“Sí, recibí el informe de Monsieur Loup, vino a verme en cuanto logró sacar a los perros de la porqueriza y llevarlos a su área designada”, comenta Monsieur Agneau, “pero aquel incidente era imposible de prevenir para mí. Los Monsieurs Hibou y Chèvre tenían instrucciones claras de vigilar a los perros, y nadie me notificó a tiempo del asunto. Me dirigí a hablar con ellos enseguida. Las ovejas seguían sin aparecer y no estoy seguro de quién es el responsable, si es que lo hay. Los pollos continuaban su huelga, tampoco tenía tiempo para dedicarles a los muy delicados. ¿Dónde quedó el tiempo que faltaba? Seguramente con las ovejas. Mientras caminaba iba espantando conejos para que regresaran a su lado del césped. Ellos también saben cuál es su lugar, no entiendo por qué hay tanta insubordinación aquí”, dice Monsieur Agneau encogiéndose de hombros, “tan sencillo como que cada uno haga lo que le corresponde. Por ningún lado vi yo a Monsieur Chèvre, que debería de encontrarse cerca del granero, por donde, curiosamente, andaba un toro. Ahuyentando conejos fui a dar con Monsieur Hibou, que había bajado de su oficina en el roble 3 para hablar con un grupo de aquellos peludos insurrectos.”
“Monsieur Agneau me preguntó qué era lo que estaba haciendo fuera de mi oficina”, narra Monsieur Hibou, “yo le expliqué que hacía mi trabajo. Había bajado a hablar con los conejos, que tuvieron un desacuerdo respecto a la cantidad de pasto que merecía cada uno, cuándo y dónde deberían de comer. En vez de llegar a una solución común habían decidido dispersarse. Así son los conejos, prefieren evitar llevar las discusiones a mayores y las arreglan como pueden”, explica con calma Monsieur Hibou, “pero no podía dejarlos invadir otros sectores que no les correspondían, así que decidí intervenir en el asunto, era lo más adecuado. Después de mediar una larga negociación entre conejos, que además se demoró porque muchos andaban ya del otro lado del terreno y tardaron en ponerse al tanto, llegaron a la conclusión de que hace falta una organización más minuciosa y efectiva impuesta por los ejecutivos, además de un buzón de sugerencias y una oficina que se encargue específicamente de solucionar problemas como éste. Había quedado Monsieur Chèvre a cargo de la vigilancia desde su puesto frente al granero, pero a mitad del debate pasó por aquí y me dijo que un lechón histérico había ido a buscarlo porque tenían una crisis en la porqueriza, que iría a calmarlos. Naturalmente, no podía abandonar a los conejos a esas alturas del debate o nunca se pondrían de acuerdo. Monsieur Chèvre alcanzó a ponerse al tanto del conflicto de la distribución del pasto, estuvo de acuerdo con nosotros en que hay serios problemas de organización y que es necesario pedirle a Monsieur Tortue que tome en consideración las propuestas de los conejos. De las ovejas no tuve noticias, estaban ahí antes de que empezaran los problemas con los conejos, y una vez que me ocupé con ellos, ¿qué podía hacer? Sólo tengo un par de ojos y de alas. En cuanto terminé de explicarle a Monsieur Agneau todo esto, pedí a un grupo de conejos que fueran con Monsieur Tortue para exponerle lo ya mencionado, y eso fue todo.”
“Llevaba tres horas frente al gallinero cuando llegaron los conejos a decirme algo sobre una propuesta relacionada con el establecimiento de horarios, un buzón de sugerencias y algo sobre la resolución de problemas”, dice Monsieur Tortue, cansado, “pero los encargados de negociar la viabilidad de las propuestas eran los pollos, que estaban en huelga. Además, en ese momento enfrentaba una situación más grave y no podía atenderlos personalmente, lo mismo pasó cuando Monsieur Chien vino a preguntarme por las ovejas. Después de asegurarles que en cuanto tuviera un minúsculo espacio disponible o la asociación de pollos abandonara la huelga les mandaría llamar, continué mi diálogo con el toro. Por fin accedió a regresar a su lugar una vez que hubo expuesto sus demandas y la razón detrás de su inconformidad con el espacio designado para la población bovina. Sin embargo, la puerta del granero continuaba cerrada por dentro y Monsieur Chèvre no se asomaba por los alrededores. Hubiera podido intentar forzarla, pero mi anatomía claramente me lo impide”, suspira Monsieur Tortue. “No tenía manera de sacar a los caballos que se habían refugiado ahí al ver al toro acercarse. Esto no me hubiera preocupado tanto si se tratara de alguna bodega cualquiera, pero estamos hablando del granero; los pollos llevaban todo el día sin recibir su ración alimentaria y precisamente por eso estaban en huelga. Madmoiselle Poulette ya había pasado en varias ocasiones para ver si había alguna mejora en la situación. Se encontraba indignada, y con justa razón, debo admitir, por la ineficiencia con la que estaba siendo tratado el problema. Se fue a buscar a Monsieur Loup, encargado de la repartición de alimentos. Iba a decirle que no tenía mucho sentido reclamarle a Monsieur Loup, pero ya se había retirado. De cualquier forma, ¿a quién había que culpar? Si me dicen ahora que Monsieur Chèvre estaba atendiendo otro asunto urgente, que todos los demás estaban ocupados resolviendo problemas de gran relevancia”, razona Monsieur Tortue, “entonces la empresa está trabajando tal y como debería, ¿no?”


