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joto y reina se toman de las manos

el rey empuña siete espadas

ocho bastos golpean as de corazones

y el viento derrumba lo que ahora ya no importa

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El arlequín sonríe con tinta desde el cartón

viernes, 17 de diciembre de 2010

Confiteor

Miles de personas suben y bajan de los viejos, humeantes, camiones de ruta, manejados por choferes cansados y sucios a quienes realmente no les importa si uno sube, baja, si toca un alto, si invaden carril mientras hay un pequeño VMW a su lado. Entre esas miles de personas que se ven a diario en la necesidad de hacer uso del “servicio público”, él es uno de los que reciben una mirada asesina del hombre al volante.
Sube, toma su ticket, ofrece el dinero al chofer con indiferencia, y a pesar de no haber hecho ningún gesto que él considere ofensivo, se encuentra con los ojos entrecerrados del conductor, ojos llenos de un resentimiento inexplicable.

El autobús está repleto. Caras gastadas y fastidiadas esperan su parada.
No han pasado unos minutos cuando ya se encuentra apretujado entre una señora con tres niños y un hombre gordo que lleva uniforme de mecánico.
El suspira, mira hacia el vacío, como reclamando. Como reclamándome.
Junto a él un hombre recita el padre nuestro en un susurro, y Daniel duda de nuevo. Sacudiendo la cabeza, se concentra en los trabajos que debe hacer y entregar pronto.
El camión llega a la esquina que queda a dos cuadras de su casa, y él intenta salir de entre la multitud.

Demasiado tarde. Nadie esperaba para subir en la parada, el chofer pasó de largo.
“¡Espere! ¡Yo bajo!”. Sus gritos mientras se abría paso entre los pasajeros molestos fueron ignorados olímpicamente.
Al llegar a la puerta sólo pudo ver cómo la esquina quedaba atrás y el viejo camión continuaba su camino tambaleándose.

Al volver a mirar al chofer, recibió otra mirada asesina sin razón aparente. En vez de quejarse, volvió a sujetarse del tubo metálico junto a las filas de asientos. Cerró los ojos, estaba rígido, sufriendo internamente la ira de los mansos. “Por tu culpa, por tu culpa, por tu gran culpa”, dijo entre dientes, en un suspiro inaudible, como reclamando. Como reclamándome.

D.

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