sábado, 23 de octubre de 2010
Átodos
Había una vez, un átodo que llegó a la Tierra. La pequeña esférica se accidentó al caer, partiose por la mitad al impactar con el suelo y sus pedazos rodaron por kilómetros en direcciones opuestas, hasta que la media esfera que avanzaba hacia el noreste cayó en un pequeño manantial, y su contraparte que se dirigía hacia el sudoeste entró a un bosque que se incendiaba.
Pasaron la noche así los pequeños subátodos, divididos, extraviados, sin energía, hasta que salió de nuevo el astro rey, y sus rayos acariciaron a los desgraciados divididos. Desesperados por evitar aquel cambio que tan bruscamente les había alejado, dirigiéronse ambos incompletos ansiosos hacia donde sabían que el otro estaba, y al encontrarse se abrazaron como viejos amigos, hermanos, amantes, pero era de esperarse que no durase mucho el encuentro; ambas mitades adoloridas se alejaron, perplejas, asustadas, heridas. El primero en darse cuenta fue el subátodo del noreste, pues la energía que su contraparte emanaba podía sentirla incluso en la distancia: el fuego se había quedado con el desgraciado del sudoeste. Diose entonces cuenta de que goteaba, y razonó que de aquel travieso manantial que le había recibido la noche anterior había decidido acompañarle un pedazo. El otro pobre perplejo, ignorante de su situación, trató asustado de unirse nuevamente con su contraparte, pero retractose al instante, dolido, lastimado, como si parte de su ser hubiese sido consumida. El otro, herido también, hubiese llorado de haber podido (pero su condición de subátodo no se lo permitía), pues se daba cuenta que estaba siendo privado de la oportunidad de volver a ser un átodo hecho y derecho; su compañero, en cambio, trataba por todos los medios de regresar con su otro, pero con cada intento su ser se veía afectado.
Miráronse entonces aquellos subátodos que en algún momento habían sido un átodo, y comprendieron que nunca podrían volver a ser uno. El peso del cambio les cayó encima como HCl en los pulmones. No sólo estaban en un tierra desconocida, sino que ellos mismos eran seres desconocidos. ¿Qué clase de existencia llevarían ahora? La inestabilidad era casi palpable en aquellos asustados subátodos. ¿Eran acaso subátodos?, ¿o, ahora que además de separarse, se habían mezclado con elementos de otra naturaleza, ya no podían ser considerados átodos ni subátodos ni semiátodos ni nada por el estilo?
Asustáronse los pequeños, uno goteando sin cesar, el otro moviéndose cual llama que sacude el viento. Y quedáronse ahí, uno frente al otro, observándose, sintiéndose, sufriendo la distancia y el cruel dolor de esas situaciones ajenas que uno nunca busca ni conoce ni desea, pero en las que se cae por alguna razón, tal vez por lazos kármicos, tal vez por fuerzas superiores, tal vez por que la vida es cruel y punto.
Me temo que ése es el final, sin desenlace, y es que para dilemas de átodos no existen soluciones, puesto que no tienen problemas que las requieran, ni conocen lo que es el tiempo como para perderlo, ni lo que es el espacio como para ser o no ser.
Y en algún lugar del mundo dos casi átodos se observan, abrumados por el desgarrador cambio que les ha atacado, asimilando la horrible situación sin saber realmente qué es lo que ha pasado.
Pasaron la noche así los pequeños subátodos, divididos, extraviados, sin energía, hasta que salió de nuevo el astro rey, y sus rayos acariciaron a los desgraciados divididos. Desesperados por evitar aquel cambio que tan bruscamente les había alejado, dirigiéronse ambos incompletos ansiosos hacia donde sabían que el otro estaba, y al encontrarse se abrazaron como viejos amigos, hermanos, amantes, pero era de esperarse que no durase mucho el encuentro; ambas mitades adoloridas se alejaron, perplejas, asustadas, heridas. El primero en darse cuenta fue el subátodo del noreste, pues la energía que su contraparte emanaba podía sentirla incluso en la distancia: el fuego se había quedado con el desgraciado del sudoeste. Diose entonces cuenta de que goteaba, y razonó que de aquel travieso manantial que le había recibido la noche anterior había decidido acompañarle un pedazo. El otro pobre perplejo, ignorante de su situación, trató asustado de unirse nuevamente con su contraparte, pero retractose al instante, dolido, lastimado, como si parte de su ser hubiese sido consumida. El otro, herido también, hubiese llorado de haber podido (pero su condición de subátodo no se lo permitía), pues se daba cuenta que estaba siendo privado de la oportunidad de volver a ser un átodo hecho y derecho; su compañero, en cambio, trataba por todos los medios de regresar con su otro, pero con cada intento su ser se veía afectado.
Miráronse entonces aquellos subátodos que en algún momento habían sido un átodo, y comprendieron que nunca podrían volver a ser uno. El peso del cambio les cayó encima como HCl en los pulmones. No sólo estaban en un tierra desconocida, sino que ellos mismos eran seres desconocidos. ¿Qué clase de existencia llevarían ahora? La inestabilidad era casi palpable en aquellos asustados subátodos. ¿Eran acaso subátodos?, ¿o, ahora que además de separarse, se habían mezclado con elementos de otra naturaleza, ya no podían ser considerados átodos ni subátodos ni semiátodos ni nada por el estilo?
Asustáronse los pequeños, uno goteando sin cesar, el otro moviéndose cual llama que sacude el viento. Y quedáronse ahí, uno frente al otro, observándose, sintiéndose, sufriendo la distancia y el cruel dolor de esas situaciones ajenas que uno nunca busca ni conoce ni desea, pero en las que se cae por alguna razón, tal vez por lazos kármicos, tal vez por fuerzas superiores, tal vez por que la vida es cruel y punto.
Me temo que ése es el final, sin desenlace, y es que para dilemas de átodos no existen soluciones, puesto que no tienen problemas que las requieran, ni conocen lo que es el tiempo como para perderlo, ni lo que es el espacio como para ser o no ser.
Y en algún lugar del mundo dos casi átodos se observan, abrumados por el desgarrador cambio que les ha atacado, asimilando la horrible situación sin saber realmente qué es lo que ha pasado.
viernes, 22 de octubre de 2010
sábado, 9 de octubre de 2010
Para un gigante
When the night has come
And the land is dark
And the moon is the only light we see
El eco del lamento resonaba. Contaban el tempo en corcheas tus frenéticos pasos.
La estática de los charcos era interrumpida.
Cuatro truenos. Ecos que quedan grabados en la memoria. Frío acero que desata tormentas, aquel fierro que precede la condena a la realidad.
Uno. Dos.
Para.
Tres. Cuatro.
Cae.
Corres.
Las sombras te persiguen y sólo las sombras te protegerán. Callejón sin salida, la única escapatoria.
Piernas cansadas caen. De regreso al hogar materno, dentro de la placenta de las sombras encuentra refugio. Cascadas saladas caen de ojos abiertos como lunas llenas. Terremotos sacuden los más profundo de tu ser. Sirenas aúllan, lamentándose, exigiendo justicia, una explicación.
Cuatro truenos ensordecedores, engendran el caos.
No I won't be afraid
No I won't be afraid
Just as long as you stand, stand by me
El suelo está frío. Helado, es de hielo. Y la pared de ladrillo a tus espaldas es nieve. Gélido. Es la única explicación para tus violentos temblores.
Pedazo de hierro que sin filo es hoz.
El humo gris es la bandera que anuncia la derrota.
Hemos perdido.
Hemos perdido.
El ejército del ave bella por excelencia pierde el encuentro.
Manos sucias se apoyan en el suelo. Piernas flaquean. La gravedad pelea por la conservación de movimiento. El peso del horror es inhibido por el shock.
If the sky that we look upon
Should tumble and fall
And the mountain should crumble to the sea
Vas a donde las sombras no te pueden proteger. La bandera de humo se ha desintegrado ya en el espacio.
El mundo se tiñe de escarlata.
Campanas etéreas suenan en el mundo.
Llueven lágrimas de sangre.
Hay un cadáver sentado en la acera, leyendo. El ejército de la paloma le reclamará airado por el resto de su existencia.
Cuatro truenos.
Cuatro gritos de la Tierra.
Se acercaban a la victoria, pero se tiñe de luto la guerra.
Junto a la calle brillan los espejuelos olvidados. Soles desgarrados.
No se olvida.
No se olvida.
Heridas que marcan al mundo.
Sangre corre por las calles. Hierve en el asfalto.
Risas que no volverán.
Sonrisas que quedaron por verse.
No se olvida.
El cadáver lector, mensajero de las sombras. Portador del fierro.
Cuatro truenos que cambian al mundo.
Whenever you're in trouble won't you stand by me
Oh, now, now, stand by me
Oh, stand by me, stand by me, stand by me
He stood by us.
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