lunes, 27 de diciembre de 2010
Unión
Miró el anillo entre sus manos. Los rayos del Astro Rey acariciaban la superficie, arrancando destellos del oro.
Se acercó al joyero. El anciano, al verle sosteniendo la argolla dorada, estiró su rostro en una sonrisa arrugada y sus ojos brillaron con lo que probablemente era una empatía errada.
“¿Piensa grabarle algo, o se lo lleva así?”, preguntó. Volvió a mirar el anillo, esta vez en el interior. Redondo, redondo, barril sin fondo. Y así lo veía, sin fondo. No era su mano lo que había del otro lado, sino un vacío grotesco.
“Lo grabo.” Dijo al fin. El joyero le miró con nostalgia, estiró una nueva sonrisa y entró a la trastienda, probablemente para extraer sus herramientas.
No se movió ni un centímetro hasta que hubo regresado el anciano con una máquina pequeña que colocó sobre el mostrador. “¿De cuántos kilates es?”, preguntó. “veinte.” Los ojos del viejo se abrieron, moviendo en sincronía una oleada de arrugas, ondas en la superficie del agua perturbada. “Ha de ser una chica afortunada, muy especial.” Él no supo responder.
“¿Y qué quiere que diga el grabado?” Miró al joyero con sorpresa. Claro, si va a decir algo, él tiene que escoger la frase. “Tómese su tiempo, yo de aquí no me voy.” Le dijo, mirándolo de una forma que quería ser comprensiva, y se dirigió a atender a una dama del otro lado del local.
Desconcertado, miró nuevamente el pequeño aro dorado en su mano. Algo se le tendría que ocurrir.
¿Qué era lo que ella siempre le había dicho sobre las bodas? Que unían dos mundos, dos personalidades, dos seres humanos, vaya. Que traían consigo ya una implícita felicidad, un compromiso acordado en silencio.
Pensó en Helena. La había conocido en el taller de su padre, solía mirarlo cada vez que él iba a recoger pedidos o a hacer entregas y ruborizarse.
Entonces su padre se la había presentado, comentándole como ella estaba sola, no tenía un esposo que la cuidase. “Ya la ves, tan chula mija, y sin viejo a quién llenarle la panza”, Don Joaco repetía como disco rayado todas las tardes que él debía hacer una entrega, “y usté’ también, compadre, sin una hembra que lo espere en la nochecita”. Era un mantra que le cantaban con terrible frecuencia, por ser soltero que corre dejando los años de juventud atrás. Sin que realmente le importase.
Pero los gritos de la gente le dejaban sordo, con dolores de cabeza y de superyó.
Fue después del Invierno Rojo cuando clavó su rodilla en el primer escalón de la casa de Don Joaco. No llevó entonces un anillo, no se le hizo necesario en la sencilla transacción. Don Joaco ciertamente no lo extrañó, pero Helena sí.
“Necesito un anillito para el gran día, mi viejo chulo”, le había dicho, “uno doradillo porque los plateados parecen de plata”.
Así que llegó así a la primer joyería de regreso y compró un anillo doradillo de veinte kilates, porque los plateados parecen de plata. Así que fue con el joyero como en trance, consumido por el túnel abismo que cargaba en su bolsillo.
Levantó la vista de su mano y miró por la pequeña ventana del local: un sauce títere era manejado por los finos hilos del viento invernal.
Recordó entonces sus cabellos negros, hilos de titiritero, maniobrados por el viento de mil y una formas. Los ojos de ella relampaguearon en su nostálgica memoria. “El matrimonio es un caso perdido”, decía su suave voz, acariciándolo en silencio, “pero la unión entre dos personas, ésa es distinta.” Casi podía tocarla entre la espuma de su mente. “La unión es una promesa, un juramento no de amor, sino de pasión.” Aspiró con lentitud dolorosa, creyendo captar su perfume, haciéndole cosquillas en la punta de la nariz. “Es prometer que, por el resto de tu vida, tu pasión será siempre paralela a la de otro. Porque es probable que no coincidan, a veces, los deseos de una pareja; es normal que las pasiones de un ser humano giren bruscamente, suban, bajen, den mil vueltas en el espacio de posibilidades. Las pasiones en potencia infinitas nos rodean. Pero una unión entre dos personas es llevar las pasiones por los mismos giros, las mismas subidas, las mismas bajadas, las mismas vueltas. Una promesa de entrelazar sus destinos en potencia, sus cambiantes caminos.”
“Una promesa…” Susurró, mirando como los destinos de ambos se desdoblaban frente a sus ojos, enredándose en la pieza de oro que sostenía. Fue entonces cuando el viejo joyero decidió acercarse a él. “Deme dos”, fueron las primeras palabras que dijo mientras le pasaba la argolla, donde residía toda su pasión.
Aquel parque en especial era poco frecuentado a aquella hora.
Esquivando roca tras roca, llegó al lugar que buscaba. Ella estaba ahí, esperándole. Clavó su rodilla en la húmeda tierra, y sacó entonces el símbolo de la unión.
Sin apartar sus ojos de Ella, arrancó un trozo de tierra de enfrente suyo. Miró el anillo entre sus manos. Los rayos del Astro Rey acariciaban la superficie, arrancando destellos del oro. Los reflejos de luz eran cortados por las letras que ahora marcaban el anillo: “Una promesa. Una pasión.”
Con enorme cuidado, colocó los veinte kilates de oro, la promesa del eterno cambio y la raíz de sus pasiones, en el pequeño hueco que había abierto en la tierra.
Con un sencillo movimiento de su mano, quedó cubierto. Por siempre junto a Ella.
Se levantó con pesada lentitud, sintiendo su unión marcándolo.
Dio la vuelta con firmeza y sin mirar atrás se dirigió a casa de Don Joaco, a entregar la sortija de matrimonio que Helena le había pedido.
No necesitaba voltear a verla, ahora Ella caminaría por siempre a su lado.
Se acercó al joyero. El anciano, al verle sosteniendo la argolla dorada, estiró su rostro en una sonrisa arrugada y sus ojos brillaron con lo que probablemente era una empatía errada.
“¿Piensa grabarle algo, o se lo lleva así?”, preguntó. Volvió a mirar el anillo, esta vez en el interior. Redondo, redondo, barril sin fondo. Y así lo veía, sin fondo. No era su mano lo que había del otro lado, sino un vacío grotesco.
“Lo grabo.” Dijo al fin. El joyero le miró con nostalgia, estiró una nueva sonrisa y entró a la trastienda, probablemente para extraer sus herramientas.
No se movió ni un centímetro hasta que hubo regresado el anciano con una máquina pequeña que colocó sobre el mostrador. “¿De cuántos kilates es?”, preguntó. “veinte.” Los ojos del viejo se abrieron, moviendo en sincronía una oleada de arrugas, ondas en la superficie del agua perturbada. “Ha de ser una chica afortunada, muy especial.” Él no supo responder.
“¿Y qué quiere que diga el grabado?” Miró al joyero con sorpresa. Claro, si va a decir algo, él tiene que escoger la frase. “Tómese su tiempo, yo de aquí no me voy.” Le dijo, mirándolo de una forma que quería ser comprensiva, y se dirigió a atender a una dama del otro lado del local.
Desconcertado, miró nuevamente el pequeño aro dorado en su mano. Algo se le tendría que ocurrir.
¿Qué era lo que ella siempre le había dicho sobre las bodas? Que unían dos mundos, dos personalidades, dos seres humanos, vaya. Que traían consigo ya una implícita felicidad, un compromiso acordado en silencio.
Pensó en Helena. La había conocido en el taller de su padre, solía mirarlo cada vez que él iba a recoger pedidos o a hacer entregas y ruborizarse.
Entonces su padre se la había presentado, comentándole como ella estaba sola, no tenía un esposo que la cuidase. “Ya la ves, tan chula mija, y sin viejo a quién llenarle la panza”, Don Joaco repetía como disco rayado todas las tardes que él debía hacer una entrega, “y usté’ también, compadre, sin una hembra que lo espere en la nochecita”. Era un mantra que le cantaban con terrible frecuencia, por ser soltero que corre dejando los años de juventud atrás. Sin que realmente le importase.
Pero los gritos de la gente le dejaban sordo, con dolores de cabeza y de superyó.
Fue después del Invierno Rojo cuando clavó su rodilla en el primer escalón de la casa de Don Joaco. No llevó entonces un anillo, no se le hizo necesario en la sencilla transacción. Don Joaco ciertamente no lo extrañó, pero Helena sí.
“Necesito un anillito para el gran día, mi viejo chulo”, le había dicho, “uno doradillo porque los plateados parecen de plata”.
Así que llegó así a la primer joyería de regreso y compró un anillo doradillo de veinte kilates, porque los plateados parecen de plata. Así que fue con el joyero como en trance, consumido por el túnel abismo que cargaba en su bolsillo.
Levantó la vista de su mano y miró por la pequeña ventana del local: un sauce títere era manejado por los finos hilos del viento invernal.
Recordó entonces sus cabellos negros, hilos de titiritero, maniobrados por el viento de mil y una formas. Los ojos de ella relampaguearon en su nostálgica memoria. “El matrimonio es un caso perdido”, decía su suave voz, acariciándolo en silencio, “pero la unión entre dos personas, ésa es distinta.” Casi podía tocarla entre la espuma de su mente. “La unión es una promesa, un juramento no de amor, sino de pasión.” Aspiró con lentitud dolorosa, creyendo captar su perfume, haciéndole cosquillas en la punta de la nariz. “Es prometer que, por el resto de tu vida, tu pasión será siempre paralela a la de otro. Porque es probable que no coincidan, a veces, los deseos de una pareja; es normal que las pasiones de un ser humano giren bruscamente, suban, bajen, den mil vueltas en el espacio de posibilidades. Las pasiones en potencia infinitas nos rodean. Pero una unión entre dos personas es llevar las pasiones por los mismos giros, las mismas subidas, las mismas bajadas, las mismas vueltas. Una promesa de entrelazar sus destinos en potencia, sus cambiantes caminos.”
“Una promesa…” Susurró, mirando como los destinos de ambos se desdoblaban frente a sus ojos, enredándose en la pieza de oro que sostenía. Fue entonces cuando el viejo joyero decidió acercarse a él. “Deme dos”, fueron las primeras palabras que dijo mientras le pasaba la argolla, donde residía toda su pasión.
Aquel parque en especial era poco frecuentado a aquella hora.
Esquivando roca tras roca, llegó al lugar que buscaba. Ella estaba ahí, esperándole. Clavó su rodilla en la húmeda tierra, y sacó entonces el símbolo de la unión.
Sin apartar sus ojos de Ella, arrancó un trozo de tierra de enfrente suyo. Miró el anillo entre sus manos. Los rayos del Astro Rey acariciaban la superficie, arrancando destellos del oro. Los reflejos de luz eran cortados por las letras que ahora marcaban el anillo: “Una promesa. Una pasión.”
Con enorme cuidado, colocó los veinte kilates de oro, la promesa del eterno cambio y la raíz de sus pasiones, en el pequeño hueco que había abierto en la tierra.
Con un sencillo movimiento de su mano, quedó cubierto. Por siempre junto a Ella.
Se levantó con pesada lentitud, sintiendo su unión marcándolo.
Dio la vuelta con firmeza y sin mirar atrás se dirigió a casa de Don Joaco, a entregar la sortija de matrimonio que Helena le había pedido.
No necesitaba voltear a verla, ahora Ella caminaría por siempre a su lado.
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no se porque pero este cuento tuyo me gusto bastante
ResponderEliminares muy diferente a lo que por lo general escribes, pero quizas por eso me parecio padre