Dicen que tener
un pasatiempo es algo recomendable, algo que lo distraiga a uno de sus miserias
internas.
Yo solía tener
un pasatiempo: mi hermano.
Todos los
hermanos mayores sabrán lo compleja que puede tornarse la relación con la
endemoniada criatura que es el hermano menor, pero en los recuerdos que aún
guardo de mi juventud no veo ni el odio ni los celos fraternales dirigidos
hacia mi hermano. Ni tampoco un sentimiento de deber para con él, o siquiera de
amor o compasión. Todo lo que hubo entre esa interesante criatura y yo fue una curiosidad
grotescamente humana, nada más.
Yo hubiera
pensado que mi hermano era un mocoso cualquiera, un niño normal que jamás
hablaba, al que los demás niños molestaban en el instituto, alguien a quien
nunca en mi vida había visto derramar una lágrima, sonreír, o fruncir el
ceño. Habría sido, para mí, un factor externo más que ignorar de no haber
sido por ese pasatiempo que tenía. Si es que se le puede llamar así, ya que
después de todo, lo que hacía era exactamente eso: ayudarle a pasar el tiempo.
Si me hubieran pedido que hablara de él, habría hablado sobre El Diccionario.
Teniendo un
padre amante de los libros, nuestra casa siempre estuvo llena de ellos. Cuando
nació mi hermano, él tampoco logró escapar de la librofagia de nuestro
progenitor, pero jamás tocó ni uno de sus miles de ejemplares. Cada mes
tenía nuevos. Libros grandes, pequeños, coloridos, de historias, de aventuras,
educativos. Pero Caín nunca abrió uno solo de ellos, ninguno parecía
interesarle. Ninguno, excepto uno. Me parece que lo encontró una tarde que mis
padres estaban fuera. Creo que estaba presente cuando lo descubrió, no podría
estar seguro, pero debió ser así, pues me encontraba leyendo en el estudio de
mi padre. Tal vez dejé la puerta abierta, eso explicaría como entró. No sé por
qué llamó su atención, nadie jamás lo supo. Parte del repulsivo misterio.
El Diccionario de la Lengua Española, décimo
octava edición. Un libro grande, pero no el más grande. Gris, pero no el
más gris. Viejo, pero definitivamente no el más viejo de la colección de mi
padre.
Si estuve
presente, como es probable que haya sido, en el momento del crimen, no logro
entender cómo cargó aquel volumen con sus pequeños y frágiles brazos, sin hacer
ruido alguno, sin llorar, tropezar ni quejarse. Tal vez estaba demasiado
ensimismado en mi lectura, tal vez.
Me di cuenta
cuando llegaron mis padres. Al escuchar el motor del carro aparcando en la
entrada – eso sí lo escuché muy claramente- bajé enseguida de la vieja butaca
de piel en la que sólo el Padre podía sentarse, y corrí a mi habitación para no
ser descubierto en el santuario paterno. Pasé frente al cuarto de Caín. La
puerta estaba abierta. Él estaba sentado en el piso, leyendo. Me quedé
congelado. Si alguien hubiese visto la escena probablemente habría creído que
acababa de ver a la bella Medusa.
El libro se veía
incluso más grande que de costumbre acomodado sobre su regazo, sostenido
aprehensivamente por dos diminutas manos pálidas. Sus grandes ojos saltones recorrían
las líneas de las páginas despacio, con una concentración aterradora. Caín
estaba leyendo. Nadie sabía que podía hacerlo. Las maestras habían dicho que no
podía. Mi madre había dicho que no podía. Nadie jamás lo había visto abrir un
libro.
Podría decir
ahora que presencié muchas cosas increíbles a partir de ese día. Nunca había
visto a mi padre llorar hasta aquel momento, ni a mi madre tan emocionada, y a
ninguno de los dos tan feliz como después del suceso. Pero en realidad nada de
eso me parece tan relevante o sorprendente como debería, son recuerdos borrosos
y sin importancia. Detalles superfluos. Sólo había una cosa en mi mente: El
Diccionario.
Caín jamás lo
volvió a soltar. Iba a todas partes con él. Lo llevaba consigo al cuarto de
baño cuando se iba a duchar, cargaba con él en su mochila de la escuela. Jamás
se separaba de él. Si no estaba caminando o comiendo, estaba leyendo El
Diccionario.
Al principio, lo
observaba leer. Era un ritual repetido día tras día. Él se sentaba en el piso
de madera de su habitación, yo me sentaba enfrente suyo. Caín miraba el libro,
yo lo miraba a él. Caín leía El Diccionario, yo lo leía a él. Tal era mi
dedicación para con mi recién descubierto pasatiempo que de pronto no había
nada más a lo largo del día. A partir del incidente de Caín, la escuela, los
libros, los amigos, todo desapareció. Se evaporó y fue a formar parte de
aquella niebla que es mi infancia y gran parte de mi adolescencia. Sin embargo,
sí había algo en mi memoria. Caín, leyendo. Leyendo, leyendo, leyendo. El
Diccionario.
El tiempo pasó.
Pero había algo nuevo. No recuerdo si fueron las calificaciones, la muerte de
una abuela a quien nunca conocí, o qué. Pero era algo malo. Lo sé no porque lo
recordara, sino porque mi padre lo dijo. De ahora en adelante tendría que pasar
un tiempo lejos de Caín, haciendo no recuerdo qué. Tal vez estudiando, tal vez
rezando. Entonces, todos los días, antes de poder ir a ver a Caín debía pasar
quince minutos solo. Primero traté de sincronizarlo de alguna forma con sus
tareas. Imposible. Tuve que renunciar a verlo leer por quince minutos. No me
pareció un gran sacrificio, aunque admito que me angustiaba un poco. Pero al
regresar a su habitación, había algo diferente.
Pasaron meses
con la misma tortuosa rutina. Quince minutos tras quince minutos, perdidos día
a día. Siempre que llegaba, estaba ese algo, esa rareza en el aire. Mi hermano
leía. Pero no parecía el mismo. No podía dejar de pensar en ello. Era un
instante, un segundo, un momento. La piel se me ponía de gallina y un
escalofrío bajaba por mi espinazo. Pero no era yo. Era él. Cambiaba. Durante esos
quince minutos, él cambiaba. Yo lo sabía, lo había observado por años.
Había otras
veces que lo dejaba solo. Las veces que la vieja rutina acordaba. Clases,
prácticas, y otras cosas que no recuerdo. Sólo recuerdo que no estaba ahí todo
el tiempo. Pero regresaba y él seguía igual. Siempre, excepto cuando tardaba
esos quince minutos de más.
Cuando no estaba
con él –e incluso algunas veces cuando lo estaba- aquel misterio invadía mi
mente. Me perseguía, me mordisqueaba dedos y talones como las ratas
hambrientas.
Un día, lo
entendí. Había leído aquel Diccionario miles de veces, y cuando yo no estaba
ahí él encontraba algo extraño –no respecto a mi ausencia. Yo no importaba, eso
me queda claro- en El Diccionario. Quizás se aburría, tal vez quería romper a
llorar , pero no sabía como porque nunca lo había hecho.
Una noche, me
levanté de la cama. En cuanto mis pies tocaron el suelo, pude sentir que estaba
quebrando miles de leyes del universo, millones de horas de hacer lo que sabía
que debía hacer. Pero tenía que hacerlo. Lo que me impulsaba no era una fuerza
sobrenatural, alguna emoción positiva o negativa o algo así. Simplemente lo
hice. Tampoco sé como tuve aquella idea. Caminé lentamente por el pasillo.
Entré a su cuarto. Sabía que no debía voltear a verlo, porque entonces no
habría vuelta atrás. Pero lo hice. Dormía en la cama. O al menos debía de ser
él, porque no lo parecía. Lo que había ahí era una bestia desfigurada, con
largos brazos asquerosamente delgados, que se cerraban ligeramente alrededor de
una vieja almohada desplumada. Debí aterrorizarme ante tal aborto de la
naturaleza, pero no lo hice. No sentí nada al ver aquella figura en el viejo
colchón. A un lado de la cama, sobre una pequeña mesa, descansaba El
Diccionario. No recuerdo haber dudado, ni haberlo mirado con reverencia. Sólo
lo tomé, y lo abrí en una página al azar. No recuerdo haber cogido la navaja
del bolsillo de mi bata. Debí hacerlo. Tampoco recuerdo haber tomado la navaja
de su lugar en el segundo cajón de mi escritorio. Sólo recuerdo que tenía El
Diccionario en una mano, y en la otra estaba la navaja. Al mirar la página,
sólo pude ver una palabra, con su definición. El resto estaban ahí, sólo que en
realidad no estaban. Yo únicamente sabía que existía el
raudal.
(De raudo).
1. m. Caudal de agua que corre violentamente.
2. m. Abundancia de cosas que rápidamente y como de golpe concurren o
se derraman.
No conocía esa
palabra, pero realmente no importaba. La definición no importaba, ni la palabra
misma. Entonces acerqué la navaja, y cuidadosamente, muy despacio, recorté sólo
aquella palabra. Aquel conjunto de letras.
La tomé
cuidadosamente, un pequeño rectángulo de no más de un centímetro.
Debí regresar a
mi cuarto con la palabra y mi navaja. Debí colocar la palabra en el primer
cajón de mi escritorio, y la navaja en el segundo cajón. Debí volver a
acostarme, cerrar los ojos, y caer casi instantáneamente en un sueño profundo.
No lo sé, no lo recuerdo. Pero así debió ser.
Y a la mañana
siguiente, la rutina era la misma. Sólo que mi hermano no. Hacía lo mismo,
seguía sin ver a nadie a los ojos, sin hablar, sin hacer nada. Pero yo sabía
que no era el mismo, lo sabía. Lo había observado durante años, no era el
mismo.
El día pasó más
rápido de lo normal. Una vez acostado en mi cama, no pude dormir en toda la
noche. Sabía que no debía ir al cuarto de Caín. Sabía que debía hacerlo. Pero
no lo hice. Pasé cuatro noches sin dormir. Cuatro días que fueron completamente
normales, excepto por Caín. A la quinta noche, me levanté. Recuerdo haber
abierto el primer cajón de mi escritorio. Haber tomado la palabra, raudal. Después regresé a la cama. Una noche más tarde, volví al cuarto
de mi hermano. Esta vez. Tomé la
obligación.
(Del lat. obligatĭo, -ōnis).
1. f. Aquello que
alguien está obligado a hacer.
2. f. Imposición o
exigencia moral que debe regir la voluntad libre.
3. f. pl. Familia que
cada uno tiene que mantener, y particularmente la de los hijos y parientes.
Estar cargado de obligaciones.
Esa palabra la
conocía, pero realmente no importaba. Sólo la tomé. Guardé la obligación. en el primer cajón de mi escritorio, y la navaja en el segundo.
Volví a dormir. Eso debí hacer. A la mañana siguiente, estaba seguro que mi
hermano no era el mismo. No lo era, yo sé que no. Lo podía leer en él. Mi madre
no dijo nada, mi padre tampoco. Creo que me dijeron algo a mí. Eso no importa,
no lo recuerdo bien. Tal vez lo imaginé. Pero Caín había cambiado.
No entendía que
pasaba. Me ahogaba aquel aire de rareza que envolvía su habitación y que sentía
donde quiera que fuese con él. Cambiaba, no lo podía dudar, pero no podía
entender por qué. El misterio que ceñía la rareza de mi hermano era vil,
terrible. Me escupía ácido en los ojos, no me dejaba ver las cosas con
claridad. De pronto ni siquiera mis ratos con él eran claros, todo era confuso,
inestable. Dos palabras. ¿Por qué?
Una semana
después, tomé la navaja. En aquella ocasión me llevé la
risa.
(De riso).
1. f. Movimiento de la boca y otras partes del rostro, que demuestra
alegría.
2. f. Voz o sonido que acompaña a la risa.
3. f. Lo que mueve a reír.
Y el patrón
continuó. Mi hermano estaba cada vez más inquieto. Dije que nunca habló. Tal
vez mentí. Él me gritaba. No necesitaba abrir la boca para hacerlo, no era
necesario que me mirase a los ojos. Yo sabía que gritaba. Algo estaba
cambiando, algo ocurría con él. Y leía. Leía El Diccionario. Siempre.
Varias noches
fui y le robé palabras. Aún las conservo, en el primer cajón de mi escritorio.
No importa que no sea el mismo cuarto. Que no sea la misma casa. Están en el
primer cajón de mi escritorio. La navaja en el segundo.
Le robé un monosílabo, lo insuficiente,
el filo, lo erróneo, el árbol, el orden, la realidad, el
rey, la vida.
Podría haber
continuado hasta terminar con todo El Diccionario. Podría haber continuado
hasta el punto en que Caín cambiara tanto que se volviera irreconocible como
aquel decrépito ser que veía en la cama junto al Diccionario todas las noches
que robaba una palabra. Pero Caín murió.
Y ya no le pude
robar más palabras.
No lo entendí
hasta muchos años después. Una noche, me levanté y abrí el primer cajón de mi
escritorio. Fue entonces cuando todo quedó claro. Diría que me sorprendió. Que
el shock de un descubrimiento muy esperado despertó algo en mí, y lloré como no
lo había hecho en el funeral de mi hermano, o al pie de su cama cuando el grito
de mi madre me despertó aquel día. Pero no recuerdo haberlo hecho. No debió ser
así. Simplemente había completado el misterio.
Tal vez por eso
aún guardo sus palabras. Y aún tengo El Diccionario. Desde la muerte de Caín,
decidí llevarlo conmigo a donde quiera que fuese. A veces lo abro, pero no lo
leo. Suelo buscar las páginas cortadas, recordar la palabra que va en cada
lugar.