Acerca del Blog

joto y reina se toman de las manos

el rey empuña siete espadas

ocho bastos golpean as de corazones

y el viento derrumba lo que ahora ya no importa

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El arlequín sonríe con tinta desde el cartón

miércoles, 17 de febrero de 2010

Lluvia

Era viernes. La lluvia golpeteaba la acera llenando el silencio que normalmente reinaba en la avenida. El dulce concierto de las gotas de agua no me permitía escuchar mi respiración o los sordos golpes de mi corazón. Mí cabello y hombros eran empapados por las frías gotas, pero casi no me daba cuenta de ello. Las grises nubes cubrían el cielo completamente, envolviendo el lugar en un manto de oscuridad. Un agradable aroma a tierra mojada impregnaba el aire a mí alrededor. Mientras avanzaba lentamente por la estrecha calle, rodeado de este ahora lúgubre ambiente, no me era posible evitar que mis pensamientos divagaran. Recordaba que antes, los días nublados y lluviosos eran para mí los más felices, pues aunque a mucha gente le desagradasen, a mí me parecía que estaban llenos de vida. Y es que al ver las gruesas gotas de agua, destellantes aún con la poca luz que hay en estos días, mi imaginación me llevaba a creer que las gotas eran piedras preciosas, gemas de la vida que al ser absorbidas por la tierra la llenaban de tesoros más allá de lo que cualquier hombre fuese capaz de imaginar. Nunca, ni una sola vez, se me ocurrió pensar que la razón por la que las gotas desaparecían al tocar el suelo fuera porque no era posible que algo tan hermoso sobreviviese el contacto con algo tan… impuro. Nunca, ni una sola vez me percaté de la forma en que las sombras parecen engullir todos esos días, llenando el ambiente de tristeza. Nunca, ni una sola vez me digné a mirar hacia arriba y ver que mientras mi alma se empapaba de una alegría egoísta, el cielo estaba llorando.