miércoles, 26 de diciembre de 2012
Daniel cae de nuevo en el asiento del carro, desliza el cinturón de seguridad a través de su pecho y con el chasquido del seguro llega ese instante de vacío en que su estómago se aferra a sus huesos y su cabeza parece desaparecer.
Sus manos son ajenas y ajenos son también los pulmones que no respiran. En ese instante Daniel duda, y por dudar sabe.
Se sabe viejo y eterno, se sabe un grano de arena más en el reloj sin fondo del Tiempo, una escama más en la piel de la Muerte.
Es el momento en el que Daniel no es Daniel, es aire y ausencia y sangre y luz.
El mundo implota y sus cenizas caben bajo la uña de su dedo anular.
Luego enciende el auto y aprieta con fuerza el volante mientras pone reversa.
Sus manos son ajenas y ajenos son también los pulmones que no respiran. En ese instante Daniel duda, y por dudar sabe.
Se sabe viejo y eterno, se sabe un grano de arena más en el reloj sin fondo del Tiempo, una escama más en la piel de la Muerte.
Es el momento en el que Daniel no es Daniel, es aire y ausencia y sangre y luz.
El mundo implota y sus cenizas caben bajo la uña de su dedo anular.
Luego enciende el auto y aprieta con fuerza el volante mientras pone reversa.
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