sábado, 18 de febrero de 2012
Microtextos
En algún lugar del lado oscuro de la luna, el conejo blanco recogió aquella lágrima que tus ojos no quisieron derramar, y que juraste ocultar en el rincón más oscuro de tu mente, donde nunca nadie pudiera limpiarla.
***
El reloj me susurra que ya son las doce de la noche, está tan frío como yo, helado hasta el punto en que me pregunto si realmente estoy vivo o si soy un cuerpo con forma de alma que se desliza por el universo creyendo que es real. El reloj se burla de mí, marcándome las tres de la mañana. Sé que me pregunta si realmente creo que soy real, pero hago como que no lo escucho y sigo actuando. La función debe continuar.
***
Estuve enamorada del Principito. Esperaba que un día decidiera viajar a la Tierra y me encontrara en una silla, mirando la puesta del sol. Supe que había crecido cuando decidí que era mejor ir a buscarlo, porque se me estaban acabando las puestas de sol para compartirle.
***
Mis reproches no salen del silencio en que se han escondido. No te voy a decir que pares, anda, sigue violando con palabras aquello que nunca debería ser materializado. Anda, lánzalas como pedradas, como balas, como rosas de plomo. Si sigues un poco más tal vez pueda imaginar que soy humano por un momento, y conmoverme.
***
De noche me perdí en un campo lleno de luciérnagas. Fue mi primera gran tristeza: me di cuenta que, por más que les atrapase en frascos de mermelada y las llevara conmigo, nunca podría tomar también un pedacito de noche estrellada para que brillaran en ella.
***
Después de la creación del idioma artificial 200,106,093 (con los estudiosos de las comunicaciones sufriendo ya un colapso nervioso), exponía yo mi siguiente gran descubrimiento: el idioma natural. Mientras explicaba la manera en que las miradas del emisor y sus sutiles matices transmitían mensajes al receptor, podía ver que había convencido a la mayoría de los patrocinadores. Acaso el de más atrás, con aire triste, jugaba con su bastón y parecía no terminar de convencerse. ¡Pobre ciego!
***
Con la octava taza de café, me visitó la idea de que tal vez nunca llegarías, pero al comenzar la novena se despidió, y seguí esperando.
***
Años después de la muerte de Medusa, los hombres olvidaron los nombres de las estatuas en su jardín, así que se dedicaron a pasearse entre ellas, nombrándolas, interpretando sus rostros, sus poses, burlándolas o admirándolas. Este fue el verdadero castigo de los petrificados: perder para siempre su nombre, reconstruirse con los murmullos de los paseantes.
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El reloj me susurra que ya son las doce de la noche, está tan frío como yo, helado hasta el punto en que me pregunto si realmente estoy vivo o si soy un cuerpo con forma de alma que se desliza por el universo creyendo que es real. El reloj se burla de mí, marcándome las tres de la mañana. Sé que me pregunta si realmente creo que soy real, pero hago como que no lo escucho y sigo actuando. La función debe continuar.
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Estuve enamorada del Principito. Esperaba que un día decidiera viajar a la Tierra y me encontrara en una silla, mirando la puesta del sol. Supe que había crecido cuando decidí que era mejor ir a buscarlo, porque se me estaban acabando las puestas de sol para compartirle.
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Mis reproches no salen del silencio en que se han escondido. No te voy a decir que pares, anda, sigue violando con palabras aquello que nunca debería ser materializado. Anda, lánzalas como pedradas, como balas, como rosas de plomo. Si sigues un poco más tal vez pueda imaginar que soy humano por un momento, y conmoverme.
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De noche me perdí en un campo lleno de luciérnagas. Fue mi primera gran tristeza: me di cuenta que, por más que les atrapase en frascos de mermelada y las llevara conmigo, nunca podría tomar también un pedacito de noche estrellada para que brillaran en ella.
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Después de la creación del idioma artificial 200,106,093 (con los estudiosos de las comunicaciones sufriendo ya un colapso nervioso), exponía yo mi siguiente gran descubrimiento: el idioma natural. Mientras explicaba la manera en que las miradas del emisor y sus sutiles matices transmitían mensajes al receptor, podía ver que había convencido a la mayoría de los patrocinadores. Acaso el de más atrás, con aire triste, jugaba con su bastón y parecía no terminar de convencerse. ¡Pobre ciego!
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Con la octava taza de café, me visitó la idea de que tal vez nunca llegarías, pero al comenzar la novena se despidió, y seguí esperando.
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Años después de la muerte de Medusa, los hombres olvidaron los nombres de las estatuas en su jardín, así que se dedicaron a pasearse entre ellas, nombrándolas, interpretando sus rostros, sus poses, burlándolas o admirándolas. Este fue el verdadero castigo de los petrificados: perder para siempre su nombre, reconstruirse con los murmullos de los paseantes.
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