensamiento o preocupación alguna, mientras sin duda te perdías en el buen cansancio.

Estos recuerdos tengo de tus ojos, y los guardo celosamente.
Sólo descanso de recordarte para verte, y vivir un momento más que he de revivir siempre.
No me pidas que te mire.
No me mires.
Como el reflejo que se quiebra y se deshace al atravesar la delicada piel del agua, el universo se quiebra al pasar a través del cristalino; se pierde en la pupila eterna. Desaparece.
Si me miras tus ojos me llaman. Me sé absorbida, devorada, y temo perderme también del otro lado del espejo de tu pupila.
No me pidas que me entregue a la oscuridad tuya, que me quiebre y sea sin saber del otro lado del cristalino.
Si lo hago nunca sabré mi desenlace.
Daniel cae de nuevo en el asiento del carro, desliza el cinturón de seguridad a través de su pecho y con el chasquido del seguro llega ese instante de vacío en que su estómago se aferra a sus huesos y su cabeza parece desaparecer.
Sus manos son ajenas y ajenos son también los pulmones que no respiran. En ese instante Daniel duda, y por dudar sabe.
Se sabe viejo y eterno, se sabe un grano de arena más en el reloj sin fondo del Tiempo, una escama más en la piel de la Muerte.
Es el momento en el que Daniel no es Daniel, es aire y ausencia y sangre y luz.
El mundo implota y sus cenizas caben bajo la uña de su dedo anular.

Luego enciende el auto y aprieta con fuerza el volante mientras pone reversa.
Las hojas rojas caen como gotas de sangre.
Así quiero que sea mi sangre; ligera, de un rojo deslumbrante.
Quiero sangre fría y leve, sangre que se la lleve el viento, sangre que imponga un aire majestuoso sin caer en la vulgaridad de lo pesado.
Mis problemas llegarán cuando llegue el invierno y no haya más sangre que derramar. Cuando quede desnuda, fría, sola, como los árboles. En un estado de muerte en vida.
Mi problema es esa prolongada soledad en que caeré.
Y la duda.
También en eso tendré que ser como los árboles: siempre paciente, estática, eterna. Si no tengo la fuerza sé que la duda me corroerá lentamente, rama por rama.
La eterna duda de si volverán a crecer y a caer las hojas o si este ha sido mi último otoño.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Cera y alas

Entro a tus ojos, como todos los martes a las 6:32 de la tarde. Aún hay sol porque en nuestra tierra el sol nunca se va, así que tus ojos se iluminan como lunas de diamante, mostrando colores que nunca fueron inventados. Una vez en tus ojos, ya no hay nada que hacer. Soy Ícaro, soy libre del infierno del asfalto, de la pared de ladrillo rojo, del cielo gris. Me llevas como el mar se lleva las conchas y las algas y la arena, me haces espuma y luego aire, alas.
Me invade el sol mientras juego con los colores que me rodean y lo siento dentro de mis costillas, quemando las arterias en mis pulmones. Inhalo esos colores que luego corren junto al sol en mi pecho, y todos bajan de la mano a mi estómago, donde corretean entre mis órganos. El sol brilla más y más, siento sus rayos en la punta de los dedos, escondidos entre uña y carne, ahí de donde no se les puede sacar.
Y luego caigo. Del sol al cielo al mar a la tierra ridículamente gris y dura. Quebrada, seca. Te volteas negándome el regreso a Arcadia, entregándome nuevamente a la sombra del árbol junto a la parada del camión, soldadito de plomo roto con las alas deshechas y cicatrices de cera fría.
Salgo de sus ojos, como todos los martes a las 6:32 de la tarde.
Te siento verme y me sé creada.
Soy deseo y caos
El brillo en esas pupilas
tu mirada eterna
Nunca antes había existido.
Ahora soy sin pensar
porque tú me piensas.

Me ves y me construyes
Escultor, artista del deseo
Yo, mujer de arcilla
Me sé modelada por tu mirada
No soy mujer sin tus ojos.

lunes, 23 de julio de 2012

Cuando Adán y Eva probaron el fruto prohibido, la evolución les dio el regalo de la memoria para que pudiesen crecer y reinar al resto de los animales ahora salvajes. 

La memoria es el peso del hombre como individuo y del ser humano como especie. La memoria es la vida infinita que arrastramos a través del desierto del tiempo. 

Nuestro pecado fue olvidar. 
Nuestro castigo, recordar. 

Por los siglos de los siglos.

domingo, 13 de mayo de 2012

La casa negra


Repentinamente nazco del mundo de las ideas. Pienso, luego no existo. Es ése instante, esa fracción de segundo en la que paso del subconsciente al consciente el que más me asombraría, de no ser porque aún tengo el humo de Morfeo en la cabeza. También es en ese momento, o en el momento que le sigue, cuando no sé qué hora es. Podría aferrarme al reloj en mi muñeca para que me diga la hora, pero mi cuerpo está demasiado lejos. Lo busco con terquedad, con desesperación, con pánico, y aterrizo en las sábanas, en la cama, en la habitación eterna.
Entonces una voz rasposa comienza a contarme la misma historia de siempre.

Cuando era niño no creía en Dios. Nunca me pregunté nada sobre él por una  simple razón: no se puede comprobar que existe. Por otro lado, había llegado a mis propias conclusiones en temas más importantes y trataba de aferrarme a mi lista personal de creencias.
Creía, por ejemplo, que los árboles y las casa viejas de la calle se movían cuando yo pasaba, y siempre iban para atrás. Un día en que puse a prueba mi idea (porque sería muy tonto creer en algo que no puedes probar), me asustó darme cuenta de que yo no me movía. Nunca me había movido y era la primera vez que lo notaba.
Las cercas oxidadas, los pedazos de botellas rotas en el asfalto, los cadáveres metálicos de los carros, todos se movían hacia atrás pero yo, yo estaba inmóvil frente a este paisaje corredizo. Apenas si podía mover mi pierna medio metro antes de que la banda transportadora de asfalto se pusiera en movimiento. Entonces me entraron unas ganas enormes de vomitar y mis ojos comenzaron a inundarse, pero sabía que no debía de llorar, no podía llorar, sólo las niñas y los niños inútiles y los niños estúpidos lloraban.
Por poco y me convencí de que era lo suficientemente inútil como para llorar un poquito, aunque fueran unas dos o tres lágrimas, pero antes de hacerlo me dije que por lo menos yo no iba para atrás, porque, ¿qué puede haber más inútil que ir para atrás? Entendí que tal vez hasta era inmortal, que mientras el resto de las cosas irían hacia atrás inevitablemente yo siempre estaría ahí, viéndolas pasar.

También tenía otra creencia muy importante, una que nunca nadie pudo desmentir. Estaba completamente seguro de que, al cerrar mis ojos, cerraba la puerta que llevaba al mundo exterior. Cuando me mareaba mucho ver las paredes que corrían, cerraba los ojos y ya no había paredes, ni árboles, ni carros. Era el único lugar en el que nada se movía. Era mi casa, aunque no tuviera un tapete que dijera “Bienvenido”. Traté de hacer uno yo, con muchos colores, pero cuando cerré los ojos me di cuenta de que lo había dejado afuera.
Una noche descubrí que no todo se quedaba afuera de mi casa. Tenía mucha hambre, la puerta de la cocina venía hacia mí; con algo de suerte podría encontrar algo de comer. Entonces me di cuenta de que había voces gritando adentro. Sabía que sería mejor no entrar, pero el suelo no me obedecía y me llevó hasta la puerta amarilla.
Ahí estaban ellos, yo ya lo sabía. No veía ninguna forma de conseguir algo de comer sin que me vieran. Los gritos se hicieron más fuertes, ya no cabían en sus bocas así que se movieron a sus brazos y sus pies, diluidos en el torrente sanguíneo, que tenía todas esas carreteras que venían en mi libro de la escuela. No me gustaba ver cuando los gritos hacían eso. Se movían muy rápido y sacudían sus pies y sus manos muy fuerte y saltaban de uno al otro dejando manchas rojas y moradas en los lugares por donde habían entrado al cuerpo del otro.
Cuando él me volteó a ver me di cuenta de que había llorado. Como una niña, como un niño inútil, como un niño estúpido. Traté de pedir perdón, no había querido llorar, no me había dado cuenta, perdón, perdón, pero él se movía hacia mí, se movía y arrastraba ese olor, el olor a gritos que venía en botellas de vidrio.
Venía y yo no me podía mover. Las paredes corrían y gritaban y él también y yo no me podía mover porque era inmortal y me iba a quedar donde mismo toda mi vida. Entonces quise irme a casa, y cerré la puerta, y se fue.
Tenía miedo de que entrara pero nadie más que yo podía entrar a mi casa. Sentí a los gritos golpeando la puerta y supe que mi casa era una casa de tela. Él estaba enojado porque no había podido entrar y porque yo había llorado, y ahora quería destruir mi casa, como el Lobo Feroz del cuento. Pero mi casa no era de ladrillos y la rompió a golpes.
           Así me di cuenta de que necesitaba una casa de 
          ladrillos, donde los gritos no pudieran entrar. 
         Construirla fue más difícil de lo que pensé, 
        nada como el Hermano Mayor que construyó 
       la suya en dos páginas. En las mañanas dolía 
      mucho, a veces me quedaban las marcas rojas 
     y moradas de los gritos. Al final logré terminar 
   mi casa, una tan resistente que ni el Lobo Feroz 
 ni los gritos de él podían pasar, por más que siguieran dejando marcas.

Ahora abro los ojos y el mundo ya no se mueve. No veo los árboles podridos, ni los cadáveres de los autos quemándose bajo el sol, ni las casas viejas. Están las sábanas y la cama y el cuarto eterno en mi casa eterna.
Ahora me pregunto si fue una buena idea cerrar la puerta con llave. No lo hice yo, otros lo hicieron por mí y como soy inmortal no pude hacerme a un lado. Cerraron la puerta con llave, desde afuera.
Imagino que de niño habría sido feliz, descansando en casa todo el día. Pero ahora me pregunto qué tanto podré descansar en una habitación eternamente negra.

martes, 3 de abril de 2012


Sombras azules azotan los montes nevados. Todo blanco. Sólo se podía observar, a lo lejos, si acaso una sombra azul.
La sombra, amorfa, avanzaba lentamente a lo largo de la montaña, sin rumbo fijo ni dirección.
La sombra era una gigantesca nube de pájaros color azul cielo, que daban vueltas alrededor de sí mismos. Lentamente, como rodando, la mole de plumas y graznidos avanzaba cuesta abajo. Ráfagas azules rozaron mis hombros, mis oídos, mi cabeza, la sombra azul me consumía, y fue justo en aquel momento cuando desaparecí del mundo consciente. Sentí a mi mente viajar a lo largo y ancho de sus capacidades; nunca había experimentado algo como aquello ¿Era acaso un error? No, no lo creo, aunque por momentos sentía que debía parar yo sabía, sin realmente saber, que no lograría hacerlo.
Me levanté y todo seguía en su lugar, excepto la sombra, que ya se había ido.
Pero ¿A dónde habían ido aquellas aves? Ya no se escuchaba sonido alguno en los montes o en el valle, la tranquilidad reinaba en todo el lugar. Lo mejor que podía hacer era dirigirme hacia donde intuía que aquellas creaturas habían volado.
Mientras caminaba sobre la fría nieve, hundiendo un pie frente al otro, traté de recordar cómo eran exactamente aquellas aves. Ser un ave parecía interesante. Saber que podría volar, viajar, sin ninguna otra preocupación... claro que, si fuera uno de aquellos seres alados, sería responsable de buscar comida y emigrar cuando las estaciones así me lo ordenasen, esclavo eterno de las presas y el clima. Sin embargo, si me reclutara en aquella mole azul de plumas y graznidos me sentiría más libre, sin trabajo obligado, sin las sombras que ahora cubrían mi felicidad. Oh, ya podía imaginar aquello, todo lo que con tanto esmero tenía que soportar ahora dejaría de ser mi problema, No sería un hombre, ni siquiera sería un ave; sería parte de aquella sombra azul que sobrevuela las montañas nevadas. Aquella sombra sería parte de mí. Casi podía sentir mi propia ligereza mientras me elevaba por el aire, sin ser nada y siéndolo todo, la sombra que se apodera del lienzo blanco, ocupando cuanto desea de él.
Y de pronto, escuché un disparo.


Escrito en cooperación con la SLA

Escribir en papel es tan difícil... la pluma pesa entre mis dedos, la tinta sella cada letra, cada palabra... imposible regresar ahora, no sin dejar una marca. Y la curva de la "c", la tilde de la "t", el menor descuido de ortografía o gramática, son aquellos detalles que marcan un texto. Me desagrada, me desagrada cometer errores, equivocarme y saber que aquel desliz del bolígrafo quedará marcado ahí, definitivo, final. Tal vez por eso detesto también el hablar. Pero existe una diferencia, esa que me permite aferrarme a la pluma pero no al micrófono. Hablar es apresurar las cosas, perseguir los pensamientos, empujarlos, forzarlos a avanzar. Y las palabras salen desbocadas. Y letra pronunciada es irrecuperable. En cambio, por definitiva que la escritura sea, es paciente. La tinta espera, el papel continua estático, y uno piensa y vuelve a pensar, antes de arriesgarse.
Después de todo, el desenlace sigue siendo el mismo, sigue sin permitirnos olvidar. Porque uno puede bañar la tinta seca en corrector, uno puede arrancar las páginas heridas y lanzarlas al vacío de la memoria... pero siguen ahí, las palabras. Uno sabe que no puede engañarse.
Y es así como terminamos frente a la hoja inmaculada, abusando del ilusorio pasar del tiempo, construyendo y desarmando en borradores mentales antes de atrevernos a unir tinta y papel.
Pero esperar para siempre, callar, mantenernos estáticos frente a las tormentas de ideas que nos empapan hasta la médula... eso, es dejar de existir.

Happy Birthday

Me había estado mirando toda la noche. Y si lo sé, no es por que lanzara furtivas miradas inquisitivas en su dirección de vez en cuando, cuidando que fueran invisibles para el resto de mis acompañantes, reunidos en la mesa conmigo como cada año. Ni nada así, claro que no. A decir verdad, nunca antes la había visto por aquí; seguramente fue el anzuelo de la novedad lo que se me metió en la boca y saboreaba lenta, culposa y discretamente. Un delicioso resplandor de metal envenenado en el eterno azul que me rodeaba. Algo así.
 El pianista musicaba notas grises que cargaban a cuestas el ritmo, los niños recitaban sus risas ensayadas religiosamente desde siempre. Y los demás sólo estaban ahí: tías abuelas, primos segundos, seres curiosos, parientes lejanos de cuyos nombres no quiero acordarme, pero que alguno han que tener. Por mi parte, no podía sacarme de la cabeza al desafortunado pastelillo que yacía en mi plato, intacto. Un pintoresco intento de regalo, bien intencionado al igual que el año pasado. Y el anterior, y el anterior. Porque el chocolate debe gustarme, como a todo el mundo, eso bien lo saben ellos, sean quienes sean.
El anciano dueño del restaurante, “amigo de la familia” se acercó, estirando una sonrisa más allá de lo que debería ser humanamente posible. Intercambió palabras con la dama en la cabecera de la mesa, hermana de mi cuñado, creo, y se tomó la libertad de adivinar nuestros platos. Los mismos que cada año.
Ella, sin embargo, se mantenía acechante, a lejos. Y yo no volteaba a verla, pero quizás la sentía ahí. Quizás. Eventualmente devino más audaz, ¿con el tiempo?, y oscilaba regularmente entre la cocina y nuestra mesa, “mi mesa”, ofreciendo bebidas a todo el mundo con una risilla apagada al final de cada frase. Yo la veía acercándose desde el otro lado de la mesa, una enorme mesa llena de gente, enfrascado en mi rol de cumpleañero. Papel que al parecer fungía sin querer. Y ella rondaba el lugar, dejando tras de si un rastro, un aura que lentamente, como no queriendo, me encerraba, me envolvía en una red para sacarme de aquella silla, de la plástica conversación que mantenía, de mi sitio frente al pastel de chocolate que gritaba. Con cada paso la sentía más cerca.
 En ese punto mi torpe imaginación alcanzó al apresurado palpitar de mi sangre. Vi definidamente cómo se acercaría:
          -¿Algo más de tomar? (Mis ojos entonces la devorarían sin miramientos. Y ella se sabría devorada.)
          -Más vino. (Ella se inclinaría, sombra sigilosa sobre mi hombro. Sentiría el calor de su cuerpo apoyado contra el mío.)
Entonces, un roce casi imperceptible sería la señal para seguirle hasta el cuarto de servicio, y después…
-¿Algo más de tomar?
Volví en mí con una profunda aclaración de garganta. Ordené mis pensamientos velozmente; la energía de los mismos brindándome la determinación. Con el tono más cargado de confianza qué jamás me había escuchado, respondí, ante las miradas distraídas de “mis invitados”:
-No, gracias.
Y pagué la cuenta, porque es de esperarse que el cumpleañero cada año la pague.

Escrito en cooperación con R.A.

sábado, 18 de febrero de 2012

Microtextos

En algún lugar del lado oscuro de la luna, el conejo blanco recogió aquella lágrima que tus ojos no quisieron derramar, y que juraste ocultar en el rincón más oscuro de tu mente, donde nunca nadie pudiera limpiarla.
***

 El reloj me susurra que ya son las doce de la noche, está tan frío como yo, helado hasta el punto en que me pregunto si realmente estoy vivo o si soy un cuerpo con forma de alma que se desliza por el universo creyendo que es real. El reloj se burla de mí, marcándome las tres de la mañana. Sé que me pregunta si realmente creo que soy real, pero hago como que no lo escucho y sigo actuando. La función debe continuar.
***

 Estuve enamorada del Principito. Esperaba que un día decidiera viajar a la Tierra y me encontrara en una silla, mirando la puesta del sol. Supe que había crecido cuando decidí que era mejor ir a buscarlo, porque se me estaban acabando las puestas de sol para compartirle.
***

Mis reproches no salen del silencio en que se han escondido. No te voy a decir que pares, anda, sigue violando con palabras aquello que nunca debería ser materializado. Anda, lánzalas como pedradas, como balas, como rosas de plomo. Si sigues un poco más tal vez pueda imaginar que soy humano por un momento, y conmoverme.
***

De noche me perdí en un campo lleno de luciérnagas. Fue mi primera gran tristeza: me di cuenta que, por más que les atrapase en frascos de mermelada y las llevara conmigo, nunca podría tomar también un pedacito de noche estrellada para que brillaran en ella.
***

Después de la creación del idioma artificial 200,106,093 (con los estudiosos de las comunicaciones sufriendo ya un colapso nervioso), exponía yo mi siguiente gran descubrimiento: el idioma natural. Mientras explicaba la manera en que las miradas del emisor y sus sutiles matices transmitían mensajes al receptor, podía ver que había convencido a la mayoría de los patrocinadores. Acaso el de más atrás, con aire triste, jugaba con su bastón y parecía no terminar de convencerse. ¡Pobre ciego!
***

Con la octava taza de café, me visitó la idea de que tal vez nunca llegarías, pero al comenzar la novena se despidió, y seguí esperando.
***

Años después de la muerte de Medusa, los hombres olvidaron los nombres de las estatuas en su jardín, así que se dedicaron a pasearse entre ellas, nombrándolas, interpretando sus rostros, sus poses, burlándolas o admirándolas. Este fue el verdadero castigo de los petrificados: perder para siempre su nombre, reconstruirse con los murmullos de los paseantes.

jueves, 9 de febrero de 2012

No apagues las luces del teatro todavía
no te vayas, no me dejes
dios, no me dejes.
No me pierdas aquí en la sombra
junto al espejo roto y el maquillaje con grasa quemada.
Mírame. Quiero que me mires
aquí, bajo la luz de la bombilla parpadeante.
Porfavor, mírame.
dios, no me dejes.
No así. En la oscuridad
no me entierres en el mausoleo tras el telón.

Seré lo que me pidas, cambiaré de piel
arrastrándome por los sucios durmientes del teatro.
Le rezaré a los muertos. Me vestiré de prostituta
de ladrón
de poeta.
No me dejes en la oscuridad.

Me quedaré aquí, donde me dejaste.
Aquí, bajo esta bombilla agonizante
trataré de no cerrar los ojos
y contar las hormigas que se mueven en el suelo
trataré de ser valiente, esperar a que vuelvas.
Yo arreglaré todo, lo prometo
dios, por favor


La bombilla muere y mi sombra sale corriendo


Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
No, no puedo.
Espero tu llamado, pero no llega. Me dejas sola con el susurro de mis pensamientos. Revolotean en el aire, dibujan paisajes invisibles en el lienzo de la noche. Tengo miedo a la oscuridad. Tal vez por eso te busco entre sus cabellos despeinados, negra maraña imbatible. De ella saliste una noche cualquiera.
No, era una noche de plenitud. Y ahí estabas tú, desenredando los hilos de la infinita oscuridad. Tan oscuro tú mismo que te hubiera confundido con uno más de mis demonios, de no haber sido por aquella esencia que emanaba de ti. Llenabas aquel lienzo con palabras abstrusas. No podía ver la tinta negra pero podía sentir su presencia en la oscuridad insondable a mi alrededor. Fue tu lengua de plata la que me manifestó tu existir.
Después de aquella noche, tu fantasma se quedó en mi reflejo para siempre. A veces venías. A veces la noche te traía, como si nada. Y esas noches te robabas todo lo que era mío. Mis infinitas compañeras en esta locura eterna desaparecían de mis ojos en tu presencia. Cubrías las estrellas con tus palabras, manchándolas de tinta negra como el tiempo.
Pero las noches sin ti se volvieron más duras. Ni los rugidos del océano ni la llama de mis astros podían calmar mis lágrimas de luz. Me deshacía en migajas invisibles sin tus palabras para llenar mi lienzo.
Nunca lo noté vacío hasta que tus palabras afluyeron a él. Y poco a poco mi aire se llenó de tinta llena de raíces y hojas y notas perdidas. Fue como si hubiese llegado el Cuarto Jinete.
Y a pesar de todo, necesito que te robes mi aire. Tus palabras cargan un peso sobre mí que necesito para no perderme en mi ligereza.
Quiero que tu llamado llene el aire, y que tu aullido silencioso ateste mi precioso lienzo. Que el negro sature el negro, y lo llene así de un significado que antes no tenía. Necesito tus letras para que le des pies a mi locura, para que no salga volando y se pierda en el horizonte infinito, insignificante.

Es ahora la luna quien le aulla a la sombra del lobo que se ha ido.

miércoles, 1 de junio de 2011

Hay tres hombres en la arena. 

Tres hombres sin nombre ni rostro. 

Tres hombres que existen en silencio. 

Está el que no tiene sombra, se cree una; el mártir y la víctima, el inmortal que reinará en los recuerdos.

Está el que es vida y cambio; acción, exabrupto, violencia. Persigue al perseguido. Tortura, buscando entre la sangre del otro su identidad. 

Y está el que es conciencia; es quien mira, impasible, la pantomima de los otros. Les juzga, les da nombre y rostro. Está para que los otros estén, pues no se busca.

 Él es los tres hombres

y la lucha

y el desierto.

domingo, 17 de abril de 2011

Insomnio

¿Qué hora es?
A mi izquierda el reloj marca las tres quince de la madrugada. ¿son las tres quince? Tal vez olvidé adelantar la hora de nuevo. ¿Cuándo fue la última vez que se detuvo el tiempo? No lo recuerdo. Hay muchas cosas que no recuerdo.
Sólo sé que no puedo dormir y que debería estar dormido.
Pienso mucho en ti, ¿sabes?
Pienso… pienso en muchas cosas. Pero cuando no puedo dormir sólo pienso en ti. Es curioso… no debería ser así, ¿o tal vez sí? No sé.
Mi mirada se pierde en el techo de la habitación, no quiero ver la hora de nuevo. ¿Huyen de mí los minutos? ¿Habrán corrido horas ya? Tal vez, no lo sé. No quiero saberlo. ¿Qué importancia tiene el tiempo… cuando no estás aquí?
Era un caso perdido, ¿sabes? No tenía solución alguna.
Yo no podía hacerte feliz
pero te necesitaba ahí. Aunque tú tampoco podías hacerme feliz. O al menos no lo parecía. Vivíamos en un grito de agonía, ¿no? Siempre inconformes con lo que teníamos.
¿Qué pasa ahora, que no tenemos nada?
Tú eres más feliz, ¿no? Se supone que debes serlo.
Se supone que querías estar con alguien que te entendiera. Alguien que te amara.
Probablemente nadie te ame más que yo en esta vida. En este mundo.
Y sin embargo, querías a alguien que te amara.

No tengo sentimientos. Eso es lo que tu decías. Que no tengo sentimientos, que soy una máquina, que estoy sin ser. ¿Que cómo puedo vivir así? Pues, te diré. Yo... no sé. Si no tengo sentimientos, entonces tal vez tengas razón, y no puedo amarte.
Pero te necesito.

Desde que te fuiste, yo…
No puedo… No he podido.
Soñar.
Sí puedo dormir, a veces. Pero soñar, recordar mis sueños…
Nunca… nunca.
Tal vez ha sido un intercambio más que una pérdida. Porque ahora tiendo a soñar despierto cuando estoy, como en este momento, mirando el techo a altas horas de la noche.
¿Qué voy a hacer sin ti?
Sueño contigo cada noche que no puedo dormir.
Te extraño. Te extraño demasiado.
Pero es curioso que no puedo… no lucharía por ti aun si pudiera. No iría y te buscaría a tu apartamento y te diría que nunca encontrarás a nadie en este mundo que te ame más que yo y que prometo cambiar y que prometo ser el hombre a quien amabas. O el hombre a quien amas… o creíste que amabas. No pienso correr hacia ti y abrazarte y besarte apasionadamente y fundirnos y por un momento… por sólo un instante, sentir que eres mía, y cómo tus brazos se aferran a mi espalda, a mi cuello, como si dependieras de mí para respirar, como si buscaras quedarte en mí, tatuada. Y cómo en ese momento fugaz somos uno. Sólo uno. Sin importar el tiempo y el espacio. No pienso hacerlo, no podría.

Es tarde, debería dormir.
Debería poder dormir. Pero no.
Estás aquí. Te llevas mis horas de sueño. Me recuerdas a un virus, a una enfermedad. Algo que me carcome poco a poco por dentro, que me deshace pedazo a pedazo. Eso es lo que me haces. Me deshaces.
¿Sabes qué es lo mejor? Ni siquiera eres tú que estás aquí robándote los minutos de mi vida con besos, con caricias, haciendo el amor, descansando tu cuerpo junto al mío.
Es tu recuerdo. El fantasma del pasado que ya ni siquiera eres tú. ¿Qué tanto puedes ser ella a quien yo recuerdo después de todo este tiempo? Así que me roba las horas una ilusión. Un fantasma. De alguien que ni siquiera es aquella a quien yo amaba. No hay, no hay forma de recuperarte, eso yo lo sé. No hay manera de que yo me atreva, o manera de que tú aceptes. Pero más importante aún, simplemente no hay manera.
Te extraño, ¿sabes? Extraño... extraño a esa persona que solías ser hace tantos años. Tal vez ni siquiera me agrades ahora, no lo sé. Llevo mucho tiempo sin verte, pero probablemente no.
Tal vez ya estés casada de nuevo, tal vez tengas un hombre maravilloso. Uno que sí quiera y pueda darte una familia. Un hogar. Trabajo seguro. Un carro. A lo mejor un perro.
Tú querías una familia, ¿no es así? Y a pesar de todo te conformaste conmigo. Abandonaste tu fantasía de tener hijos y una linda casita blanca en la novena nube del paradisiaco sueño americano. Por tenerme. Y aún así, no… no fui suficiente. ¿Cómo iba a serlo? Cómo iba yo a competir con un marido de revista y un pequeño crío que le dé significado a tu existencia. Que lloren. Que rían.
No hay manera, no hay manera. No.
Entonces yo me pregunto, y lo hago cada noche. A esta hora que no sé cuál sea, pero que siempre es la misma. Una y otra vez, día tras día. Y a esta hora yo me pregunto qué haces aquí, en mi mente. Tu sombra en mis labios, robándome un beso a medias. Torturándome. ¿Qué haces aquí si no puedo tenerte? No porque yo no quiera, o no me atreva. O porque tú no quieras. Sino porque simplemente, tú ya no existes.

Me parece que he oído el canto de un pájaro en la ventana.
¿Qué hora es? debo saberlo… El reloj marca las siete pero… no son las siete, ¿o sí?
Son las siete.
El tiempo vuela cuando uno se divierte, ¿no?
¿Pero cuando se divierte quién? ¿Dios? ¿Acaso los muertos se divierten?
Y ahora debo partir. Abandonarte. De nuevo.
Hasta mañana. Misma hora, mismo lugar. Uno tiene que seguir su vida.
Aunque no pueda.

martes, 5 de abril de 2011

Sombras

Lo cierto es que no somos sino sombras de sombras de sombras.
Y cada sombra en la vida deja una cicatriz, un golpe, una deformidad que nunca sanará, sino que crecerá con uno y uno la cargará a todos lados. Somos seres oscuros hechos de costras viejas, barquitos de papel, raspones de la infancia, notas perdidas en la mochila y canciones rojas o azules. Olemos a palabras susurradas. Somos sombras descocidas que se mueven por el mundo, que pierden y ganan una parte de su ser con cada colisión. ¿Qué somos entonces? Somos la nada que es materia prima del universo, una duna de recuerdos de la infancia, sonrisas, gritos que saben a tierra y golpes soñados. Una duna en el desierto de la existencia en el mundo de la nada.
¿Qué eres? ¿Qué soy yo?
Las huellas efímeras de los instantes, tal vez.
Entonces vamos por el espacio, persiguiendo patéticamente los verbos en presente que corren delante de nosotros, siempre delante. Una vez vencido el tiempo, una pesadilla que al final descubrimos no es más que onírica, ¿qué queda?
Acontecemos hasta el día de nuestra desaparición. ¿Pero dónde? ¿Cuándo?
Somos los ladridos sin perro de Neruda. Cabezas cercenadas que aún no se dan cuenta de lo absurda que es su existencia. Sombras sin dueño.
¿Qué importamos, entonces?
Nada. Una deliciosa nada como algo que no está ni debajo del cero. Porque por lo menos así seríamos imaginarios. No somos más que conciencia, conciencia absurda, ignorante de su ridiculez. Y por eso existimos aunque en realidad no lo hagamos.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Son__________ido

(Gritos de las paredes grises
Voces que azotan en un susurro,
Silencios que rasgan la garganta.

¿Qué hacer con la explosión,
el llamado, con el grito silencioso?
¿Qué hacer con el fuego ya sofocado?

Infelice que gana la pasión,
la razón y la capacidad
a cambio de terrible sacrificio mudo.

Y los ojos oscuros, dos luceros,
y el fuego de las lágrimas sin derramar,
y el anhelo atribulado que calla a gritos.

Pero nada vale la común desgracia
de paseantes grises mudos, ciegos, sordos;
gritando mil injurias en la lengua de signos.

Regurgitar dragones de aire como insectos,
quebrarse finalmente en  el llanto estoico.
Callan Remiel y Belial, unidos por su cantar.

Como el ave de alas recortadas
emprendiendo el vuelo por tierra
como el fénix ahogado en cenizas.

La tormenta apocalíptica se presencia
Pasivamente.
Compasivamente.
Silenciosa y Atroz.)

miércoles, 2 de febrero de 2011

Maldición metafísica

¿Qué has hecho de mí, oscuridad?
Has logrado hipnotizarme
con la belleza de lo abstracto,
lo casi tangible de lo inalcanzable.
Me abrazas con tu mera presencia
pero eres fría, oscuridad.
Fría como la lluvia. Me congelas.
Tú, tan sofisticada, no eres nada.
Pero lo eres todo.
¿Qué quieres de mí, oscuridad?
Nada. La nada no pide nada
pero lo tomas todo.
Te llevas mi sanidad
con cada segundo que pasa.
Te llevas mi mente,
me impides pensar, razonar.
Porque eres la razón misma,
eres la pasión misma.
Pero no eres nada.
Tu vacío me asfixia.
Sé que no me ves, oscuridad.
Por eso siento más tu mirada.
Te persiguen mis ojos,
que al verte, no te ven.
¿Te burlas de mí, oscuridad?
Estás aquí, pero no estás conmigo
me envuelves con tu presencia
pero no puedo tocarte.
No puedo abrazarte.
No puedo besarte, oscuridad.
Siempre será así, ¿no es cierto?
Alejados por la realidad
si no bien por decisión tuya.
Pero te miraré con anhelo,
siempre desde la distancia
donde mi presencia invisible
no perturbe tu hechizo.
Prisionera del ser más cruel
y menos piadoso conmigo.
De mí misma, oscuridad,
prisionera de mí misma.
Un círculo vicioso vacío
del que no me permito huir.

jueves, 13 de enero de 2011

Con Mallete y Cincel


Dicen que tener un pasatiempo es algo recomendable, algo que lo distraiga a uno de sus miserias internas.
Yo solía tener un pasatiempo: mi hermano.
Todos los hermanos mayores sabrán lo compleja que puede tornarse la relación con la endemoniada criatura que es el hermano menor, pero en los recuerdos que aún guardo de mi juventud no veo ni el odio ni los celos fraternales dirigidos hacia mi hermano. Ni tampoco un sentimiento de deber para con él, o siquiera de amor o compasión. Todo lo que hubo entre esa interesante criatura y yo fue una curiosidad grotescamente humana, nada más.
Yo hubiera pensado que mi hermano era un mocoso cualquiera, un niño normal que jamás hablaba, al que los demás niños molestaban en el instituto, alguien a quien nunca en mi vida había visto derramar una lágrima, sonreír, o fruncir el ceño. Habría sido, para mí, un factor externo más que ignorar de no haber sido por ese pasatiempo que tenía. Si es que se le puede llamar así, ya que después de todo, lo que hacía era exactamente eso: ayudarle a pasar el tiempo. Si me hubieran pedido que hablara de él, habría hablado sobre El Diccionario.
Teniendo un padre amante de los libros, nuestra casa siempre estuvo llena de ellos. Cuando nació mi hermano, él tampoco logró escapar de la librofagia de nuestro progenitor, pero jamás tocó ni uno de sus miles de ejemplares. Cada mes tenía nuevos. Libros grandes, pequeños, coloridos, de historias, de aventuras, educativos. Pero Caín nunca abrió uno solo de ellos, ninguno parecía interesarle. Ninguno, excepto uno. Me parece que lo encontró una tarde que mis padres estaban fuera. Creo que estaba presente cuando lo descubrió, no podría estar seguro, pero debió ser así, pues me encontraba leyendo en el estudio de mi padre. Tal vez dejé la puerta abierta, eso explicaría como entró. No sé por qué llamó su atención, nadie jamás lo supo. Parte del repulsivo misterio.
El Diccionario de la Lengua Española, décimo octava edición. Un libro grande, pero no el más grande. Gris, pero no el más gris. Viejo, pero definitivamente no el más viejo de la colección de mi padre.
Si estuve presente, como es probable que haya sido, en el momento del crimen, no logro entender cómo cargó aquel volumen con sus pequeños y frágiles brazos, sin hacer ruido alguno, sin llorar, tropezar ni quejarse. Tal vez estaba demasiado ensimismado en mi lectura, tal vez.
Me di cuenta cuando llegaron mis padres. Al escuchar el motor del carro aparcando en la entrada – eso sí lo escuché muy claramente- bajé enseguida de la vieja butaca de piel en la que sólo el Padre podía sentarse, y corrí a mi habitación para no ser descubierto en el santuario paterno. Pasé frente al cuarto de Caín. La puerta estaba abierta. Él estaba sentado en el piso, leyendo. Me quedé congelado. Si alguien hubiese visto la escena probablemente habría creído que acababa de ver a la bella Medusa.
El libro se veía incluso más grande que de costumbre acomodado sobre su regazo, sostenido aprehensivamente por dos diminutas manos pálidas. Sus grandes ojos saltones recorrían las líneas de las páginas despacio, con una concentración aterradora. Caín estaba leyendo. Nadie sabía que podía hacerlo. Las maestras habían dicho que no podía. Mi madre había dicho que no podía. Nadie jamás lo había visto abrir un libro.
Podría decir ahora que presencié muchas cosas increíbles a partir de ese día. Nunca había visto a mi padre llorar hasta aquel momento, ni a mi madre tan emocionada, y a ninguno de los dos tan feliz como después del suceso. Pero en realidad nada de eso me parece tan relevante o sorprendente como debería, son recuerdos borrosos y sin importancia. Detalles superfluos. Sólo había una cosa en mi mente: El Diccionario.
Caín jamás lo volvió a soltar. Iba a todas partes con él. Lo llevaba consigo al cuarto de baño cuando se iba a duchar, cargaba con él en su mochila de la escuela. Jamás se separaba de él. Si no estaba caminando o comiendo, estaba leyendo El Diccionario.
Al principio, lo observaba leer. Era un ritual repetido día tras día. Él se sentaba en el piso de madera de su habitación, yo me sentaba enfrente suyo. Caín miraba el libro, yo lo miraba a él. Caín leía El Diccionario, yo lo leía a él. Tal era mi dedicación para con mi recién descubierto pasatiempo que de pronto no había nada más a lo largo del día. A partir del incidente de Caín, la escuela, los libros, los amigos, todo desapareció. Se evaporó y fue a formar parte de aquella niebla que es mi infancia y gran parte de mi adolescencia. Sin embargo, sí había algo en mi memoria. Caín, leyendo. Leyendo, leyendo, leyendo. El Diccionario.
El tiempo pasó. Pero había algo nuevo. No recuerdo si fueron las calificaciones, la muerte de una abuela a quien nunca conocí, o qué. Pero era algo malo. Lo sé no porque lo recordara, sino porque mi padre lo dijo. De ahora en adelante tendría que pasar un tiempo lejos de Caín, haciendo no recuerdo qué. Tal vez estudiando, tal vez rezando. Entonces, todos los días, antes de poder ir a ver a Caín debía pasar quince minutos solo. Primero traté de sincronizarlo de alguna forma con sus tareas. Imposible. Tuve que renunciar a verlo leer por quince minutos. No me pareció un gran sacrificio, aunque admito que me angustiaba un poco. Pero al regresar a su habitación, había algo diferente.
Pasaron meses con la misma tortuosa rutina. Quince minutos tras quince minutos, perdidos día a día. Siempre que llegaba, estaba ese algo, esa rareza en el aire. Mi hermano leía. Pero no parecía el mismo. No podía dejar de pensar en ello. Era un instante, un segundo, un momento. La piel se me ponía de gallina y un escalofrío bajaba por mi espinazo. Pero no era yo. Era él. Cambiaba. Durante esos quince minutos, él cambiaba. Yo lo sabía, lo había observado por años.
Había otras veces que lo dejaba solo. Las veces que la vieja rutina acordaba. Clases, prácticas, y otras cosas que no recuerdo. Sólo recuerdo que no estaba ahí todo el tiempo. Pero regresaba y él seguía igual. Siempre, excepto cuando tardaba esos quince minutos de más.
Cuando no estaba con él –e incluso algunas veces cuando lo estaba- aquel misterio invadía mi mente. Me perseguía, me mordisqueaba dedos y talones como las ratas hambrientas.
Un día, lo entendí. Había leído aquel Diccionario miles de veces, y cuando yo no estaba ahí él encontraba algo extraño –no respecto a mi ausencia. Yo no importaba, eso me queda claro- en El Diccionario. Quizás se aburría, tal vez quería romper a llorar , pero no sabía como porque nunca lo había hecho.
Una noche, me levanté de la cama. En cuanto mis pies tocaron el suelo, pude sentir que estaba quebrando miles de leyes del universo, millones de horas de hacer lo que sabía que debía hacer. Pero tenía que hacerlo. Lo que me impulsaba no era una fuerza sobrenatural, alguna emoción positiva o negativa o algo así. Simplemente lo hice. Tampoco sé como tuve aquella idea. Caminé lentamente por el pasillo. Entré a su cuarto. Sabía que no debía voltear a verlo, porque entonces no habría vuelta atrás. Pero lo hice. Dormía en la cama. O al menos debía de ser él, porque no lo parecía. Lo que había ahí era una bestia desfigurada, con largos brazos asquerosamente delgados, que se cerraban ligeramente alrededor de una vieja almohada desplumada. Debí aterrorizarme ante tal aborto de la naturaleza, pero no lo hice. No sentí nada al ver aquella figura en el viejo colchón. A un lado de la cama, sobre una pequeña mesa, descansaba El Diccionario. No recuerdo haber dudado, ni haberlo mirado con reverencia. Sólo lo tomé, y lo abrí en una página al azar. No recuerdo haber cogido la navaja del bolsillo de mi bata. Debí hacerlo. Tampoco recuerdo haber tomado la navaja de su lugar en el segundo cajón de mi escritorio. Sólo recuerdo que tenía El Diccionario en una mano, y en la otra estaba la navaja. Al mirar la página, sólo pude ver una palabra, con su definición. El resto estaban ahí, sólo que en realidad no estaban. Yo únicamente sabía que existía el
raudal.
 (De raudo).
1. m. Caudal de agua que corre violentamente.
2. m. Abundancia de cosas que rápidamente y como de golpe concurren o se derraman.

No conocía esa palabra, pero realmente no importaba. La definición no importaba, ni la palabra misma. Entonces acerqué la navaja, y cuidadosamente, muy despacio, recorté sólo aquella palabra. Aquel conjunto de letras.
La tomé cuidadosamente, un pequeño rectángulo de no más de un centímetro.
Debí regresar a mi cuarto con la palabra y mi navaja. Debí colocar la palabra en el primer cajón de mi escritorio, y la navaja en el segundo cajón. Debí volver a acostarme, cerrar los ojos, y caer casi instantáneamente en un sueño profundo. No lo sé, no lo recuerdo. Pero así debió ser.
Y a la mañana siguiente, la rutina era la misma. Sólo que mi hermano no. Hacía lo mismo, seguía sin ver a nadie a los ojos, sin hablar, sin hacer nada. Pero yo sabía que no era el mismo, lo sabía. Lo había observado durante años, no era el mismo.
El día pasó más rápido de lo normal. Una vez acostado en mi cama, no pude dormir en toda la noche. Sabía que no debía ir al cuarto de Caín. Sabía que debía hacerlo. Pero no lo hice. Pasé cuatro noches sin dormir. Cuatro días que fueron completamente normales, excepto por Caín. A la quinta noche, me levanté. Recuerdo haber abierto el primer cajón de mi escritorio. Haber tomado la palabra, raudal. Después regresé a la cama. Una noche más tarde, volví al cuarto de mi hermano. Esta vez. Tomé la
obligación.
(Del lat. obligatĭo, -ōnis).
1. f. Aquello que alguien está obligado a hacer.
2. f. Imposición o exigencia moral que debe regir la voluntad libre.
3. f. pl. Familia que cada uno tiene que mantener, y particularmente la de los hijos y parientes. Estar cargado de obligaciones.

Esa palabra la conocía, pero realmente no importaba. Sólo la tomé. Guardé la obligación. en el primer cajón de mi escritorio, y la navaja en el segundo. Volví a dormir. Eso debí hacer. A la mañana siguiente, estaba seguro que mi hermano no era el mismo. No lo era, yo sé que no. Lo podía leer en él. Mi madre no dijo nada, mi padre tampoco. Creo que me dijeron algo a mí. Eso no importa, no lo recuerdo bien. Tal vez lo imaginé. Pero Caín había cambiado.
No entendía que pasaba. Me ahogaba aquel aire de rareza que envolvía su habitación y que sentía donde quiera que fuese con él. Cambiaba, no lo podía dudar, pero no podía entender por qué. El misterio que ceñía la rareza de mi hermano era vil, terrible. Me escupía ácido en los ojos, no me dejaba ver las cosas con claridad. De pronto ni siquiera mis ratos con él eran claros, todo era confuso, inestable. Dos palabras. ¿Por qué?
Una semana después, tomé la navaja. En aquella ocasión me llevé la
risa.
(De riso).
1. f. Movimiento de la boca y otras partes del rostro, que demuestra alegría.
2. f. Voz o sonido que acompaña a la risa.
3. f. Lo que mueve a reír.

Y el patrón continuó. Mi hermano estaba cada vez más inquieto. Dije que nunca habló. Tal vez mentí. Él me gritaba. No necesitaba abrir la boca para hacerlo, no era necesario que me mirase a los ojos. Yo sabía que gritaba. Algo estaba cambiando, algo ocurría con él. Y leía. Leía El Diccionario. Siempre.
Varias noches fui y le robé palabras. Aún las conservo, en el primer cajón de mi escritorio. No importa que no sea el mismo cuarto. Que no sea la misma casa. Están en el primer cajón de mi escritorio. La navaja en el segundo.
Le robé un monosílabo, lo insuficiente, el filo, lo erróneo, el árbol, el orden, la realidad, el rey, la vida.
Podría haber continuado hasta terminar con todo El Diccionario. Podría haber continuado hasta el punto en que Caín cambiara tanto que se volviera irreconocible como aquel decrépito ser que veía en la cama junto al Diccionario todas las noches que robaba una palabra. Pero Caín murió.
Y ya no le pude robar más palabras.
No lo entendí hasta muchos años después. Una noche, me levanté y abrí el primer cajón de mi escritorio. Fue entonces cuando todo quedó claro. Diría que me sorprendió. Que el shock de un descubrimiento muy esperado despertó algo en mí, y lloré como no lo había hecho en el funeral de mi hermano, o al pie de su cama cuando el grito de mi madre me despertó aquel día. Pero no recuerdo haberlo hecho. No debió ser así. Simplemente había completado el misterio.
Tal vez por eso aún guardo sus palabras. Y aún tengo El Diccionario. Desde la muerte de Caín, decidí llevarlo conmigo a donde quiera que fuese. A veces lo abro, pero no lo leo. Suelo buscar las páginas cortadas, recordar la palabra que va en cada lugar.