domingo, 26 de septiembre de 2010
De desayunos y comida
Miró su plato de cereal y soltó un bufido.
-¿Qué tienes ahora, Jorge?
El hombre contestó sin levantar la vista del tazón repleto de leche y hojuelas color cartón.
-Ya no quiero comida.
Sin sobresalto alguno, la mujer contraatacó con voz calmada.
-¿No quieres más cereal?
-No. Ya no quiero comida, estoy harto de la comida.
Acto seguido el tazón de cereal fue arrojado por la coladera de la cocina.
-¿Cómo piensas vivir sin comida? -dijo su esposa, mientras pasaba la página del periódico local. Pero Jorge no estaba para escuchar preguntas sin importancia ni sentido, había cuestiones vitales que atender.
-Todos los días es lo mismo: desayunamos comida, comemos comida y cenamos comida. Es de lo único de lo que nos alimentamos. ¡Estoy harto! ¿Quién ha dicho que lo único que podemos desayunar, comer y cenar es comida?
El fantasma de una sonrisa apareció en la boca de su mujer mientras rodaba los ojos.
-¿Qué te gustaría desayunar, entonces?
El tamaño e importancia del asunto impulsaban a Jorge a recorrer la cocina sin destino fijo, sin poder detener ni sus pies ni su lengua.
-¡Pues algo que no sea lo mismo!
-¿Cómo qué? -preguntó ella, mientras con su pluma roja marcaba un aviso que aparecía en el periódico anunciando una estética nueva. Jorge trataba desesperadamente de resolver esta cuestión existencial. ¿Es que acaso su mujer no podía ver la desesperación que escapaba de sus ojos, buscando respuestas en el techo, en los azulejos color vómito, en las cortinas descoloridas, en las ollas oxidadas?
-¡Vaya pregunta, habiendo tantas cosas que no son comida! ¿Qué tal si quiero desayunar colores?, ¿o ideas?¿Qué tal si se me antoja cenar formas, comer olores y merendar sentimientos?, ¿quién me lo va a impedir?
-Nadie, Jorge, nadie.
-¿Entonces por qué no puedo? ¡Hay alguien que me lo impide! ¿Cuál es la razón por la que no me dejan? ¡Exijo una respuesta!
La mujer dejó el periódico y se dirigió tranquilamente a lavar la loza. Sin mirar a su esposo, le dijo con una voz suave y calmada:
-Tal vez no comes eso porque no sabe bien. La comida sabe bien, ¿por qué comer algo más?
Jorge detuvo su frenético paseo, dando la impresión de haber chocado con una bandada de avestruces invisibles.
-¡Mientes!¡Hay comida que no sabe bien! ¿Cómo puedo saber que algo sabe mal si nunca lo he probado?, ¿si nunca me dan la oportunidad de probarlo? ¡Esto es una violación a mis derechos! ¡Exijo que se me permita desayunar espectros, comer bidimensionalidades y cenar sensaciones!
Ecos ensordecedores resonaron en cada centímetro de la casa, la cocina y la cabeza de Jorge. Desde la iglesia, estruendosas campanadas anunciaban las 8 de la mañana.
-¡Demonios, quedé de ver a Gabriel en media hora!
Tomó con rapidez el saco colgado en el perchero y se lo puso casi instintivamente mientras alargaba la mano libre hacia el viejo maletín de cuero que estaba sobre la mesa. Su mujer, apresurada, dejó los trastes para ir a abrirle la puerta principal.
-El proyecto debería tomarnos aproximadamente unos tres años... -murmuraba Jorge, al tiempo que avanzaba hacia la puerta con pasos mecánicos. Besó a su esposa, como todos los días y se dispuso a salir.
-Más tarde iré a hacer el mandado, ¿Prefieres salmón o pasta para hoy?
-Pasta está bien. Te veo en la noche.
-¿Qué tienes ahora, Jorge?
El hombre contestó sin levantar la vista del tazón repleto de leche y hojuelas color cartón.
-Ya no quiero comida.
Sin sobresalto alguno, la mujer contraatacó con voz calmada.
-¿No quieres más cereal?
-No. Ya no quiero comida, estoy harto de la comida.
Acto seguido el tazón de cereal fue arrojado por la coladera de la cocina.
-¿Cómo piensas vivir sin comida? -dijo su esposa, mientras pasaba la página del periódico local. Pero Jorge no estaba para escuchar preguntas sin importancia ni sentido, había cuestiones vitales que atender.
-Todos los días es lo mismo: desayunamos comida, comemos comida y cenamos comida. Es de lo único de lo que nos alimentamos. ¡Estoy harto! ¿Quién ha dicho que lo único que podemos desayunar, comer y cenar es comida?
El fantasma de una sonrisa apareció en la boca de su mujer mientras rodaba los ojos.
-¿Qué te gustaría desayunar, entonces?
El tamaño e importancia del asunto impulsaban a Jorge a recorrer la cocina sin destino fijo, sin poder detener ni sus pies ni su lengua.
-¡Pues algo que no sea lo mismo!
-¿Cómo qué? -preguntó ella, mientras con su pluma roja marcaba un aviso que aparecía en el periódico anunciando una estética nueva. Jorge trataba desesperadamente de resolver esta cuestión existencial. ¿Es que acaso su mujer no podía ver la desesperación que escapaba de sus ojos, buscando respuestas en el techo, en los azulejos color vómito, en las cortinas descoloridas, en las ollas oxidadas?
-¡Vaya pregunta, habiendo tantas cosas que no son comida! ¿Qué tal si quiero desayunar colores?, ¿o ideas?¿Qué tal si se me antoja cenar formas, comer olores y merendar sentimientos?, ¿quién me lo va a impedir?
-Nadie, Jorge, nadie.
-¿Entonces por qué no puedo? ¡Hay alguien que me lo impide! ¿Cuál es la razón por la que no me dejan? ¡Exijo una respuesta!
La mujer dejó el periódico y se dirigió tranquilamente a lavar la loza. Sin mirar a su esposo, le dijo con una voz suave y calmada:
-Tal vez no comes eso porque no sabe bien. La comida sabe bien, ¿por qué comer algo más?
Jorge detuvo su frenético paseo, dando la impresión de haber chocado con una bandada de avestruces invisibles.
-¡Mientes!¡Hay comida que no sabe bien! ¿Cómo puedo saber que algo sabe mal si nunca lo he probado?, ¿si nunca me dan la oportunidad de probarlo? ¡Esto es una violación a mis derechos! ¡Exijo que se me permita desayunar espectros, comer bidimensionalidades y cenar sensaciones!
Ecos ensordecedores resonaron en cada centímetro de la casa, la cocina y la cabeza de Jorge. Desde la iglesia, estruendosas campanadas anunciaban las 8 de la mañana.
-¡Demonios, quedé de ver a Gabriel en media hora!
Tomó con rapidez el saco colgado en el perchero y se lo puso casi instintivamente mientras alargaba la mano libre hacia el viejo maletín de cuero que estaba sobre la mesa. Su mujer, apresurada, dejó los trastes para ir a abrirle la puerta principal.
-El proyecto debería tomarnos aproximadamente unos tres años... -murmuraba Jorge, al tiempo que avanzaba hacia la puerta con pasos mecánicos. Besó a su esposa, como todos los días y se dispuso a salir.
-Más tarde iré a hacer el mandado, ¿Prefieres salmón o pasta para hoy?
-Pasta está bien. Te veo en la noche.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Fiebre mexicana
Desesperación, frustración, ansiedad. No sé como llegué a ese estado. Notas musicales acarician mis oídos, luego los atraviesan como lanzas de hierro candente, los hacen zumbar con su potencia. Mis ojos se mueven, como en trance, a través de las delirantes líneas del libro rojo entre mis manos. Mis labios pronuncian cada palabra con prisa, como si desease terminármelas todas de una vez, sin hacer pausas ni tartamudear. Palabra mal pronunciada es palabra perdida. Mis piernas duelen, incluso cuando estoy sentada, pero sólo me percato de ello por momentos pues mi mente trabaja sin cesar, lidiando con el torrente de palabras que entran por mis ojos y mis oídos. La saliva se me acaba, debo detenerme. Pasar saliva y, en un lapsus de curiosidad, retirar uno de los audífonos para escuchar el caos que me rodea. Guitarra, trompeta, acordeón y gritos me reciben. No quiero hacerlo, pero instintivamente levanto la vista. Verdes, blancos y rojos me ciegan, todas las tonalidades y combinaciones imaginables de los colores de la bandera llenan mi visión. Vértigo y náuseas, además de una sensación de encierro, sólo agregan a mi ya gran deseo de estar en cualquier lugar menos ahí. No hay escapatoria, por lo menos no en la siguiente hora y media. Rogelio está sentado a mi izquierda, calmado, sumergido en sus propios pensamientos. Perdida en el mar de colores patrios me encuentro entre las sombras, rebelándome fútilmente contra el ambiente nacionalista de la fiesta. Azul y negro, guardados durante la semana para ser llevados el día de hoy específicamente, evitando conscientemente verdes, blancos y rojos. No es que odie a mi país, es que odio la atmósfera nacionalista, la fiebre mexicana que se desata estos días.
Me rodean, me presionan en más de un sentido y en más de una forma.
Alguien desgarra el micrófono siguiendo la letra de El Rey, y a pesar de mi fastidio comienzo a repetir los versos que todos los presentes saben:
Con dinero y sin dinero,
hago siempre lo que quiero
y mi palabra es la ley.
No tengo trono ni reina,
ni nadie que me comprenda,
pero sigo siendo el rey.
El sol me persigue hasta mi escondite entre las sombras, mezclando su calor con el de los cientos de cuerpos humanos que rodean el espacio en el que me encuentro. Acorralada, atrapada físicamente entre la multitud y atrapada mentalmente entre la música, la decoración, y los ideales del festejo, intento escapar, retrocediendo aún más éntre las sombras, enterrando mi mente en los versos escritos, furiosa, desesperada.
El mundo: puerta muda y fría
abierta a mil desiertos.
Quien perdió lo que tú perdiste
en alguna parte se detiene.
Ahora estás pálido,
condenado a un viaje de invierno,
al humo semejante,
que sin cesar tiende a más fríos cielos.
El sudor comienza a hacerse notar en mi frente, y de pronto todo se vuelve demasiado. El calor derrite mi cabeza por un momento, momento en el que los gritos y las notas desafinadas del karaoke se agolpan en mis oídos, momento en el que mis ojos se mueven frenéticos a través del mar de verdes, blancos y rojos.
Demasiado, todo esto es demasiado. A la mierda el orgullo mexicano, que de cualquier forma no ha hecho nada por éste país además de vender camisetas de la selección. Me levanto con dificultad de mi lugar, libro en mano, chaqueta negra en la otra, y salgo a dar la cara al sol. El calor es insoportable, me hace sentir terriblemente ligera y mareada. Me quedo con las ganas de mirar al cielo y gritar: “¡Deja de estar jodiendo, astro Rey, que suficiente tenemos con el infernal ruido!”. De cualquier forma, mis palabras furiosas hubieran sido ahogadas por las bocinas y sus crueles tonos alegres con trompetas, guitarras y acordeones, tan rancheros.
Sólo quiero dejarme caer en el medio del pavimento ardiente, sólo quiero quedarme sorda y no escuchar más aquellas canciones lamentándose siempre sobre el mismo desamor, sólo quiero cerrar mis ojos y sentir el sol acariciar mis párpados sin quemarles, sentir la fresca brisa rozar mis mejillas.
Mis pies me llevan hacia la parada de los camiones, vencida, sin importar que aún falte media hora para que pueda partir. Feliz bicentenario, México lindo y querido.
Me rodean, me presionan en más de un sentido y en más de una forma.
Alguien desgarra el micrófono siguiendo la letra de El Rey, y a pesar de mi fastidio comienzo a repetir los versos que todos los presentes saben:
Con dinero y sin dinero,
hago siempre lo que quiero
y mi palabra es la ley.
No tengo trono ni reina,
ni nadie que me comprenda,
pero sigo siendo el rey.
El sol me persigue hasta mi escondite entre las sombras, mezclando su calor con el de los cientos de cuerpos humanos que rodean el espacio en el que me encuentro. Acorralada, atrapada físicamente entre la multitud y atrapada mentalmente entre la música, la decoración, y los ideales del festejo, intento escapar, retrocediendo aún más éntre las sombras, enterrando mi mente en los versos escritos, furiosa, desesperada.
El mundo: puerta muda y fría
abierta a mil desiertos.
Quien perdió lo que tú perdiste
en alguna parte se detiene.
Ahora estás pálido,
condenado a un viaje de invierno,
al humo semejante,
que sin cesar tiende a más fríos cielos.
El sudor comienza a hacerse notar en mi frente, y de pronto todo se vuelve demasiado. El calor derrite mi cabeza por un momento, momento en el que los gritos y las notas desafinadas del karaoke se agolpan en mis oídos, momento en el que mis ojos se mueven frenéticos a través del mar de verdes, blancos y rojos.
Demasiado, todo esto es demasiado. A la mierda el orgullo mexicano, que de cualquier forma no ha hecho nada por éste país además de vender camisetas de la selección. Me levanto con dificultad de mi lugar, libro en mano, chaqueta negra en la otra, y salgo a dar la cara al sol. El calor es insoportable, me hace sentir terriblemente ligera y mareada. Me quedo con las ganas de mirar al cielo y gritar: “¡Deja de estar jodiendo, astro Rey, que suficiente tenemos con el infernal ruido!”. De cualquier forma, mis palabras furiosas hubieran sido ahogadas por las bocinas y sus crueles tonos alegres con trompetas, guitarras y acordeones, tan rancheros.
Sólo quiero dejarme caer en el medio del pavimento ardiente, sólo quiero quedarme sorda y no escuchar más aquellas canciones lamentándose siempre sobre el mismo desamor, sólo quiero cerrar mis ojos y sentir el sol acariciar mis párpados sin quemarles, sentir la fresca brisa rozar mis mejillas.
Mis pies me llevan hacia la parada de los camiones, vencida, sin importar que aún falte media hora para que pueda partir. Feliz bicentenario, México lindo y querido.
viernes, 10 de septiembre de 2010
"No importa la meta, sino el camino"
"No importa la meta, sino el camino"
¿Cuál es la meta, y cuál el camino?
La vida es el camino, o eso me dicen.
¿Realmente importa más el camino que la meta?
[¿Realmente existe un camino?]
Je ne crois pas plus.
Unos dicen que la meta de la vida es ser feliz, otros afirman que la meta de la vida es la muerte, y entre ellos algunos creen que desde esa perspectiva no nos queda más que aceptar que el camino es más importante que la meta.
¿Qué es lo que hace importante a algo?
¿Qué hace que se considere que algo vale la pena? ¿Que ayude al mundo? ¿Que nos ayude a nosotros?
Arretez vous. Regardez lá.
Je ne crois pas.
Siempre he creído que la meta de los hombres es ser felices y dejar de sufrir... pero... ¿Qué hace de la felicidad algo deseable? ¿Qué hace del sufrimiento algo a evitar?
Más allá de meras concepciones de felicidad y sufrimiento, ¿cómo podemos definir estas dos "cosas"?
Ése es el meollo del asunto. Todos tratamos de ser felices, pero ¿Con qué objeto? ¿Qué es, con exactitud, la felicidad?
No comprendo bien el por qué, pero ésta línea de pensamiento me lleva a sentirme repentinamente libre. Ah, ¡la levedad del ser! ¿Acaso Kundera se equivocó, o es que no llevo suficiente tiempo sintiéndome ligera e insignificante?
Si no hay nada que podamos decir con seguridad que vale la pena, ¡qué libres en verdad somos! ¡De imponernos la meta de nuestra preferencia para hacer con nuestra vida lo que nos venga en gana!
Hermoso.
Y es que el hombre necesita, por razones que desconozco, ser esclavo de algo, necesita un objetivo, no puede llevar una vida sin moverse.
Más que nada somos esclavos de aquello que definimos como felicidad.
Es un concepto en verdad molesto, la felicidad, pues es imposible entender por qué es tan importante para los humanos y sin embargo, rige cada uno de nuestros actos, ya que todos van encaminados de forma instintiva, inconsciente, animal, a [intentar] ser felices.
Quisiera que la vida no caminara, quisiera que la vida se pudiera pasar sin moverse, en eterna observación. [¿Por qué? Porque deseo ser feliz, y pienso que de alguna retorcida forma eso me hará feliz. ¿O no es así?]
Je ne suis pas sure.
¡Tantas ideas preconcebidas en este mundo! Tantos dogmas ocultos , que damos por sentado igual que los paseantes dan por firmes los pilares de un salón, sin darse cuenta que en verdad estos bien podrían ser decorativos, que quizás están ahí sólo porque los paseantes necesitan algo a qué aferrarse, algo que les diga que la estructura del salón en el que habitan es segura y firme, que no caerá sobre sus cabezas en cualquier segundo.
¿Qué hacer? ¿Cambiar? ¿Es siquiera posible comprobar si los pilares de nuestra existencia -el sufrimiento y la felicidad- son reales? ¿Son tan inmensos e impenetrables como aparecen?
Je ne sais pas. Je ne le peux pas regarder.
Estas epifanías son infinitas y parecen suceder en un ciclo interminable. Uno se da cuenta que es libre. Uno se da cuenta que no es libre. Más tarde se da cuenta de qué es lo que lo aprisiona y eso lo libera... hasta que uno se da cuenta de que no es libre... y así sucesivamente.
Es entonces cuando me siento, ya sea en el camión, en un salón o en mi habitación, y veo el caos revolotear a mí alrededor. No hay mucho que pueda hacer contra o para él, y no lo intentaría aunque pudiera, me hace feliz ver el mundo girar, a los hombres ser dirigidos por fuerzas más allá de nuestra absoluta comprensión hacia lugares cuya importancia quizá sobrevaloramos. Desearía tener una Polaroid que captara fuerzas etéreas. No, no puedo ver el viento, pero puedo ver las hojas de los árboles danzar a su antojo, y puedo sentir su empuje, aunque no pueda ver como agita mi cabello y frena o acelera mi caminar. Sería interesante verme en tercera persona. Pero el no poder no significa que no pueda entretener mi existencia viendo a otros. A fin de cuentas, ¿no somos todos igual de humanos?
¿Cuál es la meta, y cuál el camino?
La vida es el camino, o eso me dicen.
¿Realmente importa más el camino que la meta?
[¿Realmente existe un camino?]
Je ne crois pas plus.
Unos dicen que la meta de la vida es ser feliz, otros afirman que la meta de la vida es la muerte, y entre ellos algunos creen que desde esa perspectiva no nos queda más que aceptar que el camino es más importante que la meta.
¿Qué es lo que hace importante a algo?
¿Qué hace que se considere que algo vale la pena? ¿Que ayude al mundo? ¿Que nos ayude a nosotros?
Arretez vous. Regardez lá.
Je ne crois pas.
Siempre he creído que la meta de los hombres es ser felices y dejar de sufrir... pero... ¿Qué hace de la felicidad algo deseable? ¿Qué hace del sufrimiento algo a evitar?
Más allá de meras concepciones de felicidad y sufrimiento, ¿cómo podemos definir estas dos "cosas"?
Ése es el meollo del asunto. Todos tratamos de ser felices, pero ¿Con qué objeto? ¿Qué es, con exactitud, la felicidad?
No comprendo bien el por qué, pero ésta línea de pensamiento me lleva a sentirme repentinamente libre. Ah, ¡la levedad del ser! ¿Acaso Kundera se equivocó, o es que no llevo suficiente tiempo sintiéndome ligera e insignificante?
Si no hay nada que podamos decir con seguridad que vale la pena, ¡qué libres en verdad somos! ¡De imponernos la meta de nuestra preferencia para hacer con nuestra vida lo que nos venga en gana!
Hermoso.
Y es que el hombre necesita, por razones que desconozco, ser esclavo de algo, necesita un objetivo, no puede llevar una vida sin moverse.
Más que nada somos esclavos de aquello que definimos como felicidad.
Es un concepto en verdad molesto, la felicidad, pues es imposible entender por qué es tan importante para los humanos y sin embargo, rige cada uno de nuestros actos, ya que todos van encaminados de forma instintiva, inconsciente, animal, a [intentar] ser felices.
Quisiera que la vida no caminara, quisiera que la vida se pudiera pasar sin moverse, en eterna observación. [¿Por qué? Porque deseo ser feliz, y pienso que de alguna retorcida forma eso me hará feliz. ¿O no es así?]
Je ne suis pas sure.
¡Tantas ideas preconcebidas en este mundo! Tantos dogmas ocultos , que damos por sentado igual que los paseantes dan por firmes los pilares de un salón, sin darse cuenta que en verdad estos bien podrían ser decorativos, que quizás están ahí sólo porque los paseantes necesitan algo a qué aferrarse, algo que les diga que la estructura del salón en el que habitan es segura y firme, que no caerá sobre sus cabezas en cualquier segundo.
¿Qué hacer? ¿Cambiar? ¿Es siquiera posible comprobar si los pilares de nuestra existencia -el sufrimiento y la felicidad- son reales? ¿Son tan inmensos e impenetrables como aparecen?
Je ne sais pas. Je ne le peux pas regarder.
Estas epifanías son infinitas y parecen suceder en un ciclo interminable. Uno se da cuenta que es libre. Uno se da cuenta que no es libre. Más tarde se da cuenta de qué es lo que lo aprisiona y eso lo libera... hasta que uno se da cuenta de que no es libre... y así sucesivamente.
Es entonces cuando me siento, ya sea en el camión, en un salón o en mi habitación, y veo el caos revolotear a mí alrededor. No hay mucho que pueda hacer contra o para él, y no lo intentaría aunque pudiera, me hace feliz ver el mundo girar, a los hombres ser dirigidos por fuerzas más allá de nuestra absoluta comprensión hacia lugares cuya importancia quizá sobrevaloramos. Desearía tener una Polaroid que captara fuerzas etéreas. No, no puedo ver el viento, pero puedo ver las hojas de los árboles danzar a su antojo, y puedo sentir su empuje, aunque no pueda ver como agita mi cabello y frena o acelera mi caminar. Sería interesante verme en tercera persona. Pero el no poder no significa que no pueda entretener mi existencia viendo a otros. A fin de cuentas, ¿no somos todos igual de humanos?
"Raspa la pluma: ¡al diablo!
¿Estaré eternamente condenado a raspar?
Resuelto me lanzo al tintero
Y escribo con espesos ríos de tinta.
¡Qué fluidez, qué plenitud, qué estilo!
¡Qué bien me sale, qué bien lo hago!
Tal vez a mi escritura le falte claridad -
¿Y qué? ¿Quién lee lo que escribo?"
F. Nietzsche
viernes, 3 de septiembre de 2010
Tango
La música era lo que más recordaba. Aún
resonaban en sus oídos las notas alegres y fugaces de acordeón y violín que
habían llenado la habitación.
Dio otro trago al cappuccino frío que
descansaba en su escritorio y sus ojos regresaron a la pantalla frente a él,
aún en blanco. Solo se veía la raya parpadeante que marcaba el inicio de la
página, donde debería haber al menos unas quinientas palabras ya. Un suspiro.
Hundió la cabeza entre las manos, como había hecho miles de veces durante
noches como ésta, en las que esa raya parpadeante se negaba rotundamente a
llegar al final de la página, sin importar cuán desesperado estuviese él,
cuánto necesitara que recorriera por lo menos una mugrienta página. Cientos de
noches así habían ido y venido ya, pero ninguna se comparaba a ésta, similar y
tan diferente. Otro suspiro, esta vez ahogado por las palmas de sus manos
húmedas de sudor. Aire, necesitaba aire fresco. Se levantó despacio de la
crujiente silla, navegó por la habitación evitando con la experiencia de la
costumbre la ropa, libros, platos, vasos y demás objetos que decoraban la
alfombra y llegó a la ventana francesa que daba al destartalado balcón del apartamento.
Dejose caer entonces en una vieja silla de playa desteñida por el sol. Permitió
que los párpados se le cerrasen, pesados con cansancio y frustración. Aquellas
alegres notas volvieron a resonar en su cabeza con tal claridad que por un
momento estuvo a punto de creer que provenían de la radio de algún vecino con
insomnio.
Esa noche se presentaba un paisaje bastante
cliché: la luna flotando en el cielo de un azul imposiblemente oscuro, un lunar
blanco en la tez del cosmos… un paisaje ajeno pero familiar.
Sólo se permitió unos minutos para admirar la
vista, que no podía decidir si era estupenda o monótona, antes de regresar
arrastrando los pies a la habitación. En la oscuridad podía ver como la hora,
5:01, brillaba malévolamente recalcada en rojo desde el reloj digital en su
mesita de dormir. Otro suspiro más escapó de sus labios, como había hecho miles
de veces durante noches como ésta, y se dirigió, con decisión de último minuto,
hacia el ordenador, desde donde lo observaba la pantalla en blanco con esa raya
parpadeante riéndose de él silenciosamente, justo en el mismo lugar en que
estaba hace cuatro horas y media. Pues a la mierda todo, pensó agotado, y apagó
el CPU sin pensárselo dos veces. Una vez hecho eso, se dirigió casi corriendo a
encontrarse con su colchón viejo en el otro extremo del apartamento y se dejó
llevar a aquella cita que le tenía programada a Morfeo, con todo y zapatos.
Doce horas, un baño y una rasurada a medias
más tarde cruzaba la puerta de cristal del café más barato de la avenida,
escuchando la ridícula campanilla acompañar su entrada como siempre lo hacía.
Caminó sin miramientos hasta la mesa más alejada de la puerta y se dejó caer
sobre la piel gastada del asiento.
–No puedo hacerlo.
El hombre sentado delante suyo le respondió:
–No quieren que nadie
más lo haga, Mariana insiste en que él no hubiera escogido a otro que no fueras
tú.
Se pasó la mano por el cabello; algo de la
frustración de la noche anterior comenzaba a regresar.
–No es cuestión de no
querer, es que no puedo. Pasé cinco putas horas frente a la computadora anoche.
Nada.
Un suspiro, del cual hizo eco su acompañante.
Luego de unos segundos observando la mesa, el hombre susurró:
–Tienes que poder. Sé
un buen amigo y escríbelo, ambos sabemos que algo se te ocurrirá al final,
siempre pasa.
–Esto es muy diferente, y lo sabes.
Un tenso silencio se extendió entre ambos,
permitiéndole examinar a su acompañante. Era siempre tan cuidadoso con su forma
de vestir que sólo quienes le conocían hubieran podido notar que había algo
fuera de lo normal. No sabía bien que era lo que lo delataba, pero sospechaba
que eran sus ojos: apagados, vencidos, cansados… no veía en ellos la
arrogancia, la impasibilidad que solían reflejar. Su objeto de estudio negó
lentamente con la cabeza, aún agachada, examinando la mesa con esas pupilas
tristes.
–No puedo forzarte y lo sabes, estas cosas no
se pueden forzar, pero sé que tienes que hacerlo tú. No sé por qué, pero nadie
más debe hacerlo. Tú puedes y debes.
–Qué bueno que no me fuerzas a ello– murmuró. El otro frunció el ceño, un relámpago
de furia cruzando sus ojos. Él lo notó y se sorprendió deseando poder
retractarse.
–Tú no entiendes lo difícil que es… a mí me
encantaría dirigirle esas palabras que me pides, expresarles a él y a todos
cuánto me duele y cómo lo lamento… pero me siento frente a la computadora y
nada. No sale nada, todo se esconde dentro de mí y no encuentro las letras que
forman las palabras, no recuerdo el significado de cada una ni recuerdo en qué
orden debo teclearlas para que le hagan sentido a los demás… es como si se
negasen a ser escritas, como si no quisieran ser habladas y escuchadas.
Ese par de ojos lo miraron, y entonces pudo
confirmar que eran realmente ellos los que le decían a gritos que el hombre
frente a él no era el que hace una semana se había burlado de su oficio. No sé
cómo comes –había dicho –si ni siquiera compran tus libros como combustible
para chimeneas. Vivía menospreciando su trabajo y ¡Quién lo viera ese día,
sentado en la misma mesa que él, pidiéndole que hiciera aquello que tanto
ridiculizó! Una envenenada satisfacción lo llenó, pero se esfumó en cuanto lo
escuchó decir:
–Ayer fuimos a su casa. Mariana dijo que nadie
se ha molestado en limpiarla aún.
–Lo sé, también la he visto.
Su acompañante se removió, incómodo, antes de
proseguir:
–De haber visto en qué
condición se encontraba, lo hubiera sabido, hubiera podido evitar…
–No te alagues –le interrumpió, molesto– pues para empezar, jamás hubieran puesto un
pie en su casa ni tú ni esa esposa tuya, por más hermana suya que se dijera, y
apostaría mi mano derecha a que seguirían sin hacerlo de no ser por… esto.
No pudo evitar que su voz huyera al llegar a
la última palabra, pero el resentimiento que sentía por el hombre frente a él
crecía dentro suyo como fuego que renace de entre cenizas, ése que una vez
acabado, saca fuerzas de quién sabe dónde para volver a quemar.
–En cuanto a poder evitarlo, no me hagas reír.
No sabías ni que seguía vivo ¿Que tú ibas a poder decir que tenía en mente algo
así? Claro.
–Pues más jodido estás tú –dijo el otro,
revivido por la indignación, sonrojado en parte por el enojo, en parte porque
quizás sabía que la acusación era cierta.
–Te dices cercano a él y no viste lo que
pasaba frente a tus ojos. Pues vaya mierda de amigo que eres –escupió con
disgusto.
Las palabras se encajaron dolorosamente en él
como vidrios bajo las uñas, vaciaron sus pulmones de aire mejor que una patada
bien dada. Había dado en la yaga, el bastardo. La rabia lo consumía como el
fuego a un cerillo, y ya no sabía si era en contra del hombre que tenía
enfrente, si contra él, ahora ausente, o contra sí mismo. Sin realmente ser
consciente de lo que hacía se levantó de la mesa y salió rápidamente del café,
como poseído por el demonio mismo. Así anduvo entre las calles, impulsado y
guiado únicamente por esa furia que lo quemaba como ácido, cual ciego guiado
por el cerbero mismo. Cruzó avenidas, dio vueltas a la derecha y a la
izquierda, tropezó con gente que le profirió insultos o se alejó asustada de él
y fue casi atropellado en más de una ocasión, pero no podía detenerse, ni
siquiera era él consciente de a dónde se estaba dirigiendo.
Las leyes naturales dicen que todo llega en
algún punto a su fin, y así llegó un momento en el que ya no le quedaba furia
para quemar, en el que la rabia que impulsaba su tormentosa caminata ya no era
suficiente para poseerlo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que el cielo
había oscurecido, de que sus piernas dolían, de que estaba frente a una puerta
despintada que le era bastante familiar. Aún en trance, tratando de asimilar el
vacío que el odio había dejado al desaparecer, tratando de entender cómo
exactamente había ido a parar a aquel conocido lugar, giró la oxidada perilla,
y entró.
Era cierto, la casa seguía igual que como hace
tres días: oscura, sucia, desordenada. El piso cubierto de libros y papeles con
palabras desechadas, los muebles haciendo el oficio de percheros. La habitación
estaba a reventar de toda clase de derbis, pero él la sabía vacía. Solo había
un cambio, uno que en cuanto lo notó, comenzó a sentir que el aire le faltaba:
el eco de sus pasos y los frenéticos latidos de su corazón eran lo único que se
oía, y sabía que no debería ser así. Moviéndose torpemente, en parte por el
desastre de la habitación, en parte por la histeria que derribaba poco a poco
las edificaciones de su cordura, llegó a uno de los estantes que cubrían las
paredes. Ahí, sudoroso y temblando, encendió el estéreo. Las notas salieron de
las bocinas como el agua de una presa que se desborda.
Violín y acordeón llenaron el espacio a su
alrededor, golpeando sus tímpanos en compases de tres o de cuatro, su melodía
rápida y llena de vida. Por un momento, creyó que era viernes en la tarde y que
estaba ahí para tomar un trago, bromear, intercambiar cuentos o charlar
mientras las notas de Vida Mía, Chalita, La Violetera, Retintín y muchísimas
otras nuevas y viejas llenaban el lugar. Pero fue solo un momento. Un momento
iluso en el que casi podía imaginarlo saliendo de su estudio, copa en mano,
libro en la otra, y esa sonrisa despreocupada dibujada entre la barba de tres
días. Solo que la copa medio vacía seguía junto al estéreo, el libro sabrá
donde, perdido en el caos, y esa estúpida sonrisa en el pasado, existente ya
sólo en sus recuerdos, en su memoria. Sólo en su mente medio enferma.
La puerta a su estudio estaba abierta y dentro
no se podía ver nada más que desorden y oscuridad. Las alegres notas sonaban y
hacían eco en sus tímpanos. De pronto, le pareció distinguir que la canción
cambiaba y ahora violín y acordeón derramaban con cada nota un aullido
melancólico. Instintivamente giró hacia el estéreo para quitar esa horrible
melodía, para detener las notas que manaban como sangre de las bocinas y se
fundían en su pecho, haciendo que pesara cada vez más. No notó que la canción
era la misma que había estado sonando antes, y lo apagó inmediatamente. Las
letras azul neón de la pantalla digital desaparecieron al instante, pero las
notas se negaron a partir. Se habían alojado ya dentro de él, y seguían sonando,
una y otra vez, llenando el espacio en su cabeza que la sanidad había dejado al
irse. Que él había dejado al irse. No sintió como sus rodillas conectaban con
el firme suelo de madera, tampoco las punzadas del cristal de la copa que se
deshizo en mil pedazos a su lado, ni las lágrimas heladas recorriendo su
rostro, solo podía sentir las notas, la marcada melodía que llenaba sus
pulmones, el acordeón que lloraba en su cabeza, los fuertes y breves golpes que
el violín, con su firme tonada, asestaba a su pecho. El claro y firme paso le
torturaba con su tempo acelerado, siempre conciso y siempre veloz. Cuándo cerró
los ojos, no supo, pues parecía que estaba perdido en la oscuridad desde hacía
ya buen tiempo. Desde hacía ya tres días.
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