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joto y reina se toman de las manos

el rey empuña siete espadas

ocho bastos golpean as de corazones

y el viento derrumba lo que ahora ya no importa

***

El arlequín sonríe con tinta desde el cartón

martes, 3 de abril de 2012


Sombras azules azotan los montes nevados. Todo blanco. Sólo se podía observar, a lo lejos, si acaso una sombra azul.
La sombra, amorfa, avanzaba lentamente a lo largo de la montaña, sin rumbo fijo ni dirección.
La sombra era una gigantesca nube de pájaros color azul cielo, que daban vueltas alrededor de sí mismos. Lentamente, como rodando, la mole de plumas y graznidos avanzaba cuesta abajo. Ráfagas azules rozaron mis hombros, mis oídos, mi cabeza, la sombra azul me consumía, y fue justo en aquel momento cuando desaparecí del mundo consciente. Sentí a mi mente viajar a lo largo y ancho de sus capacidades; nunca había experimentado algo como aquello ¿Era acaso un error? No, no lo creo, aunque por momentos sentía que debía parar yo sabía, sin realmente saber, que no lograría hacerlo.
Me levanté y todo seguía en su lugar, excepto la sombra, que ya se había ido.
Pero ¿A dónde habían ido aquellas aves? Ya no se escuchaba sonido alguno en los montes o en el valle, la tranquilidad reinaba en todo el lugar. Lo mejor que podía hacer era dirigirme hacia donde intuía que aquellas creaturas habían volado.
Mientras caminaba sobre la fría nieve, hundiendo un pie frente al otro, traté de recordar cómo eran exactamente aquellas aves. Ser un ave parecía interesante. Saber que podría volar, viajar, sin ninguna otra preocupación... claro que, si fuera uno de aquellos seres alados, sería responsable de buscar comida y emigrar cuando las estaciones así me lo ordenasen, esclavo eterno de las presas y el clima. Sin embargo, si me reclutara en aquella mole azul de plumas y graznidos me sentiría más libre, sin trabajo obligado, sin las sombras que ahora cubrían mi felicidad. Oh, ya podía imaginar aquello, todo lo que con tanto esmero tenía que soportar ahora dejaría de ser mi problema, No sería un hombre, ni siquiera sería un ave; sería parte de aquella sombra azul que sobrevuela las montañas nevadas. Aquella sombra sería parte de mí. Casi podía sentir mi propia ligereza mientras me elevaba por el aire, sin ser nada y siéndolo todo, la sombra que se apodera del lienzo blanco, ocupando cuanto desea de él.
Y de pronto, escuché un disparo.


Escrito en cooperación con la SLA

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