martes, 3 de abril de 2012
Escribir en papel es tan difícil... la
pluma pesa entre mis dedos, la tinta sella cada letra, cada palabra...
imposible regresar ahora, no sin dejar una marca. Y la curva de la
"c", la tilde de la "t", el menor descuido de ortografía o
gramática, son aquellos detalles que marcan un texto. Me desagrada, me
desagrada cometer errores, equivocarme y saber que aquel desliz del bolígrafo
quedará marcado ahí, definitivo, final. Tal vez por eso detesto también el
hablar. Pero existe una diferencia, esa que me permite aferrarme a la pluma
pero no al micrófono. Hablar es apresurar las cosas, perseguir los
pensamientos, empujarlos, forzarlos a avanzar. Y las palabras salen desbocadas.
Y letra pronunciada es irrecuperable. En cambio, por definitiva que la
escritura sea, es paciente. La tinta espera, el papel continua estático, y uno
piensa y vuelve a pensar, antes de arriesgarse.
Después de todo, el desenlace sigue
siendo el mismo, sigue sin permitirnos olvidar. Porque uno puede bañar la tinta
seca en corrector, uno puede arrancar las páginas heridas y lanzarlas al vacío
de la memoria... pero siguen ahí, las palabras. Uno sabe que no puede
engañarse.
Y es así como terminamos frente a la hoja
inmaculada, abusando del ilusorio pasar del tiempo, construyendo y desarmando
en borradores mentales antes de atrevernos a unir tinta y papel.
Pero esperar para siempre, callar,
mantenernos estáticos frente a las tormentas de ideas que nos empapan hasta la
médula... eso, es dejar de existir.
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