martes, 5 de abril de 2011
Sombras
Lo cierto es que no somos sino sombras de sombras de sombras.
Y cada sombra en la vida deja una cicatriz, un golpe, una deformidad que nunca sanará, sino que crecerá con uno y uno la cargará a todos lados. Somos seres oscuros hechos de costras viejas, barquitos de papel, raspones de la infancia, notas perdidas en la mochila y canciones rojas o azules. Olemos a palabras susurradas. Somos sombras descocidas que se mueven por el mundo, que pierden y ganan una parte de su ser con cada colisión. ¿Qué somos entonces? Somos la nada que es materia prima del universo, una duna de recuerdos de la infancia, sonrisas, gritos que saben a tierra y golpes soñados. Una duna en el desierto de la existencia en el mundo de la nada.
¿Qué eres? ¿Qué soy yo?
Las huellas efímeras de los instantes, tal vez.
Entonces vamos por el espacio, persiguiendo patéticamente los verbos en presente que corren delante de nosotros, siempre delante. Una vez vencido el tiempo, una pesadilla que al final descubrimos no es más que onírica, ¿qué queda?
Acontecemos hasta el día de nuestra desaparición. ¿Pero dónde? ¿Cuándo?
Somos los ladridos sin perro de Neruda. Cabezas cercenadas que aún no se dan cuenta de lo absurda que es su existencia. Sombras sin dueño.
¿Qué importamos, entonces?
Nada. Una deliciosa nada como algo que no está ni debajo del cero. Porque por lo menos así seríamos imaginarios. No somos más que conciencia, conciencia absurda, ignorante de su ridiculez. Y por eso existimos aunque en realidad no lo hagamos.
Y cada sombra en la vida deja una cicatriz, un golpe, una deformidad que nunca sanará, sino que crecerá con uno y uno la cargará a todos lados. Somos seres oscuros hechos de costras viejas, barquitos de papel, raspones de la infancia, notas perdidas en la mochila y canciones rojas o azules. Olemos a palabras susurradas. Somos sombras descocidas que se mueven por el mundo, que pierden y ganan una parte de su ser con cada colisión. ¿Qué somos entonces? Somos la nada que es materia prima del universo, una duna de recuerdos de la infancia, sonrisas, gritos que saben a tierra y golpes soñados. Una duna en el desierto de la existencia en el mundo de la nada.
¿Qué eres? ¿Qué soy yo?
Las huellas efímeras de los instantes, tal vez.
Entonces vamos por el espacio, persiguiendo patéticamente los verbos en presente que corren delante de nosotros, siempre delante. Una vez vencido el tiempo, una pesadilla que al final descubrimos no es más que onírica, ¿qué queda?
Acontecemos hasta el día de nuestra desaparición. ¿Pero dónde? ¿Cuándo?
Somos los ladridos sin perro de Neruda. Cabezas cercenadas que aún no se dan cuenta de lo absurda que es su existencia. Sombras sin dueño.
¿Qué importamos, entonces?
Nada. Una deliciosa nada como algo que no está ni debajo del cero. Porque por lo menos así seríamos imaginarios. No somos más que conciencia, conciencia absurda, ignorante de su ridiculez. Y por eso existimos aunque en realidad no lo hagamos.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)



No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comentarios se agradecen, críticas se aceptan, ideas se consideran y preguntas se contestan.