Acerca del Blog

joto y reina se toman de las manos

el rey empuña siete espadas

ocho bastos golpean as de corazones

y el viento derrumba lo que ahora ya no importa

***

El arlequín sonríe con tinta desde el cartón

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Fiebre mexicana

Desesperación, frustración, ansiedad. No sé como llegué a ese estado. Notas musicales acarician mis oídos, luego los atraviesan como lanzas de hierro candente, los hacen zumbar con su potencia. Mis ojos se mueven, como en trance, a través de las delirantes líneas del libro rojo entre mis manos. Mis labios pronuncian cada palabra con prisa, como si desease terminármelas todas de una vez, sin hacer pausas ni tartamudear. Palabra mal pronunciada es palabra perdida. Mis piernas duelen, incluso cuando estoy sentada, pero sólo me percato de ello por momentos pues mi mente trabaja sin cesar, lidiando con el torrente de palabras que entran por mis ojos y mis oídos. La saliva se me acaba, debo detenerme. Pasar saliva y, en un lapsus de curiosidad, retirar uno de los audífonos para escuchar el caos que me rodea. Guitarra, trompeta, acordeón y gritos me reciben. No quiero hacerlo, pero instintivamente levanto la vista. Verdes, blancos y rojos me ciegan, todas las tonalidades y combinaciones imaginables de los colores de la bandera llenan mi visión. Vértigo y náuseas, además de una sensación de encierro, sólo agregan a mi ya gran deseo de estar en cualquier lugar menos ahí. No hay escapatoria, por lo menos no en la siguiente hora y media. Rogelio está sentado a mi izquierda, calmado, sumergido en sus propios pensamientos. Perdida en el mar de colores patrios me encuentro entre las sombras, rebelándome fútilmente contra el ambiente nacionalista de la fiesta. Azul y negro, guardados durante la semana para ser llevados el día de hoy específicamente, evitando conscientemente verdes, blancos y rojos. No es que odie a mi país, es que odio la atmósfera nacionalista, la fiebre mexicana que se desata estos días.
Me rodean, me presionan en más de un sentido y en más de una forma.
Alguien desgarra el micrófono siguiendo la letra de El Rey, y a pesar de mi fastidio comienzo a repetir los versos que todos los presentes saben:

Con dinero y sin dinero,
hago siempre lo que quiero
y mi palabra es la ley.

No tengo trono ni reina,
ni nadie que me comprenda,
pero sigo siendo el rey.

El sol me persigue hasta mi escondite entre las sombras, mezclando su calor con el de los cientos de cuerpos humanos que rodean el espacio en el que me encuentro. Acorralada, atrapada físicamente entre la multitud y atrapada mentalmente entre la música, la decoración, y los ideales del festejo, intento escapar, retrocediendo aún más éntre las sombras, enterrando mi mente en los versos escritos, furiosa, desesperada.

El mundo: puerta muda y fría
abierta a mil desiertos.
Quien perdió lo que tú perdiste
en alguna parte se detiene.


Ahora estás pálido,
condenado a un viaje de invierno,
al humo semejante,
que sin cesar tiende a más fríos cielos.

El sudor comienza a hacerse notar en mi frente, y de pronto todo se vuelve demasiado. El calor derrite mi cabeza por un momento, momento en el que los gritos y las notas desafinadas del karaoke se agolpan en mis oídos, momento en el que mis ojos se mueven frenéticos a través del mar de verdes, blancos y rojos.
Demasiado, todo esto es demasiado. A la mierda el orgullo mexicano, que de cualquier forma no ha hecho nada por éste país además de vender camisetas de la selección. Me levanto con dificultad de mi lugar, libro en mano, chaqueta negra en la otra, y salgo a dar la cara al sol. El calor es insoportable, me hace sentir terriblemente ligera y mareada. Me quedo con las ganas de mirar al cielo y gritar: “¡Deja de estar jodiendo, astro Rey, que suficiente tenemos con el infernal ruido!”. De cualquier forma, mis palabras furiosas hubieran sido ahogadas por las bocinas y sus crueles tonos alegres con trompetas, guitarras y acordeones, tan rancheros.

Sólo quiero dejarme caer en el medio del pavimento ardiente, sólo quiero quedarme sorda y no escuchar más aquellas canciones lamentándose siempre sobre el mismo desamor, sólo quiero cerrar mis ojos y sentir el sol acariciar mis párpados sin quemarles, sentir la fresca brisa rozar mis mejillas.

Mis pies me llevan hacia la parada de los camiones, vencida, sin importar que aún falte media hora para que pueda partir. Feliz bicentenario, México lindo y querido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Comentarios se agradecen, críticas se aceptan, ideas se consideran y preguntas se contestan.