Así como llegó sin notarlo, se va sin más. De regreso a su Mundo. Toca en su mente una melodía mientras regresa a su cómodo sillón, a cerrar los ojos por placer unos minutos. Es bueno estar en casa.
lunes, 27 de diciembre de 2010
En el reflejo del Cristalino
El grito maquinal del despertador lo trajo de vuelta al mundo. Se tomó un momento, como todas las mañanas. Mientras veía el amanecer por detrás de sus párpados.
Aquella hora gris en que el tiempo mostraba su inseguridad. Ni día, ni noche. “Ni sueño, ni mundo”, pensaba mientras el lamento del reloj se fundía con sus sueños, abriendo sus ojos en un remedo invertido de la Pandora y su caja.
Aún sumergido en sopor lo recibió la puerta de la habitación, hinchada por la humedad. Se incorporó lentamente del viejo sillón donde se encontraba esparcido.
Eran precisamente las 7:10 de la mañana. Una luz grisácea que conocía bien goteaba forzosamente por la ventana.
No por nada le llamaban la hora de los locos. Dio un tirón desconsiderado a las cortinas de un verde dramático, que se corrieron, mostrando el amanecer.
Por aquellos enfermos días de invierno, el mundo, que tenía catarro, sentía la imperiosa necesidad de soplar y repartir nubes mocosas a lo largo del panorama. Así que el amanecer dejaba de salpicarse con un rubor saludable, recibiendo a los hombres con ojeras y una palidez decrépita.
Se quedó ahí, mirando fijamente el ave horrible, que ni huevo ni cisne era ya.
Él también tenía su hora de los locos. Una mezcla de ironía e inocente temor le había hecho sincronizarla con el despertar del día.
Si el Tiempo se veía amenazado en el mismo momento que él sufría su propia guerra, sería para él consuelo (de tontos, pero al fin y al cabo consuelo).
Como la fluidez del reloj se ve afectada en la mente de los hombres por el interminable cielo iluminado pobremente, al no ser ya de día ni de noche por completo, así su ser se ve atrapado en la angustia del momento en que no está ya en sus sueños ni en su mundo por completo.
Lo siente venir, el escalofrío quemándole el espinazo, el cerebro adopaminado, el corazón ahogándose en su propia sangre. Mira la ventana con desesperación, refugiándose en la húmeda textura de las nubes, que forman una pared interminable y homogénea.
Pisar el abismo entre un extremo y el otro de su vida. No puede ver nada más que la muralla de nubes. No puede porque si volteara, siquiera un segundo, a mirar la habitación, notaría los amenazantes papeles amarillos que tapizan el cuarto, la alacena dentro de la cual lo único que contiene proteínas son las arañas huéspedes. Notaría la silla de tres patas y media, el sillón hundido y molido como un anciano campesino. Notaría la máquina de escribir sobre la mesa, con una hoja sucia sin una sola letra en ella.
Espera con ansiedad, nunca mirando atrás para no tener que pagar el precio de la curiosidad.
Mira sólo el cielo. A veces, se le ocurre que es un enfermo. Que padece cataratas. Sin duda tiene nubes en los ojos.
Así como llegó sin notarlo, se va sin más. De regreso a su Mundo. Toca en su mente una melodía mientras regresa a su cómodo sillón, a cerrar los ojos por placer unos minutos. Es bueno estar en casa.
Así como llegó sin notarlo, se va sin más. De regreso a su Mundo. Toca en su mente una melodía mientras regresa a su cómodo sillón, a cerrar los ojos por placer unos minutos. Es bueno estar en casa.
J.
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