martes, 3 de abril de 2012
Sombras azules azotan los montes nevados.
Todo blanco. Sólo se podía observar, a lo lejos, si acaso una sombra azul.
La sombra, amorfa, avanzaba lentamente a lo
largo de la montaña, sin rumbo fijo ni dirección.
La sombra era una gigantesca nube de pájaros
color azul cielo, que daban vueltas alrededor de sí mismos. Lentamente, como
rodando, la mole de plumas y graznidos avanzaba cuesta abajo. Ráfagas azules
rozaron mis hombros, mis oídos, mi cabeza, la sombra azul me consumía, y fue
justo en aquel momento cuando desaparecí del mundo consciente. Sentí a mi mente
viajar a lo largo y ancho de sus capacidades; nunca había experimentado algo
como aquello ¿Era acaso un error? No, no lo creo, aunque por momentos sentía
que debía parar yo sabía, sin realmente saber, que no lograría hacerlo.
Me levanté y todo seguía en su lugar,
excepto la sombra, que ya se había ido.
Pero ¿A dónde habían ido aquellas aves? Ya
no se escuchaba sonido alguno en los montes o en el valle, la tranquilidad
reinaba en todo el lugar. Lo mejor que podía hacer era dirigirme hacia donde intuía
que aquellas creaturas habían volado.
Mientras caminaba sobre la fría nieve,
hundiendo un pie frente al otro, traté de recordar cómo eran exactamente
aquellas aves. Ser un ave parecía interesante. Saber que podría volar, viajar,
sin ninguna otra preocupación... claro que, si fuera uno de aquellos seres
alados, sería responsable de buscar comida y emigrar cuando las estaciones así
me lo ordenasen, esclavo eterno de las presas y el clima. Sin embargo, si me
reclutara en aquella mole azul de plumas y graznidos me sentiría más libre, sin
trabajo obligado, sin las sombras que ahora cubrían mi felicidad. Oh, ya podía
imaginar aquello, todo lo que con tanto esmero tenía que soportar ahora dejaría
de ser mi problema, No sería un hombre, ni siquiera sería un ave; sería parte
de aquella sombra azul que sobrevuela las montañas nevadas. Aquella sombra
sería parte de mí. Casi podía sentir mi propia ligereza mientras me elevaba por
el aire, sin ser nada y siéndolo todo, la sombra que se apodera del lienzo
blanco, ocupando cuanto desea de él.
Y de pronto, escuché un disparo.
Escrito en cooperación con la SLA
Escribir en papel es tan difícil... la
pluma pesa entre mis dedos, la tinta sella cada letra, cada palabra...
imposible regresar ahora, no sin dejar una marca. Y la curva de la
"c", la tilde de la "t", el menor descuido de ortografía o
gramática, son aquellos detalles que marcan un texto. Me desagrada, me
desagrada cometer errores, equivocarme y saber que aquel desliz del bolígrafo
quedará marcado ahí, definitivo, final. Tal vez por eso detesto también el
hablar. Pero existe una diferencia, esa que me permite aferrarme a la pluma
pero no al micrófono. Hablar es apresurar las cosas, perseguir los
pensamientos, empujarlos, forzarlos a avanzar. Y las palabras salen desbocadas.
Y letra pronunciada es irrecuperable. En cambio, por definitiva que la
escritura sea, es paciente. La tinta espera, el papel continua estático, y uno
piensa y vuelve a pensar, antes de arriesgarse.
Después de todo, el desenlace sigue
siendo el mismo, sigue sin permitirnos olvidar. Porque uno puede bañar la tinta
seca en corrector, uno puede arrancar las páginas heridas y lanzarlas al vacío
de la memoria... pero siguen ahí, las palabras. Uno sabe que no puede
engañarse.
Y es así como terminamos frente a la hoja
inmaculada, abusando del ilusorio pasar del tiempo, construyendo y desarmando
en borradores mentales antes de atrevernos a unir tinta y papel.
Pero esperar para siempre, callar,
mantenernos estáticos frente a las tormentas de ideas que nos empapan hasta la
médula... eso, es dejar de existir.
Happy Birthday
Me había estado mirando toda la noche. Y si lo sé, no es por que lanzara furtivas miradas inquisitivas en su dirección de vez en cuando, cuidando que fueran invisibles para el resto de mis acompañantes, reunidos en la mesa conmigo como cada año. Ni nada así, claro que no. A decir verdad, nunca antes la había visto por aquí; seguramente fue el anzuelo de la novedad lo que se me metió en la boca y saboreaba lenta, culposa y discretamente. Un delicioso resplandor de metal envenenado en el eterno azul que me rodeaba. Algo así.
El pianista musicaba notas grises que cargaban a cuestas el ritmo, los niños recitaban sus risas ensayadas religiosamente desde siempre. Y los demás sólo estaban ahí: tías abuelas, primos segundos, seres curiosos, parientes lejanos de cuyos nombres no quiero acordarme, pero que alguno han que tener. Por mi parte, no podía sacarme de la cabeza al desafortunado pastelillo que yacía en mi plato, intacto. Un pintoresco intento de regalo, bien intencionado al igual que el año pasado. Y el anterior, y el anterior. Porque el chocolate debe gustarme, como a todo el mundo, eso bien lo saben ellos, sean quienes sean.
El anciano dueño del restaurante, “amigo de la familia” se acercó, estirando una sonrisa más allá de lo que debería ser humanamente posible. Intercambió palabras con la dama en la cabecera de la mesa, hermana de mi cuñado, creo, y se tomó la libertad de adivinar nuestros platos. Los mismos que cada año.
Ella, sin embargo, se mantenía acechante, a lejos. Y yo no volteaba a verla, pero quizás la sentía ahí. Quizás. Eventualmente devino más audaz, ¿con el tiempo?, y oscilaba regularmente entre la cocina y nuestra mesa, “mi mesa”, ofreciendo bebidas a todo el mundo con una risilla apagada al final de cada frase. Yo la veía acercándose desde el otro lado de la mesa, una enorme mesa llena de gente, enfrascado en mi rol de cumpleañero. Papel que al parecer fungía sin querer. Y ella rondaba el lugar, dejando tras de si un rastro, un aura que lentamente, como no queriendo, me encerraba, me envolvía en una red para sacarme de aquella silla, de la plástica conversación que mantenía, de mi sitio frente al pastel de chocolate que gritaba. Con cada paso la sentía más cerca.
En ese punto mi torpe imaginación alcanzó al apresurado palpitar de mi sangre. Vi definidamente cómo se acercaría:
-¿Algo más de tomar? (Mis ojos entonces la devorarían sin miramientos. Y ella se sabría devorada.)
-Más vino. (Ella se inclinaría, sombra sigilosa sobre mi hombro. Sentiría el calor de su cuerpo apoyado contra el mío.)
Entonces, un roce casi imperceptible sería la señal para seguirle hasta el cuarto de servicio, y después…
-¿Algo más de tomar?
Volví en mí con una profunda aclaración de garganta. Ordené mis pensamientos velozmente; la energía de los mismos brindándome la determinación. Con el tono más cargado de confianza qué jamás me había escuchado, respondí, ante las miradas distraídas de “mis invitados”:
-No, gracias.
Y pagué la cuenta, porque es de esperarse que el cumpleañero cada año la pague.
El pianista musicaba notas grises que cargaban a cuestas el ritmo, los niños recitaban sus risas ensayadas religiosamente desde siempre. Y los demás sólo estaban ahí: tías abuelas, primos segundos, seres curiosos, parientes lejanos de cuyos nombres no quiero acordarme, pero que alguno han que tener. Por mi parte, no podía sacarme de la cabeza al desafortunado pastelillo que yacía en mi plato, intacto. Un pintoresco intento de regalo, bien intencionado al igual que el año pasado. Y el anterior, y el anterior. Porque el chocolate debe gustarme, como a todo el mundo, eso bien lo saben ellos, sean quienes sean.
El anciano dueño del restaurante, “amigo de la familia” se acercó, estirando una sonrisa más allá de lo que debería ser humanamente posible. Intercambió palabras con la dama en la cabecera de la mesa, hermana de mi cuñado, creo, y se tomó la libertad de adivinar nuestros platos. Los mismos que cada año.
Ella, sin embargo, se mantenía acechante, a lejos. Y yo no volteaba a verla, pero quizás la sentía ahí. Quizás. Eventualmente devino más audaz, ¿con el tiempo?, y oscilaba regularmente entre la cocina y nuestra mesa, “mi mesa”, ofreciendo bebidas a todo el mundo con una risilla apagada al final de cada frase. Yo la veía acercándose desde el otro lado de la mesa, una enorme mesa llena de gente, enfrascado en mi rol de cumpleañero. Papel que al parecer fungía sin querer. Y ella rondaba el lugar, dejando tras de si un rastro, un aura que lentamente, como no queriendo, me encerraba, me envolvía en una red para sacarme de aquella silla, de la plástica conversación que mantenía, de mi sitio frente al pastel de chocolate que gritaba. Con cada paso la sentía más cerca.
En ese punto mi torpe imaginación alcanzó al apresurado palpitar de mi sangre. Vi definidamente cómo se acercaría:
-¿Algo más de tomar? (Mis ojos entonces la devorarían sin miramientos. Y ella se sabría devorada.)
-Más vino. (Ella se inclinaría, sombra sigilosa sobre mi hombro. Sentiría el calor de su cuerpo apoyado contra el mío.)
Entonces, un roce casi imperceptible sería la señal para seguirle hasta el cuarto de servicio, y después…
-¿Algo más de tomar?
Volví en mí con una profunda aclaración de garganta. Ordené mis pensamientos velozmente; la energía de los mismos brindándome la determinación. Con el tono más cargado de confianza qué jamás me había escuchado, respondí, ante las miradas distraídas de “mis invitados”:
-No, gracias.
Y pagué la cuenta, porque es de esperarse que el cumpleañero cada año la pague.
Escrito en cooperación con R.A.
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