Acerca del Blog

joto y reina se toman de las manos

el rey empuña siete espadas

ocho bastos golpean as de corazones

y el viento derrumba lo que ahora ya no importa

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El arlequín sonríe con tinta desde el cartón

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Coleccionista

He visto tus ojos mirándome en silencio, deslumbrantes.
Los he visto también cargados de deseo y de intención.
Me ha tocado observarles muy de cerca, cuando por accidente ambos nos miramos durante un beso.

Pero sólo una vez te he visto con los ojos fuertemente cerrados, tu boca entreabierta, ahogada en el más oscuro y feliz de nuestros secretos.
Y sólo una vez he visto tu rostro relajado, sin pensamiento o preocupación alguna, mientras sin duda te perdías en el buen cansancio.

Estos recuerdos tengo de tus ojos, y los guardo celosamente.
Sólo descanso de recordarte para verte, y vivir un momento más que he de revivir siempre.
No me pidas que te mire.
No me mires.
Como el reflejo que se quiebra y se deshace al atravesar la delicada piel del agua, el universo se quiebra al pasar a través del cristalino; se pierde en la pupila eterna. Desaparece.
Si me miras tus ojos me llaman. Me sé absorbida, devorada, y temo perderme también del otro lado del espejo de tu pupila.
No me pidas que me entregue a la oscuridad tuya, que me quiebre y sea sin saber del otro lado del cristalino.
Si lo hago nunca sabré mi desenlace.
Daniel cae de nuevo en el asiento del carro, desliza el cinturón de seguridad a través de su pecho y con el chasquido del seguro llega ese instante de vacío en que su estómago se aferra a sus huesos y su cabeza parece desaparecer.
Sus manos son ajenas y ajenos son también los pulmones que no respiran. En ese instante Daniel duda, y por dudar sabe.
Se sabe viejo y eterno, se sabe un grano de arena más en el reloj sin fondo del Tiempo, una escama más en la piel de la Muerte.
Es el momento en el que Daniel no es Daniel, es aire y ausencia y sangre y luz.
El mundo implota y sus cenizas caben bajo la uña de su dedo anular.

Luego enciende el auto y aprieta con fuerza el volante mientras pone reversa.
Las hojas rojas caen como gotas de sangre.
Así quiero que sea mi sangre; ligera, de un rojo deslumbrante.
Quiero sangre fría y leve, sangre que se la lleve el viento, sangre que imponga un aire majestuoso sin caer en la vulgaridad de lo pesado.
Mis problemas llegarán cuando llegue el invierno y no haya más sangre que derramar. Cuando quede desnuda, fría, sola, como los árboles. En un estado de muerte en vida.
Mi problema es esa prolongada soledad en que caeré.
Y la duda.
También en eso tendré que ser como los árboles: siempre paciente, estática, eterna. Si no tengo la fuerza sé que la duda me corroerá lentamente, rama por rama.
La eterna duda de si volverán a crecer y a caer las hojas o si este ha sido mi último otoño.